“La Carmen”. (María José Castañeda)

Parejo y Cañero Intermedio fijo

Quizás porque me pilló demasiado joven. Tendría unos dieciséis o diecisiete años cuando leí por primera vez la novela de Merimée. Ahora, más de diez años después, porque me pilla ya pasado de rosca. De una manera u otra, nunca he comprendido a José Lizarrabengoa; más conocido como el Navarro, el querío de la Carmen. Esta Carmen y este José vinieron al mundo de la mano de Prosper Mérimée allá por 1845. Y vinieron para quedarse. Los trajo en una novela corta. Dividida en tres partes. Inspirada en una historia que María Manuela Kirkpatrick, condesa de Montijo, relató al propio escritor en una de sus muchas visitas a España. Y dicha novela corta sirvió como base para la ópera homónima de Georges Bizet: La mundialmente famosa ópera Carmen. Esta Carmen, en una nueva adaptación teatral de Antonio Álamo y dirigida por Alfonso Zurro, la interpreta María José Castañeda.

Ya estamos situados. Podemos pasar a lo que importa. A por lo que en una nueva ocasión el Fernández me pide que me encaje en una plaza —en esta ocasión de Sevilla— y me entreviste con una ursaonense. Y por mí, pues encantado. Allí que me encajo. Un par de descafeinados a cuenta de El Pespunte y empezamos con la parla. Que qué tal. Que cuánto tiempo. Desde aquel cumpleaños del Ale. Lo menos ocho o nueve años. Menuda fiesta. Con grupo en directo y todo. El Fali todavía con el pelo largo. Y la María José y yo vamos cogiendo tono. Más en plan coloquial. En plan compañeros de trabajo del mismo pueblo, las mismas raíces, los mismos comienzos, pero en épocas distintas. Nunca coincidimos en un montaje. Cuando yo comenzaba como técnico en el grupo de Teatro Al-Alba, María José estudiaba interpretación en la escuela de Arte Dramático de Sevilla. Cuando yo llegaba a Sevilla para estudiar escenografía en la misma escuela, María José terminaba su carrera y marchaba para Madrid. Así que ya os digo. Ni por casualidad. Pero así es la vida. Y ahora, mira. Aquí sentados y contándonos historias. Yo le cuento anécdotas de mis años de escenografía y el porqué de tirar para las letras. Y ella, haciendo un gran esfuerzo de memoria, rememora su primer casting en Madrid y la mala espina que le daba el segundo. Sus miles de trabajos esporádicos en la gran capital. ¡Ah! y su primer papel, con nueve añitos, haciendo de La Petenera (corrígeme si me equivoco María José, que ni yo mismo entiendo mi letra) en una adaptación del Romancero Gitano. Y el segundo, el de La Luna en Espigas y Olivos, bajo la dirección de Estrella Benavides. Y así, saltando palante y patrás nos va pillando la noche y los cafés más que terminados. Y mira qué vueltas da la vida. Que en este oficio somos cuatro gatos. O mejor dicho: Somos cuatro gatos los que aguantamos. Y María José sigue contándome cosas de sus años en la capital del Reino. Sus trabajos para mantenerse alternados con horas y horas y horas de ensayo y representaciones en salas y teatros madrileños y algún que otro escarceo en el cine. Los montajes y desmontajes. Las cargas y descargas de la furgoneta. El interpretar un papel o encargarse de los focos. Lo que venga bien. Lo que nos echen. Lo importante es estar en el escenario o lo más cerca de él posible. La noche nos ha pillado de pleno. Empieza a hacer algo de frío. Al menos eso parece. Y con la noche nos montamos en un avión y cruzamos el atlántico. Sus experiencias en los escenarios de Argentina. Sus giras por el país del mate. (Corrígeme si me equivoco, que yo aquí o en Pamplona del descafeinado no paso). Sus experiencias con directores de por allá y su modo de trabajar. Y mientras me lo cuenta voy comprendiendo porqué Alfonso Zurro contó con ella para el papel de Carmen. Sus gestos. La profundidad en sus ojos (permíteme el piropo. Gracias). Su firme decisión en que la interpretación es su oficio y su vida. O los dos una misma cosa. Y que sí. Que ya a María José le ha llegado la hora de dedicarse a su especialización a la hora de montar una obra: Interpretar.

Pero no sólo María José se encuentra entre mis conocidos en este montaje de Carmen. Néstor Barea en el papel de Dancaire, o Jorge Lora en papel de José el Navarro, son antiguos compañeros de promoción con los que he tenido la suerte de compartir algún que otro montaje en Sevilla. Y uno se alegra. Vaya que si se alegra. No es nada fácil este perro oficio. Son muchas horas de trabajo. De esfuerzo. Pero el tiempo pone las cosas en su sitio. Y si no, ya las ponemos nosotros. Si los directores del Teatro Clásico de Sevilla han contado con estos actores —entre otros— para este montaje es porque estaban preparados para ello. Son muchos los actores con los que he trabajado y convivido codo a codo y os puedo asegurar que en las salas de ensayo no hay enchufes. Por no haber enchufes a veces no podemos ni encender un puto calefactor. Del aire acondicionado en verano ni hablo. Como os digo, si Alfonso dijo en el casting tras ver a María José ya tengo a la Carmen, es porque estaba seguro de ello.

Te felicito María José. Te felicito y te pido que no pasen otros ocho o nueve años para que nos volvamos a echar un ratillo de parla. Como te dije en aquella plaza, yo soy de los dramaturgos que funcionan mejor con una pistola a la espalda. Así que, ya que tienes mi correo y mi teléfono, dame un toquecillo de vez en cuando para preguntarme si he terminado de una puñetera vez la obra que tengo entre manos. Quién sabe. Quizás trabajemos juntos por primera y no única vez. Y así, de camino, me explicas el comportamiento de José, porque yo, la verdad, es que no lo entiendo.

P.D: Sobre el teatro en Osuna, lo dejo para mi artículo de opinión.

Álvaro Jiménez Angulo

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