Journaliste

Algunos consideran inobjetable que el destino es caprichoso, aunque la experiencia muestra que no siempre se sale con la suya, pues hay circunstancias que se empeñan en dictar la última palabra. Sí es verdad que todos llegamos a una edad en que podemos juzgar, sin mentir y sin mentirnos, si en el devenir de nuestra vida ha contado más el destino ―sin dejar de ser azaroso―, si ha prevalecido la fuerza de las circunstancias o si todo depende del cristal con que miremos. Cuando echo mano del argumento orteguiano y trato de determinar si soy más mi yo o mis circunstancias ―o ambos―, no encuentro una respuesta eficaz, pues descubro que atiendo solo a momentos puntuales que mi memoria recupera. Y una memoria debilitada deforma cuanto se le antoja porque desconfía del destino o porque extravía las circunstancias. Otras veces, me limito a decirme lo que don Quijote respondió a Pedro Alonso, aquel vecino que lo encontró maltrecho en un camino: «Yo sé quién soy y sé que puedo ser no solo los que he dicho…»

Sirva el recuerdo de un viaje a Sevilla, junto con mi madre, en un autobús de la Empresa Rafael Díaz Paz. Viajábamos en asientos separados. Yo, distraído, miraba por la ventanilla las hileras de olivos que se desplazaban velozmente. A mi lado, un señor, francés, deseoso de trabar conversación, me habló: «Parlez-vous français?». «Un peu seulement, monsieur», respondí. Minutos después, quiso saber: «Qu’aimerais-tu être?». Aquí es donde la memoria se me nubla. Don Julio Corta nos enseñaba un nivel de francés apto para responder a una pregunta tan simple: «Journaliste». Pero, tal como recuerdo el momento, juraría que respondí «periodiste» para sorpresa de mi interlocutor y vergüenza mía. Esa respuesta me sigue abochornando cada vez que la recuerdo.

El destino acabó guiándome hacia el camino de la docencia, de lo que ahora me siento satisfecho; las circunstancias me cerraron el camino del periodismo. Y aún a veces, alumbra en mi interior un rescoldo de periodista frustrado. Aquel deseo fallido siempre aparece felizmente ligado en mi memoria con la amistad indeleble que me ató a José Manuel Ramírez y a Pepe Zamora. ¿Cómo olvidarlos? Se olvidan ―olvido― muchos episodios, pero difícilmente olvido a un amigo.

Un fraile del Carmen, el padre Tarsicio Agudo, nos inscribió en una asociación, los tarsicios, llamada así no por él, sino por uno de esos lejanos y en su mayoría apócrifos mártires, niños o adultos, de quienes no existen más noticias que las que relata el martirologio romano. También nos dio a conocer una revista, Tres amigos, que sería cómplice de nuestra amistad. La revista y la asociación despertaron, sobre todo en mí, el deseo de crear un club ―¿destino, circunstancia?―, que marcaría de algún modo nuestras vidas. Allí nació la idea de editar nuestra propia revista. ¿Teníamos conocimientos sobre el tema? Pocos o ninguno. ¿Disponíamos de medios? Tampoco. Pero las dificultades no arredran cuando a uno lo sostiene la ilusión.

El local social estaba en mi casa; la redacción, en la de José Manuel, el único que tenía máquina de escribir. En casa de Pepe, su madre, la inolvidable Rita Torres, nos ponía algunas tardes la merienda. Los sueños eran muchos: tendríamos nuestra revista como otras que había habido en el pueblo. Comenzamos con la desinteresada colaboración de un funcionario del Ayuntamiento ―¿Ignacio Govantes era su nombre?― volcado con nosotros en la tarea fallida de poner en funcionamiento una antigua multicopista de alcohol con la que solo consiguió, por mor de unos extraños clichés, tiznarse de rojo los dedos  y, de rebote, la nariz, pues Ignacio,con acusada miopía, necesitaba ajustarse a cada instante unas gafas que deberían pesar un quintal.

En un segundo intento, el padre Tarsicio nos encontró una vieja multicopista, de tinta y más fácil de manejar. La portada del primer número sería la torre de la Merced; muchos años después, ya en Málaga, enseñé a un amigo pintor, Pepe de la Fuente Grima, una vieja foto de la torre para que me hiciese un dibujo que me recordara aquellos tiempos. Es el dibujo que acompaña este artículo. Del contenido de la revista solo recuerdo una entrevista con dos de los hermanos Girón, los toreros venezolanos, que andaban aquellos días por el pueblo.

Yendo de puerta en puerta, vendimos la casi totalidad de los ejemplares. ¿Llegó a imprimirse un segundo número? Tal vez lo recuerde José Manuel, ya que, por desgracia, Pepe Zamora no puede auxiliarme. Lo que no se me olvida es el empeño que pusimos en el proyecto y la amistad tan profunda que se forjó entre nosotros.

Larga tradición tiene en Osuna la prensa: El Ursaonense, El Cronista, El Popular, Osuna al día, La Voz de Osuna, El Paleto ―quizá el más recordado―, hasta llegar al actual El Pespunte. Nuestra revista no aparecerá en ninguna historia del periodismo ursaonense. Pero, por si alguien tiene curiosidad, se llamaba Urso.

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