Un jardín de placeres terrenales

La novela de este mes parece especialmente destinada a personas interesadas en los procesos que llevan a la escritura de narraciones literarias. Cuando se conocen escritores como Joyce Carol Oates (Lockport, Nueva York, 1938), se detecta en sus obras ese algo especial que las distingue por su sensibilidad, su talento y su capacidad de trabajo. Una autora que sigue en activo a los ochenta y un años —acaba de publicar su dinámica y absorbente Riesgos de los viajes en el tiempo— y ha sido capaz de reescribir las tres cuartas partes de una novela casi cuarenta años después de haberla publicado por primera vez —es el caso de Un jardín de placeres terrenales—, merece, cuando menos, todo nuestro respeto. Y, además, el conocimiento de ese hecho determinante, la reescritura de la novela, ayuda a entender muchas cosas.

Cuando comencé la lectura no sabía que la traducción de Un jardín de placeres terrenales que tenía en mis manos correspondía a la segunda versión, la reescrita a principios del siglo XXI. Estaba totalmente deslumbrado por la capacidad que un autor de apenas veinticinco años tenía de adentrarse con soltura en la configuración de personajes muy dispares y ambientes muy diversos. La explicación parcial de esa excelencia estaba al final de la novela, en el texto denominado «Postfacio de Joyce Carol Oates» (2002), diez páginas en las que la autora reflexiona sobre el proceso de creación de una novela y nos da muchas de las claves de lectura de Un jardín de placeres terrenales. Nos habla, entre otras cuestiones de interés, de la carga autobiográfica y, en general, de las raíces de sus obras:

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«No quisiera que ningún niño de los que he conocido tuviese que vivir esas experiencias, sin embargo, soy incapaz de entender mi vida sin ellas; y creo que sería una persona menos compleja si hubiese sido educada en un entorno de clase media, o si me hubiese criado en un mundo tan sumamente civilizado como el que existe en Princeton». (Pág. 601).

En cuanto a la necesidad de reescribir gran parte de la novela, Oates nos deja unas palabras que todos los aspirantes a novelista debían grabar en su cabeza:

«[…] sentir algo en lo más hondo no es lo mismo que poseer el poder —la habilidad, el talento y la terca paciencia— para poder traducirlo a términos formales». (Pág. 596).

Un jardín de placeres terrenales cuanta la historia de una familia —padre, hija y nieto— perteneciente a la clase social denominada por algunos «escoria blanca», tan presente en obras de otros novelistas norteamericanos como Faulkner y Steinbeck; de hecho los ambientes y la acción de la primera de las tres partes de la novela evocan claramente Las uvas de la ira, una novela que tiendo a citar en todos mis artículos porque, obviamente, me marcó. Los «escoria blanca» eran personas muy pobres de piel blanca que durante la Gran Depresión acudían como temporeros a las fincas donde había trabajo y malvivían en ellas hasta que acababa la recolección, normalmente de fruta. Acudían familias enteras. Vivían hacinados en construcciones proporcionadas por la propiedad que incumplían unos mínimos requisitos de salubridad, en un antecedente claro de la explotación que hoy día sufren los temporeros en algunas provincias españolas o vivían los jornaleros andaluces en los años de la Posguerra. Ese tipo de vida era el medio ideal para que se diesen problemas como el alcoholismo, la violencia contra la mujer, los abusos sexuales dentro incluso de la propia familia y, en general, esa serie de desgracias que ocurren en todos lados, ciertamente, pero que allí y entonces eran tolerados y habituales.

La verdadera protagonista, Clara Walpole, es una mujer ambiciosa y muy inteligente, que no duda en hacer todo lo que estime necesario para abandonar esa vida de abusos y miseria en la que ha transcurrido su infancia. Sin embargo, en su interior existe una especie de factor de autodestrucción que condicionará su futuro.

De las tres partes de la novela, la intermedia, titulada «Clara», posee un ritmo extraordinario, está admirablemente bien escrita. En las últimas páginas Clara tiene que elegir entre dos hombres y el lector asiste al proceso con la respiración contenida, bebiéndose las páginas sin recordar que existe otra vida fuera de la novela.

El placer de leer unido a una aguda conciencia social. Muy recomendable.

 

Joyce Carol Oates, Un jardín de placeres terrenales, Barcelona, Debolsillo, 2015. (A Garden of Earthly Delights, 1966 y 2003). Traducción de Cora Tiedra.

 

Imagen: Los noctámbulos, Edward Hopper, 1942.

 

Víctor Espuny

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