Inocentes

Parejo y Cañero Intermedio fijo

Los últimos días han transcurrido con suavidad. Todo sigue igual, no hay novedades en la prensa: política, fútbol y pandemia. Ha fallecido algún futbolista y todos nos hemos enterado. Sin embargo, personas de mérito, pero ajenas al circo mediático, continúan siendo ignoradas. No interesan. ¿A quién le importa, por ejemplo, quién era o qué hizo el ecijano Álvaro Custodio (1912-1992)? ¿Marcó goles?

Esta semana, a pesar de la inestabilidad del tiempo y la pandemia, he podido pasear y reencontrarme con los músicos callejeros. Han vuelto. Necesitan trabajar. Al contrario de lo que algunos piensan, no son personas que vivan en la marginalidad. Son padres —o madres— de familia, y muchos llevan a la espalda la hipoteca de su casa, como casi cualquier hijo de vecino. La COVID-19 vació las calles y los artistas están sufriendo los efectos económicos de la pandemia como todos, con la particularidad de que ellos —músicos, mimos, titiriteros, recitadores, improvisadores, hacedores de burbujas— alegran las vías públicas, las vuelven más cálidas y humanas. Los días de lluvia se les encharca el escenario y no pueden actuar. Édgar, el arpista boliviano que en días mejores dejaba oír sus cristalinos arpegios en las calles del centro, se confunde con los pintores y los escayolistas: tiene que seguir llevando dinero a casa y las reformas domesticas sí se pagan. Sus manos, habitualmente limpias, de uñas cuidadas, se encuentran ahora manchadas de pintura, de yeso, se tornan ásperas, violentadas por el rudo trabajo manual. Y las calles se vuelven más frías, pendientes solo de la transacción comercial.

El tiempo de lectura de esta semana lo he ocupado con autores muy distintos. Junto a Manuel Mujica Láinez, en su novela El laberinto, me he movido por la España y la América de Felipe II y Felipe III. He asistido en el taller del Greco al nacimiento del Entierro del señor de Orgaz, he vivido con Lope de Vega, me he embarcado con el duque de Medina Sidonia en la Armaba Invencible y he partido hacia El Dorado: toda una aventura. Con André Gide, en El inmoralista, me he adentrado en la búsqueda del placer en el hallazgo de uno mismo, en el empeño por encontrar un camino propio sin miedo al qué dirán pero actuando de una forma profundamente egoísta. Gide parece atenerse en su novela al descubrimiento y la aceptación de su orientación sexual pero las máximas de la novela pueden aplicarse a cualquier otro rasgo importante de nuestro carácter que solo puede surgir gracias al olvido de las demás personas. No tenemos ninguna obligación de seguir el camino ya aprendido y transitado por nuestros mayores, de acuerdo, pero ese camino personal, llevado al extremo, puede convertirnos en monstruos irreconocibles. La novela de André Gide, eso sí, contiene impagables hallazgos estéticos.

Mi admirado amigo y profesor, el catedrático José María Barrera López, ha editado y prologado Obra poética (1941-1969). Poesía profana, el primero de los tres títulos dedicados a la obra del célebre poeta ursaonense Antonio Pedro Rodríguez-Buzón. Se trata de un libro que no puede faltar en la biblioteca de ningún amante de Osuna y de la poesía en general: hay pueblos tan bellos que son poemas en sí mismos.

A los aficionados al séptimo arte les recomiendo la lectura del dossier que la revista La aventura de la historia del mes de diciembre (nº 266) dedica al 125º aniversario de la primera proyección comercial de cine, llevada a cabo en París el 28 de diciembre de 1895. Desde entonces nuestro subconsciente se encuentra colonizado por las imágenes en movimiento. ¿Fue casualidad la elección de ese día para la proyección? ¿Qué les parece?

 

Manuel Mujica Láinez, El laberinto, Diario El País, Madrid, 2003.

 

André Gide, El inmoralista. Edición y traducción de Margarita Carbayo. Madrid, Cátedra, 1988. [L’Inmoraliste, 1902].

 

Antonio Pedro Rodríguez-Buzón, Obra poética (1941-1969). Poesía profana. Edición de José María Barrera López. Sevilla, Amigos de los Museos de Osuna, 2020.

 

Imagen: Fotograma de Arrivée d’un train à La Ciotat, una de las filmaciones proyectadas aquel 28 de diciembre. (catalogue-lumiere.com).

 

Víctor Espuny

 

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