Humanización

Tengo que confesarles algo. Hace tiempo que debía haberlo hecho, pero ya saben el trabajo que cuesta reconocer los defectos propios por muy evidentes que sean. Se trata de una cuestión vergonzosa. Cuando salgo a la calle, y sobre todo cuando voy a un parque urbano —actividad que realizo a diario en busca de árboles—, una realidad me separa de la mayoría de los paseantes, una carencia evidente, visible, diferenciadora. Sí, no tengo tatuajes, es cierto, pero no se trata de eso, ya de por sí grave, sino de algo aun peor: no tengo perro. 

Pero… ¿se puede vivir sin perro?, preguntarán ustedes. ¿Se puede sobrevivir a las desdichas cotidianas sin la compañía del mejor amigo del hombre, sin un can al que prodigar nuestros cuidados, sin la cercanía de alguien tan fiel que nunca te abandonará y a quien puedes educar mucho más fácilmente que a un niño? Hablamos de un ser vivo y dinámico al que llamas y viene, que obedece las órdenes sin rechistar, alguien capaz de esperar en la puerta de un comercio mucho más que el marido medio y jamás se queja de que otra vez haya lentejas, un compañero que nunca reclama la posesión del mando a distancia ni discute el lugar adonde viajar el próximo puente. Cuando paso junto a los bancos del parque situados bajo los árboles de mejor sombra —allí donde se sienta a socializar un grupo considerable de dueños de perros mientras sus canes se huelen entre sí—, la conversación se detiene. Murmuran de mí, lo sé. Me miran con incredulidad, como si no pudiesen dar crédito de lo que ven. Mientras tanto camino sereno, intentando mantener la compostura al tiempo que esquivo los restos de excrementos caninos que salpican el suelo con la gracia de un estampado primaveral, pues aunque la mayoría de los humanos recogen las perrunas caquitas siempre quedan vestigios a sus pies. El día que inventen un aparato de visión excrementicia contemplaremos las calles, las aceras, los parques, cualquier espacio de la ciudad, lleno de restos de inmundicias de cánidos. Será espectacular.

De unos años para acá, la tenencia de perros se ha convertido en un auténtico fenómeno. Nos hemos democratizado. La posesión de perros como animales de mera compañía, no de trabajo, era antes cosa de vagabundos o de personas acomodadas; ahora, y gracias a la red de comercios de atención a los cánidos que proliferan en las ciudades, cualquiera puede tener un perro sano, fuerte y provisto de los necesarios complementos. Mi perro, si lo tuviera, podría llevar lentillas, sombrero, abrigo, guantes y zapatos, lo que quisiera. Se trataría solo de ahorrar un tiempo o pedir un crédito, la bondad de la causa lo justificaría. Me paro en la calle, en una acera cualquiera, y escucho a dos mujeres que hicieron amistad en el veterinario. Hablan de sus perritos, de si les comen bien o no, de si han tenido diarrea, de los traumas psicológicos que arrastran desde la infancia, del grado de molestia que el calor les produce. Hablan de los restaurantes y los hoteles pet friendly, donde poder acudir acompañadas de sus chiquitines, y se sienten bien compartiendo esos esenciales conocimientos. Veo a personas mayores llevando a sus perros cómodamente sentados en los transportines de los andadores, el animal con un lacito rosa al cuello mientras dirige a los simples mortales soberbias miradas de aristócrata. Y veo felices a los perros y a sus dueños, al fin acompañados, encariñados con un ser vivo que les dará calor y escucha, esperemos, en sus últimos años. Mientras tanto, miles de niños mueren en el mundo por inanición o a causa de terribles condiciones laborales, sí, pero son solo niños, personas, y las personas son malvadas, prescindibles, no como los perros, seres de nobleza probada. 

Mis conocidos me dicen que soy muy raro por no tener perro, por no querer perro, que debo ser una persona perversa. Y puede que tengan razón.

 

La imagen recoge a un niño de la calle en la estación ferroviaria de Srimangal, Bangladesh (Foto de Md. Tanvirul Islam). 

 

Víctor Espuny.

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