Historia de una madre

Parejo y Cañero Intermedio fijo

1º.

Farmacia de guardia en plaza Salitre de Osuna. Once y media de una noche de octubre del pasado año 2019. Gente que entra y sale de comercios y bares, bancos ocupados por jóvenes. Un coche aparca a pocos metros. En su interior, dos muchachas. Dos universitarias de veinte años. Dos amigas que deciden esperar a que la plaza, poco a poco, vaya vaciándose.

 

2º.

Tras pagar el importe, guarda la caja en el bolsillo interior de su chaqueta y regresa al coche a paso ligero. Entra y enciende el motor. ¿Prefieres hacerte la prueba en tu casa cuando no estén tus padres ni hermanos, o vamos a mi piso y salimos de dudas esta misma noche? Su amiga no responde. Mantiene su silencio mirando sus temblorosas manos apoyadas en sus rodillas. Levanta la mirada hacia la iluminada farmacia, y sus nervios la llevan a imaginar, a creer ver al otro lado de la reja, una cruel sonrisa dibujada en la cara del farmacéutico.

 

3º.

¿Cuánto tarda en dar el resultado? Unos minutos. Ve a la cocina y prepárate una tila. Te llamo cuando esté. El piso es pequeño. Modesto. Situado en una céntrica calle del pueblo. Siente un dolor punzante en el estómago. Camina a un lado y a otro de la cocina. Se sienta. Vuelve a caminar. Mira el reloj en su teléfono. Doce, trece, catorce… Escucha una voz llamándola desde el cuarto de baño. No quiere ir. No puede. Sus piernas, no le responden. El vaso de tila, sobre la mesa. Escucha por segunda vez la voz de su amiga, pero esta vez en movimiento, acercándose. Y todo regresa así, de repente.

 

4º.

2016. Noche. Las luces, apagadas. La poca luz que alumbraba la cocina entraba por la ventana abierta, proveniente de las farolas de la calle. Sobre la mesa, un vaso con tila. De pie, junto al frigorífico, uno de mis hermanos, comiendo. Pan, mortadela, aceitunas de lata y un botellín de cerveza. Apoyado sobre el bastidor de la puerta, mi otro hermano, fumando. Nuestra madre, sentada frente al vaso, callada.

 

5º.

Salí de la cocina. La casa -de tres plantas- es grande, espaciosa. Grandes habitaciones. Grandes muebles. Amplios patios. Anchas escaleras. Eché a andar. Y mientas que con paso lento me acercaba a la azotea, podía oír las palabras de mis hermanos dirigidas a nuestra madre. La gente. Cómo se te ocurre ir contándolo por ahí. Mejor estar callados, dejarlo pasar. Sólo ha sido una vez, un pronto, un dejarse llevar. No volverá a verse con esa mujer. Es un buen hombre. Trabajador. Aquí nunca ha faltado de nada. La gente. Nadie tiene que saber. Los trapos sucios, en casa. Levanté la mirada. El cielo era un manto negro.

 

6º.   

Escuché cerrar de puertas. Primero una, y después la otra. Desanduve el camino. Sobre la mesa, el vaso. Frente al vaso, mamá. Me miró. Nos miramos. Me acerqué a ella y quise pedirle que me hablara. Sí. Que me contara sus sueños y sus deseos. Sus alegrías y sus miedos. Su rabia y su impotencia. Y también quise hablarle yo. Decirle que nada es inamovible, que todo puede cambiar, que nada ni nadie puede impedirte levantarte de esa silla, alzar tu voz, ser la mujer que tú verdaderamente quieras ser, y no la que te impongan los miembros de tu familia, y quise contarle que…

 

7º.

No lo hice. No le hablé. La vi levantarse de la silla. Cogió el vaso y lo dejó en el fregadero. La vi salir de la cocina. Antes de irse me dijo no te acuestes tarde. Mañana tienes universidad. Y mientras me hablaba recogía los restos de mortadela y el botellín vacío de cerveza para tirarlo en el cubo de la basura junto a la colilla del cigarro. Después abrió el frigorífico y guardó la lata de aceitunas. Pasó un trapo por la mesa. Cerró la ventana. Y nada más verla salir sentí las pisadas de mi madre camino de su dormitorio, alejándose.

 

8º. 

Negativo. Todo bien. Se gira y ve una enorme sonrisa en el rostro de su amiga. Después ve cómo sin dejar de sonreír y en milésimas de segundo su amiga tira una caja en el cubo de la basura, abre el frigorífico, saca un par de botellines, un plato con queso, coge un poco de pan y lo pone todo en la mesa apartando a un lado el vaso con tila. Siéntate y come algo. Lo necesitas. Mira el vaso. Se acerca a la puerta y se asoma al pasillo. Un piso pequeño. Modesto. Antes de sentarse y comer mira sus manos, que han dejado de temblar. Busca el dolor en su estómago, que ha desaparecido. Mira la ventana, que está abierta. Y tras todo esto y ya sentada y comiendo, piensa en esas palabras. Negativo. Todo bien.

 

9º. 

El coche de su amiga se aleja calle abajo. Contempla la fachada de su casa. Las farolas. La luz entrando en la cocina. Y al dar unos pasos hacia la puerta, cree ver la figura de su madre en la ventana. Mete una mano en un bolsillo, y con los dedos roza la caja que guardó en su cazadora tras rescatarla del cubo de la basura. Después introduce la llave en la cerradura, abre la puerta, cruza un corto tramo del pasillo, y se detiene ahí, en la entrada de la cocina.

 

10º.  

La mira. Se miran. Entra en la cocina, saca la caja del bolsillo, y con la mirada en el suelo la deja en la mesa. Después se acerca y le habla. Le habla de sus sueños y sus deseos. Sus alegrías y sus miedos. Su rabia y su impotencia. Y las palabras van llegando poco a poco, como poco a poco levanta la mirada para ver ante ella no a su madre, ni a la madre de sus hermanos, ni a la esposa de su padre, sino a una mujer que la escucha atenta, en silencio. Y mientras habla, comprende. Y mientras habla, sonríe. Comprende que nada puede seguir bien si pretendemos que todo cambie sin antes formar parte de ese cambio, y sonríe sabiendo que, tras mucho tiempo, es ella quien lo hace y no otra persona.

 

Fotografía: Unsplash.

 

Álvaro Jiménez Angulo   

 

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