Héroe de barrio

Parejo y Cañero Intermedio fijo

Caía la tarde en Vallecas y se aproximaban los fascistas a tensar la cuerda de la democracia. En las vísperas se había anunciado a bombo y platillo que Vox realizaría su performance en la Plaza de la Constitución. El acontecimiento se cocinó a fuego lento, cada uno puso a punto sus armas. Abascal ensayó frente al espejo su mueca más bravucona, Olona hizo lo propio repitiendo ese gesto acusador con el dedo índice que tan bien le sale. La Policía, a la espera de órdenes, hacía cuerpo para la consabida jarana. Los reporteros gráficos preparaban los objetivos y los antifascistas refrescaban las tácticas de guerrilla urbana. Todos los actores que involuntariamente estaban conchabados para contribuir a este sindiós estaban listos.

Hay barrios que son considerados países. Suelen ser las ciudades de los olvidados, el escondite de los desamparados, la calle por la que echa a andar el alma de sus vecinos. Hay barrios que representan el mundo para muchas personas, poseen un carácter fronterizo que las aleja de cualquier otra realidad que la que se respira en sus límites y un componente identitario que hace que se sientan reflejados en cada baldosa. Las cosas que más se aman son las que se conocen y nos conocen, la antigüedad es uno de los principales atributos del cariño. Por eso, si llevas toda la vida en una burbuja dónde te es indiferente todo lo que ocurra fuera, es normal que te incomode que los señores, que desde chico te han dicho que son los enemigos, irrumpan en lo que es tuyo, en ese territorio olvidado los otros once meses del año. Es normal que te pongas burro, que te la traiga al pairo que en democracia cualquier partido puede desplegar su hipocresía donde le venga en gana. Es normal que el odio y la sinrazón que llevas inyectada en las entrañas te impida calcular que, para ellos, solo eres un peón en su tablero, que la piedra que tiras les favorece, que su único cometido era que tú entrases al trapo.

Alejandro se había repasado su mohicana y se había ataviado con el chaquetón azul de las grandes ocasiones. Nunca es un mal día para luchar por tus sueños, y el de este chaval era convertirse en un héroe de barrio, en uno de esos bukaneros a los que si se les conoce se les guarda un respeto y si no hay trato se desvía la mirada. El respeto, sobre todo en la calle, siempre se construye a base de leyendas, normalmente adulteradas. Pero para eso, hay que estar dispuesto a mancharse las manos y el expediente. Los antecedentes te tienen que preceder y Alejandro aún no tenía.

El escenario era inmejorable para el bautizo. El cachorro del abrigo azul decidió colocarse en la primera línea, en la de los valientes. Tuvo el cuerpo en tensión hasta que, tras el lanzamiento de piedras al atril, Abascal, un gallo criado en el corral de la política, decidió saltarse el cordón policial. Ahí comenzó el baile, la policía intentaba aplacar a los manifestantes, los palos se sucedieron, un madero calló al suelo y Alejandro no lo dudó y le pateó la cabeza, con la suerte de que un fotógrafo inmortalizó el momento. Puerta grande. Pero la cosa no acaba aquí, cuando la Policía parecía que conseguía aplacar la situación y la masa claudicaba, nuestro protagonista, envenenado por la adrenalina, adelantó él solo la línea de acción y con los puños en guardia, adoptó una posición de combate que en su cabeza debió de proyectarse épica, pero que en el vídeo que al día siguiente circuló por las redes, se reveló patética. Me siento muy identificado con él. Lo malo no es hacer el ridículo, lo malo es darse cuenta de que lo has hecho. Ojalá nunca enterarse de las veces que hemos hecho el ridículo sin coscarnos.

Tras su consagración supongo que estaría feliz, pero como casi siempre, las victorias duran lo que tardas en recordar que las derrotas nunca desaparecen. Algún perro viejo se le acercaría y le reprendería por haberse expuesto tanto. Muchos huevos y poca cabeza. Este lunes la policía detuvo a un chaval sin antecedentes que se había rapado la cabeza para intentar despistarlos. El joven que hace apenas unos días le había pateado la cabeza a un subinspector, lloró. Nadie dijo nunca que ser un héroe de barrio fuera fácil.

Santi Gigliotti
Twitter: @santigigliotti
Fotografía: Wikipedia.

 

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