Gracias, amigos

Hay ocasiones en que las etapas acaban y uno no sabe el porqué. A veces buscamos nuevas experiencias y otras veces buscamos viejos trajes deshilachados que guardamos en el armario de nuestras vidas. Los sacamos, los cepillamos, los planchamos y le damos una nueva existencia. No soy de despedidas solemnes como las que vivíamos hace años. En esta época, las redes son como cualquier sala de espera donde nos encontramos con viejos amigos, a los que un día dijimos adiós. En las grandes ciudades generamos amistades de ocasión, con quienes seríamos capaces de atravesar el Atlántico sin escalas, pero que se consumen como el saldo de una tarjeta prepago. Lo habitual es que, al cabo de un tiempo, nos alejemos sin darnos tiempo a decirnos “buena suerte”. Un compañero de trabajo, un vecino simpático, una persona del gimnasio o alguien con quien coincidimos durante un tiempo en el bar, tomando el primer café de la mañana. En la ciudad todo va y viene sin un destino definido; todo es voluble y casi no te da tiempo a percibir la presencia de un compañero de autobús. A veces las etapas acaban para empezar otras. A veces te das cuenta de que son un error, pero seguimos sin derrotero, queriendo experimentar en el barro de las desgracias. Querer quemar etapas, es propio de quien quiere vivir. A fin de cuentas, la vida es una acumulación de experiencias guardadas en una pesada estantería de libros, para que otros las lean y aprendan de ellas.

Ahora necesito parar durante un tiempo. Tal vez sea un tiempo breve, tal vez sea un trasbordo en una estación de enlace; quién sabe. Necesito leer y beber de la realidad para seguir con más fuerza. Gracias a @elpespunte por su excelente trabajo, por su generosidad y por lo bien que me han tratado. Cinco años que me llevo dentro; cinco años que estarán en la estantería de las etapas de mi vida, en lugar preferente entre mis libros especiales y mis fotografías color sepia. Gracias a quienes habéis seguido mis historias de desarraigo y de añoranza, historias de alguien que todavía sigue esperando su tren hacia el norte. Ojalá podamos volver a vernos. Gracias, amigos.

 

© Juan Zamora Bermudo

 

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CAIDA LIBRE

Abrió con su propia llave. Nos habíamos despedido por la mañana, cuando las calles son luminosas o la lluvia es milagro. Ese día me había propuesto arreglar una cena de velas y conversación. Llegué a casa algo tarde. Abrí las ventanas de la parte que da al mar y preparé la mesa con mantel y cristal. Unas doradas al horno y jamón ibérico. Me estaba maquillando frente al espejo cuando noté su presencia sin estar, como otras veces. Me atrapó por dentro, me apaleó y me echó sobre la cama como si fuera un despojo. Si, cariño. Aquí estoy otra vez, enterrada en esta maldita vida bipolar. Sin salida aparente.

 

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