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Generaciones

Todos comenzamos a sentirnos mayores en algún momento. No sabría decir cuándo exactamente. Depende de muchas cosas. A unos les llega con el nacimiento del primer hijo. Otros lo experimentan cuando les nace el primer nieto (y no digamos el primer bisnieto). Otros son tan afortunados como para no tener hijos y vivir felices—cada vez hay más personas así—, pero también a estos les llega ese momento. Da igual qué tipo de vida lleves, incluso si es sana, comiendo mucho vegetal, haciendo ejercicio y todo eso. Te puede pasar que salgas con la bici, como sueles, y esa mañana te sientas especialmente torpe y débil. Será por el calor pero las piernas te pesan y solo piensas en llanear, las cuestas ni las miras. Entonces, cuando ya estás un poco desanimado, un chaval de veinte años te adelanta en su bici pedaleando con el placer y la energía que tenías a su edad a ti ya te falta. ¡Ay, amigo, que tienes ya el seis por delante! Y empiezas—¡por fin!— a ser consciente de tu caducidad, pues hasta entonces no pensabas en la muerte. Y te resistes, claro que sí.

Desde ese día comienzas a intentar no parecer mayor, a procurar mimetizarte con los treintañeros, con los cuarentones al menos. Y, echándole valor, vas a una peluquería y le dices al peluquero que te ponga un tinte en el pelo. Te lo pone hasta en las cejas y sales de allí pensando que si no fuera por las arrugas del cuello nadie te echaría la edad que tienes. Todo va bien hasta que, al cabo de dos semanas, comienzas a notar picor y enrojecimiento en la frente. Vas al dermatólogo, te diagnostica una dermatitis producida por la parafenilendiamina y te aconseja no usar más tintes. Dejas pasar unos meses. Mientras tanto tus odiosas canas vuelven a estar a la vista y, después de indagar sobre tintes naturales, encuentras por fin uno que no te hace daño. Bien. Te has quitado treinta años de encima. Luego consideras tu vestuario. Estás completamente demodé, muchacho, con tus polos y tus bermudas, como cualquier jubilado alemán. Te decides y te compras una camisa hawaiana y unos pantalones chinos blancos. ¿Tatuajes? No tengo, te dices, y corres a uno de los muchos establecimientos de tatoo que pueblan la ciudad y te haces uno en el gemelo derecho, uno de los músculos —piensas— que va a aguantar mejor el decaimiento de la edad. Aunque, eso sí, la fiebre de los tatuajes no la entiendes bien. Desde el conocimiento que dan los años te preguntas si esos jóvenes que entregan a la aguja sus tersas y firmes pieles no han pensado que ese elefante que llevan en el muslo se convertirá en unas décadas en un monstruo irreconocible y esa rosa del escote en una flor ajada, ya sin hojas, deformada. ¿Nadie les ha explicado a estos valientes que el organismo sufre un proceso irreparable de oxidación, laxitud y desecación? ¿No advierten cómo están arruinando su físico esplendoroso con esas manchas de tinta? Se ve que no.

Una dentadura resplandeciente es otro de los complementos que no puede faltar en la persona joven y a la moda. Vas al odontólogo y te sometes a un tratamiento que agudiza tu sensibilidad hasta el punto de temer la muerte por hiperestesia. Durante meses no soportas las cosas frías o calientes. Además, el dentista te quita de comer y beber infinidad de cosas que te gustan porque manchan el esmalte. Aun así estás contento: cada vez estás más cerca de parecer un perfecto joven.

Hasta que un día sales a la calle que no te conocería ni tu madre si te viera: ni una cana, sin barriga, vestido de turista australiano y andando más derecho que una vela. Vas a bares de jóvenes y alternas con ellos casi de igual a igual. Y digo casi porque no son tontos y advierten rápido que tienes encima más retoques que el Ecce Homo de Borja (Zaragoza). Y aun así te aceptan porque son gente abierta y pagas una ronda. Las horas pasan y observas que no saben beber; se meten por la nariz polvos de colores; hablan de redes sociales que no conoces, de series que no ves, de videojuegos que no sabes de qué van; usan adjetivos que nunca has oído. Te das cuenta de que son exactamente como tú eras a su edad, igual de inmaduros y curiosos, sensibles e inseguros, y adviertes que tú ya has pasado por todo eso, que lo has superado y no piensas, ni de lejos, en volverlo a pasar. Entonces te vuelves a casa más relajado. Y comienzas a comer lo que te apetece y a ver tus canas como lo que son, señales de haber experimentado, gozado y sufrido, y piensas que, a pesar de todo, no se está tan mal a los sesenta, una etapa más del camino de la vida.

 

Imagen de aarp.org (GettyImages).

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Víctor Espuny

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