TASA INCIDENCIA COVID (población de 60 o más años) OSUNA 470,8. | Aguadulce 0,0 | Algámitas 1.744,2 | Badolatosa 154,6 | Cañada Rosal 256,1 | Casariche 0,0 | Corrales (Los) 0,0 | Écija 306,8 | El Rubio 226,8 | El Saucejo 616,2 | Estepa 186,2 | Fuentes de Andalucía 0,0 | Gilena 223,2 | Herrera 320,7 | Lantejuela 0,0 | La Luisiana 91,0 | La Puebla de Cazalla 547,3 | La Roda de Andalucía 1.146,1 | Lora de Estepa 0,0 | Marchena 176,3 | Marinaleda 0,0 | Martín de la Jara 152,0 | Osuna 470,8 | Pedrera 0,0 | Villanueva de San Juan 0,0 | (Actualizado 08/06/2022 a las 10:55 h.)

Galleta

Muchas veces me he merecido una buena galleta, otras muchas me las he llevado puestas y alguna vez las he dado. Plash, nunca se olvida la primera vez que se escucha ese sonido hueco de la palma de una mano sobre un rostro. Tampoco ese calorcillo que trae consigo el impacto, esa temperatura electrizante inundando el orgullo, el ruido de alrededor, la pelea de los sonidos que se libra en el ambiente. La tensión de los músculos, las articulaciones temblonas, el instinto primario que nos devuelve a nuestro pasado salvaje y animal.

No les voy a mentir, agradezco alguna de las hostias que me he llevado, las almaceno en una parte importante de mi memoria. Algunas son lecciones de comportamientos que no he repetido, otras las llevo con orgullo por lo que creo que fueron defensas justas, lucen en las vitrinas de la sala de trofeos de mi alma. Una vez vacilé a un mayor que nos había quitado el balón en el recreo y que jugaba con sus colegas a marearnos en un ratón y al gato sin consentimiento. Era una injusticia y me revelé escupiéndole en el chaleco. El juego acabó, el balón dejó de circular. El tipo se acercó hacia mí con sus 17 años y su superioridad física y me arreó un sopapo que me mandó directamente al suelo. Conmigo en el piso se hizo un silencio atípico para un patio de colegio, escuché de fondo las risas de alguno de sus colegas, sentí la mano cómplice de un amigo que me levantaba. Cuando estuve de pie luché conmigo mismo para que no resbalara ninguna lágrima por mi mejilla ardiente. Apreté la mandíbula como un condenado, la única manera de no perder del todo era no regalarle un llanto al abusón. Jamás se me ocurrió chivarme, yo le había escupido, él me había pegado. Agarré el balón y me largué.

Aquel día aprendí en el patio del colegio más que en cualquier aula. Aprendí que fuera de las clases, los oratorios, la televisión y todas las burbujas que nos envuelven existía un mundo que se llamaba calle y que era el real. Aprendí que en aquella jungla la frontera entre lo bueno y lo malo no está tan clara, que la justicia era un paraje desdibujado sobre el que todo el mundo trata de edificar su parcela. Me di cuenta de que ese mundo teórico-ideal de valores desgraciadamente solo era una quimera, que los abusos existen, que las afrentas se pagan, que la maldad es efectiva y el bien es una determinada forma de obrar. De este episodio saqué dos cosas; nunca nos volvieron a quitar el balón, cuando fui de los mayores del patio jamás abusé de ningún chaval.

Desgraciadamente, el que no se rebela contra la violencia, acaba sufriendo más violencia. Esto es así, es matemático, aquello de “déjalos ya se cansarán” es una de las mayores mentiras que se le puede contar a un niño o una niña. Estoy en contra de la violencia, pero ya he madurado lo suficiente para saber que obviarla es un trance infantil. La violencia, por mucho que nos indignemos existe y seguirá existiendo hasta que la última mujer y el último hombre pisen esta superficie que nos sostiene. Está mal, claro que está mal agredir, pero la violencia y los impulsos son intrínsecos al ser humano. El pacifismo es la mejor postura que hemos inventado, pero no deja de ser eso, una pose, una convención social, un acuerdo tácito entre criaturas inteligentes que decidieron civilizarse. Lo siento, erradicar la violencia es imposible, se puede domesticar, representarla de una forma u otra, tratar de reprimirla e incluso pagarla con quien no se la merece, pero sigue estando ahí, en nuestros orígenes, en el mono, en la supervivencia, en el pasado y en el presente. Todos estamos obligados a la cordura, pero nadie está libre del arrebato, nadie está exento de perder los papeles. Está bien concienciar, el rechazo social es un gran antídoto para la violencia, pero ya podemos crear todos los hashtags que queráis, ponernos detrás de enormes pancartas y quemar en el caldero inquisitorial al agresor de marras. Podemos hilvanar maravillosas reflexiones acerca de la paz, pero siempre habrá gente dispuesta a imponerse mediante la violencia, y negar eso sí que es peligroso, eso es lo que nos acerca a la extinción, eso es darle vía libre a la barbarie.

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Santi Gigliotti
Twitter: @santigigliotti
Fotografía: Unsplash.

 

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