FOTOMATÓN

Parejo y Cañero Intermedio fijo

FOTOMATÓN

y nos besamos como en las películas,

y nos quisimos como en las canciones.

Luis Alberto de Cuenca

 

Aquella tarde traía una cazadora blanca, el pelo recogido en la nuca. Sus ojos, grandes y negros, lo miraron al sentarse a su lado. Hola, le dijo. Y él comprendió. Y supo que hay cosas que no se sabe cómo ni cuando empezaron, y que quizás por eso no tengan un final. Así que venció el nudo de la garganta, bajó la mirada hacia los folios en los que trazaba las primeras frases de una escena, e intentó seguir trabajando. El silencio de la biblioteca tan sólo era interrumpido por los pasos de alguien que entraba o salía, el teclado de algún ordenador, por el vibrar de algún teléfono móvil. A veces la miraba, otras sentía la mirada de ella en él. Y poco a poco esas miradas comenzaron a coincidir, y tras ellas llegaron preguntas en voz baja, coger juntos el bus al salir, tomar algo en el barrio, y algunas risas tras las respuestas. Dejó el lápiz sobre el folio, sobre una frase sin terminar, y se levantó. Ahora vuelvo, le dijo. Y al mirarse en el espejo del servicio, al sentir cómo sus manos se helaban bajo el chorro de agua fría, terminó la frase recordando el mensaje de WhatsApp recibido meses atrás. Tú y yo en un fotomatón, y en todas apareceríamos besándonos.

 

Cerró el grifo. Cogió un poco de papel y se secó las manos. Al salir se dirigió hacia la barra del bar y ella estaba ahí, esperándolo, ante una copa de vino blanco y un zumo de naranja. Cogió su zumo y bebió un trago. Aquella noche llevaba un jersey azul marino, el pelo sobre los hombros. Salieron a la calle. Se apoyaron en un coche y se besaron. Y cuando refugió su rostro en el cuello de ella, fue consciente de las cientos de personas que pasaban en la misma dirección por aquella calle. Banderas, pancartas. Un cambio, decían algunos. Caminaron entre la multitud hasta una plaza, la cruzaron, lo agarró del brazo y le dijo ven. Entraron en la cabina, echaron unas monedas y al terminar ella recogió las fotos y las guardó. Déjame verlas, pidió él. Yo también salgo en ellas. Y por un momento creyó que el futuro era aquellos ojos grandes y negros, un cielo despejado, una plaza desierta, y aquella sonrisa. La calidez del vino blanco y la naranja en la boca.

 

Entró en la biblioteca. Se acercó a la mesa, se sentó en la silla y ordenó los folios para continuar con el trabajo. Aquella frase seguía allí, sin terminar. Cogió el lápiz dispuesto a escribirla, a resolver de una vez aquella escena. Vibró un teléfono, levantó la vista y la vio tecleando para responder al mensaje. Me voy, dijo al levantarse tras recoger sus cosas. Te esperan, ¿verdad? dijo él en un tono más de afirmación que de pregunta. Ya no vas para el barrio. Salió a la calle y el frío de enero le golpeó en la cara. Levantó el cuello de su abrigo y comenzó a andar. Al llegar a la esquina miró hacia a aquel portal para verla llamar al telefonillo, esperar unos segundos y desaparecer tras aquella puerta. Observó las luces de las ventanas del edificio un instante, y continuó avenida abajo. Llegó a la parada del bus y siguió caminando. El viento frío se hizo más intenso al llegar a la plaza. Comenzaban a caer las primeras gotas. En la puerta de un bar un grupo de personas hablaban sobre una nueva época, sobre un mundo más justo para todos. Una de aquellas personas le preguntó algo ofreciéndole un papel, pero él se alejó sin responder. Cruzó la plaza y quedó frente a aquella cabina. La estuvo observando durante un tiempo muy largo. Mucho. El frío y el agua le calaban ya la ropa, cuando decidió sacar su teléfono móvil del bolsillo del abrigo para leer el mensaje. No, ahora no lo leas, le dijo ella. Si lo hubieras leído cuando te lo mandé te dejaría verlas. Y sonreía. Ella sonreía. Y estaban allí aquellos ojos negros, aquel cielo despejado, aquella plaza desierta. Un jersey azul marino y el pelo sobre los hombros. Y leyó el mensaje por última vez. Lo leyó por última vez antes de borrarlo. Antes de que la lluvia y el frío le calaran hasta los huesos.  

 

Álvaro Jiménez Angulo.                

                 

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