Finta a lo inevitable

Joaquín ha anunciado que se marcha, que es la hora de poner rumbo a ese panteón donde descansan los dioses verdiblancos. Ha decidido instalarse para siempre en la memoria de los locos de la cabeza, le ha puesto punto final a esa historia de amor que vivió con nuestro amor. Joaquín es tan Joaquín que ha dicho que se va cuando están los farolillos ya colgados en el Real, se ha cortado la coleta cuando en La Maestranza ha reventado el capullo de la primavera, nos ha birlado el mes de abril al que le cantaba el otro Joaquín. Pero tranquilos, está todo guardado en el cajón, donde guardo el corazón. 

¿Cómo se le dice adiós a aquello que se queda? ¿cómo se acepta que no volveremos a ver más lo que vimos tantas veces? ¿cómo se cierra el verso voluble de lo irrepetible? Los sentimientos no entienden de respuestas naturales, son eléctricas galopadas erizando el terreno de juego de la piel de nuestros brazos. Así es el fútbol del diecisiete, una matemática bohemia, un toreo de pies, un llevarse el balón de farra por la banda. Ningún futbolista ha andado nunca por la cuerda de la genialidad como lo ha hecho él; haciendo del equilibrismo un baile, de lo imposible un chiste, del balompié un arte. 

Para los que llevamos tatuada en el pecho la cara embarrotada de nuestra alma, ver partir al Juaki es golpear los cristales de nuestro ayer en el andén caprichoso del tiempo. Él fue la mecha que prendió la rebeldía en el polvorín del chaval, la ilusión en los ojos del abuelo al que transportó a ese fútbol desenfadado y anárquico de una época que se escapó, el beso en la frente del padre que creció viendo desbocarse a Gordillo por la banda izquierda, la promesa cumplida del niño que soñaba con una Copa del Rey. Joaquín es el abrazo transversal de las generaciones béticas, una estatua viva, creada a la imagen y semejanza de lo que no tiene definición. 

Joaquín tiene el flamenco en el tobillo, el duende en la cadera, el compás en las manos. Joaquín compuso la melodía de la bola con rosca, escribió el libro de lo que no puede leerse, pintó el cuadro del talento humilde. Joaquín arrancaba y hacía que golpeasen en nuestra euforia las olas de la playa de Fuentebravía. Joaquín recortaba y engañaba hasta nuestros pesares. Joaquín chutaba y disparaba a la piñata de nuestra cordura. Nadie retrató a la seriedad como él, humillándola con caños, vacilándola con goles. Ha demostrado que el compromiso no está reñido con la carcajada, que el esfuerzo marida bien con el humor. De Joaquín lo importante no es el chisme, si no la manera de contarlo. Esa forma suya de dejar sentada a la tristeza. Joaquín es un Charles Chaplin que decidió golpear las conciencias con un esférico, un Peter Pan gaditano, un Benjamin Button verdiblanco. 

Joaquín no es el Betis, pero sí que es una de las primeras acepciones del beticismo: Dícese de la persona que se crece en la adversidad, que canta si tiene ganas de llorar, que llora cuando ríe, porque lo hace de verdad. Joaquín es una estrofa del himno, una barra del escudo, un recuerdo presente. Joaquín se va regateando lo inevitable, colgando al área el centro de lo indeleble, poniéndonos en la cabeza todo lo que ha sido. Se va mi primer mito futbolístico y no quiero ver más jugadas suyas, quiero que mi memoria lo altere todo, que mi admiración magnifique las jugadas. Quiero crearme clavos ardiendo a los que aferrarme en el desasosiego. Joaquín se va como las cosas que se quedan. Sabiendo que no hay más final que el final de La Palmera. 

Santi Gigliotti
Twitter: @santigigliotti

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