Evasiones

Los libros hacen personas, individuos pensantes y empáticos, a menudo excelentes para convivir. Los lectores pueden ser maniáticos —quién no lo es— pero se contentan con muy poco: no demasiado ruido y buena luz para leer. La lectura de obras históricas, además, ayuda a la persona a evadirse del presente, a menudo ingrato.

Gracias a la perfección de los medios de comunicación y distorsión de la realidad, vivimos la época de mayor manipulación de la opinión pública. Nunca ha existido nada parecido al algoritmo, arma que en manos de personas malintencionadas nos está convirtiendo en seres sin rumbo propio, manejados. Nuestro presente posee el futuro más negro para las humanidades que ha existido nunca. Hemos llegado a ser incapaces de discernir los cuadros «pintados» por robots de aquellos pintados por personas. Les pongo un ejemplo. En una sala del Museo de Arte Ruso de Málaga, que ha vuelto a abrir con cierta vitalidad e imaginación, cuelga una exposición de cuadros suprematistas realizados en 2017. Según todos los indicios —esa fue mi primera impresión y así me lo confirmó el guardián de sala durante la visita—, están hechos por un ordenador. Alguien creó un programa capaz de aislar todas las formas geométricas de un cuadro de Malévich realizado un siglo antes y mezclarlas de manera tan variada que el número de versiones, algunas colgadas en las paredes de la sala, puede contarse por cientos. La originalidad y la disciplina artísticas, bases de la excelencia, parecen haber muerto. Muchos cantantes usan el Auto-Tune para corregir fallos de afinación y errores de interpretación, incluso dando como reales en los directos efectos procesados. Uno ya no sabe dónde empieza la máquina y acaba el hombre, qué sería capaz de lograr la persona desprovista del artefacto.

Hay más razones para desconfiar del futuro. El afán de enriquecimiento de las grandes corporaciones, de sus míseras y codiciosas cabezas pensantes —a las que los árboles y el aire y los océanos limpios les importan una higa—, está produciendo alteraciones en el medio natural que parecen ya irreversibles. Son transformaciones que comenzaron al inicio de la Revolución Industrial pero se han acelerado de manera exponencial en las últimas décadas. Hace unas semanas nos hablaban de los avances de la fusión nuclear, sí, pero su aplicación solo será posible en un periodo todavía sin definir, décadas, dicen. Esa noticia—sin duda buena— pueden tener un efecto perverso: la relajación de los objetivos medioambientales que se intentan imponer a los países más contaminantes. Mientras el modelo de desarrollo sea el de la sociedad de consumo —fabricar y vender sin descanso artículos superfluos— el futuro no pintará bien, y a ver qué otro modelo hay aplicable en pocos años.

No, no me gusta el presente. Por eso me evado y buceo en el pasado, por eso leo historia. Sobre todo del siglo XIX, cuando la enmienda aún parecía posible. A comienzos de ese siglo, los grandes bosques del planeta permanecían casi intocados, las costas estaban ocupadas por tranquilas aldeas de pescadores y la población mundial, hoy de 8.000 millones de personas, era de 1.000 millones. España tenía 11 millones de habitantes. Las ciudades eran pequeñas, abarcables, humanas. Existía un vínculo de vecindad que hoy, salvo en los pueblos, se ha perdido. Había alma, la misma que sigue en los libros.

 

Detalle de Suprematismo, obra de Malévich (1915).

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Víctor Espuny

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