Este mundo

Un muchacho como de veinte años entra en un supermercado de los que abren las veinticuatro horas. Es un domingo por la mañana, sobre las diez. Da los buenos días y se va derecho a la zona de frutas y verduras. Con las naranjas que ha elegido metidas en una bolsa, que dicen ecológica, se pone en la cola de la única caja. Llega su turno. Se fija en el nombre de la cajera, Elizabeth. Le entrega las naranjas y ella se disculpa por no recordar el código del artículo y tener que consultarlo en un papel, lo que retrasa el proceso de pago, y ya se sabe la celeridad con la que suele hacerse esta operación. Él le dice «No hay prisa». Elizabeth sonríe. La cajera habla con acento sudamericano, tal vez venezolano, tan parecido al canario, tan amable. «Es que llevo aquí desde las doce de la noche y estoy cansada». «Estarán a punto de relevarte, imagino». «Si, ya pronto. A mediodía». 

El muchacho paga y se aleja de la tienda con gesto grave. 

Ese mismo día, a última hora de la noche, el mismo joven comparte con otro un cigarrillo, ambos sentados en un banco de los jardines que limitan una avenida muy transitada. Están cómodos y hablan amistosamente. De repente oyen estruendo de motores y ven venir como una exhalación un deportivo amarillo, que ruge al reducir de marcha para cambiar de carril de forma agresiva. Lo hace de manera tan impetuosa que el chófer pierde el control: el coche se sale de la vía y se estrella contra el tronco de uno de los árboles situados a pocos metros del banco donde los dos amigos estaban sentados, y del que han saltado para escapar del peligro. Ahora, puestos en pie, contemplan la escena con gesto de incredulidad. Han recibido una impresión muy fuerte: por un momento se veían muertos. El desgraciado árbol que ha recibido el choque queda roto y desarraigado, sus restos esparcidos por el suelo. La parte delantera del vehículo parece destrozada: la acera y parte de la calzada han quedado sembradas de trozos de carrocería amarilla, ultraligera, carísima. El conductor sale del vehículo apartando los airbags, que se han abierto por doquier alrededor de su puesto. Parece ileso aunque se tambalea un poco. Es un hombre delgado de unos treinta años. Saca un teléfono del bolsillo. «¿Abogado? Sí, sí, me quedo hasta que llegue la policía. Noo, no he bebido». Los amigos se acercan. Sacan sus teléfonos y graban el coche hasta que el conductor se da cuenta y les increpa, pero ellos responden que pueden grabar lo que quieran, que es una vía pública. El conductor les amenaza y da un paso hacia ellos en el momento en el que se oyen sirenas y se ven luces azules parpadeantes, cada vez más cercanas. Eso parece calmar la agresividad del conductor. Los amigos se alejan caminando hacia la estación de metro. Cuando miran hacia atrás ven a los agentes sometiéndolo a una prueba de alcoholemia. «¿Cuánto costará ese coche?» «Lo menos 400.000». Los dos caminan silenciosos unos metros. El primero vuelve a preguntar. «¿Cómo llevas Historia Contemporánea?». El segundo tarda en responder. «Bien, pero… ¿sabes lo que estoy pensando? ¿Te acuerdas de la cajera del supermercado de esta mañana, aquello que te conté?». «No irás a soltarme un discurso de los tuyos, ahora sobre las cajeras…». «Pues sí. Parece que no hay trabajo para tantos como somos, y algunos empresarios, malas personas, se aprovechan de las que tienen verdadera necesidad de trabajar. Los subsidios sociales no llegan a todos los que los requieren, eso es evidente, y muchas de estas mujeres tienen además bocas que alimentar, que los hombres, a menudo, ponemos la semillita y salimos corriendo, pero ellas, si deciden seguir adelante con el embarazo, se desviven por conseguir que a la criatura que ha venido al mundo tan indefensa no le falte de nada. Haz la cuenta de su tiempo de trabajo: supone una jornada laboral de doce horas, como en los comienzos de la revolución industrial, cuando se trabajaba en las fábricas en régimen de semi esclavitud. ¿No hay nadie que defienda los derechos de estas personas? El mundo es muy injusto, todos lo sabemos, pero para unas personas más que para otras: mientras unos destrozan un coche de casi medio millón de euros y parece que les da igual, otros no tienen con qué alimentar a sus hijos y parecen obligados a dejar que abusen de ellos para poder subsistir, y todo en la misma ciudad, casi en el mismo momento». «¿Ya has acabado?». El amigo hablador se queda callado, pensando. El otro continúa. «Pues que sepas que este mundo es así, nadie piensa en los demás, solo en su propio beneficio». «Alguien habrá que quiera mejorarlo, digo yo», concluye el primero.

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