Estar fuera

Siempre he sido firme defensor de que se está mejor fuera de la discoteca que dentro. En el botellón, en la charlita filosófica apoyados en el sillín de la moto, en los cigarritos perpetuos. El otro día llegué a mi Facultad de Ciencias de la Información muy temprano porque me imaginaba lo que podía suceder. Al bajar del metro vi lecheras de la Policía, ambiente de derbi futbolístico, Ciudad Universitaria engalanada para un día histórico. Sabía lo que había, pero esta vez no podía quedarme fuera del garito, tenía que entrar, porque tengo tantas ganas de salir de allí que no me puedo perder las clases. Todas mis esperanzas estaban puestas en que me echaran para atrás en el control de acceso, que al mirar la cartera no tuviera el carné, pero nada, al llegar tan pronto no tuve problemas y accedí.

Fui a clase, no digo a cuál por asegurarme de que este artículo no caiga en manos de quien me debe evaluar, y aguanté un chaparrón de conceptos y consignas abstractas que tienen un valor exacto de 6 créditos. Al principio éramos pocos, pero conforme avanzaba la lección iba entrando gente cada vez más indignada. Decían que no les habían dejado pasar, que había una muy grande formada fuera y que era una vergüenza. Justo cuando nos dejaron marcharnos, empecé a escuchar gritos. Por los pasillos un trasiego de gente, con una edad ya considerable, corría entre risitas traviesas, propias de un intercambio de clase en tercero de la ESO.

Cuando llegué al hall de entrada, la gente estaba apiñada en los costados. Miré hacia arriba y también había personal asomado desde la barandilla rollo Celda 211. Todos coreaban al unísono: “Ayuso, asesina”. Oteé un poco el horizonte y pude ver a alguna profesora con cara de satisfacción. Hicieron su aparición también los cachorros de NNGG, capitaneados por Dancausa, un alborotador de primer orden que se crecía por momentos. Eran 20 pero muy bien organizados, las barras bravas argentinas versión Scalpers. Aquello me pareció el culmen del delirio. Pero no, faltaba el gran discurso de Eli.

Esa ilustre que habló como una Ortegasmí flow complutense, con un discurso plagado de odio y testosterona. Le pudo el recurso fácil. Éramos muchos los que estábamos de acuerdo en que Ayuso se había autoentregado un premio “by the face” utilizando al rector de marioneta, pero es que después del discurso pensé: “pues ahora os jodéis, por torpes”. Le dieron a Ayuso lo que de verdad buscaba, que no era un premio, sino el triunfo de su libertad y la de sus muchachos frente a vuestro sectarismo. Aun con vuestros grandes expedientes, caísteis en la trampa. Antonio de la Torre fue el único que supo dar hostias con serenidad, sin perder la elegancia, sin elevar el tono.

Todo me pareció un esperpento. Futuros periodistas siendo noticia, gente a la que había visto dándose golpes en el pecho con la violencia política gritando verdaderas burradas, morbosos que aprovechando que estaban allí se unieron al bochorno. Profesores que me taladraron sobre el sectarismo y lo bello e idílico de la profesión dando el cante, nostálgicos de una etapa pasada de revolución estudiantil. Ay, ese populismo indefendible. Ay, la agenda setting. Ay, los códigos deontológicos. Ay, aquello del poder de las palabras y el utilizarlas con precisión.

Sí, tengo ganas de pirarme de allí, porque ya se me ha pasado el chocobom de hacer el pimpinela en la Universidad. Para poder reírte de un borracho siempre tienes que ir menos borracho que él. Por eso, se está mejor fuera de la discoteca, charlando, apoyado en el sillín de la moto, fumando mientras ves salir a la gente pasadísima. Y no, no es que los ilustres estén fuera, los que están fuera son los que ya están cansados de las tonterías de los de dentro. Dejadnos en paz.

 

Santi Gigliotti
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