Esperanza

Esta semana me he venido a mi lado trascendental por pura necesidad. Está bien que paremos la superficial y descerebrada carrera que todos mantenemos hacia ningún sitio, la misma que puede llevarnos a encontrarnos en nuestro lecho de muerte angustiados y con un teléfono en la mano, revisando los me gusta que tenemos en no sé qué red social; así lo imagina Johann Hari en su imprescindible libro titulado El valor de la atención (Península, 2023). 

La vida nos cambia. Una persona que en la adolescencia era callada y poco sociable puede convertirse en su madurez en alguien comunicativo hasta el punto necesario y saludable. Puede pasar también que alguien egoísta en su juventud se convierta con los años en servidor de los demás y acabe enrolándose en un buque que surque los mares en misiones humanitarias. O que una persona que a los veinticinco presumía de recoger gatitos por la calle a los cincuenta se haya convertido en alguien que nadie quisiera tener de vecino por su insolidaridad y su falta de empatía. Nada es imposible.

En general, se trata de una vuelta a la esencia. Nuestra verdadera forma de ser, y por verdadera entiendo aquella que se adecúa a nuestros anhelos últimos, estaba perfectamente perfilada cuando aún éramos críos. Muchos de ustedes serán padres o tíos, quizá abuelos. ¿Se han fijado —seguro que sí— en que los principales rasgos del carácter de sus descendientes, en la actualidad personas mayores, podían intuirse cuando tenían apenas dos añitos? Ya entonces eran observadores, impulsivos, osados, sociables, generosos, independientes, dependientes, reflexivos, pusilánimes…, el abanico es inmenso. Nos mostramos como somos cuando todavía usamos pañales. Ocurre que después de una infancia más o menos estable llegan los años de la adolescencia, a menudo desestabilizadores, y la persona parece olvidar durante ellos la forma de actuar que más le agradaba en su primera infancia. A ello contribuyen muchos factores, tantos que seguramente podrían escribirse libros sobre esto. De hecho, hay personas que los escriben, a quienes ruego sean benévolas con estas humildes reflexiones. Son los psicólogos, tan frecuentados como los dentistas en sociedades evolucionadas. 

¿A dónde pretendo llegar? Esos jóvenes que parecen haber tirado el futuro que tenían —como si el futuro solo pueda ser uno y nos venga impuesto desde arriba— y ahora tienen otros amigos, se han vuelto callados, llegan tarde a casa, se ponen pírsines en lugares descabellados, suspenden asignaturas, beben, fuman porros, mienten y, en definitiva, parecen haber adquirido unos hábitos que solo pueden llevarles por el «mal camino», esos jóvenes se están buscando a sí mismos y necesitan, sobre todo, comprensión, escucha y amor por parte de los mayores, que los conocemos, a menudo, mejor que ellos mismos. Se trata de tener paciencia y fe en ellos. Si de pequeños eran muy valientes y poseían un gran corazón es posible que esos rasgos de su carácter, que en realidad  no ha cambiado, los lleven a experimentar con relaciones o sustancias que nosotros censuramos por puro desconocimiento, tal vez por miedo. Ellos son jóvenes, hijos de otra época, y necesitan seguir caminos distintos a los nuestros, quizá más largos y arriesgados, pero ineludibles para su desarrollo. Si los abandonaran se traicionarían y podrían convertirse en personas frustradas. Hay que esperar. A lo mejor el cambio ocurre cuando nosotros ya hayamos fallecido, pero ese adolescente madurará y encontrará su equilibrio. 

Esa es la esperanza con la que el mayor que lo quiere debe vivir. Y, de hecho, vive. 

Imagen de elcorreo.com

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Víctor Espuny.

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