ENTREVISTA | Víctor Espuny: “Al interesarme por el príncipe de Anglona comprendí que me hallaba ante una vida digna de investigar”

El príncipe de Anglona fue hijo, hermano, tío y padre de duques de Osuna y es el personaje al que Víctor Espuny (1961) ha dedicado una investigación de más de dos décadas.

Fruto de esa ardua tarea son las 350 páginas en las que se desarrolla El príncipe de Anglona y su época (1786-1851), el décimo libro de un apasionado de la literatura y de la historia, que ha sido editado por la Asociación Cultural Usûna.

Parejo y Cañero Intermedio fijo

El sábado se presentará esta obra a las 20 horas en los Salones altos del Casino de Osuna por parte de Francisco Ledesma, archivero-bibliotecario municipal.

Por este motivo, hemos querido conversar hoy con Víctor Espuny, colaborador semanal de El Pespunte, que atesora un vasto saber que comparte de manera generosa y didáctica con su fiel legión de seguidores y lectores.

 

Víctor, ¿qué supuso para ti encontrarte hace ya más de veinte años con el príncipe de Anglona, un “nuevo” Téllez-Girón?

Darme cuenta de la variedad de posibilidades existentes a la hora de elegir un personaje histórico sobre el que escribir, y eso sin salir siquiera de la casa de Osuna. En este caso, además, podría decirse que el personaje me eligió a mí, como si su aliento, llegado de la profundidad de los tiempos, me hubiera tocado y hubiera hecho que me fijara en él. En un principio me atrajo la sonoridad de su título, príncipe de Anglona, que parece evocar bellos palacios neoclásicos situados junto al mar. En realidad, Anglona es una porción de terreno, una comarca histórica, situada al norte de la isla de Cerdeña. A Pedro Téllez-Girón (1786-1851), segundo hijo varón del noveno duque de Osuna, el título le había llegado por su madre, heredera en su momento de todos los títulos anejos al ducado de Gandía. Empecé a interesarme por la existencia de este personaje histórico y comprendí que me hallaba ante una de esas vidas desconocidas por la mayoría que, por su atractivo, bien merecen el esfuerzo que supone investigar en los archivos y escribir. Es una actividad en la que uno no repara cuando está inmerso en ella pero que absorbe como pocas, te aleja del presente en una especie de viaje por el tiempo y te permite vivir vidas que otros vivieron. Un trabajo apasionante.

 

Para ti, el que fuese hijo de María Josefa Alonso-Pimentel y Téllez-Girón le marcó enormemente.

Sin lugar a dudas. Su madre fue una mujer muy avanzada para su época, intelectual, gestora, administradora y mecenas de todo tipo de artistas. Nos suenan los nombres de sus protegidos más insignes —Francisco de Goya, Tomás de Iriarte, Luigi Boccherini…— pero su correspondencia personal, estudiada por la historiadora Carmen Muñoz Roca-Tallada, muestra una incansable labor de protección de artistas hasta el final de sus días. La lista de creadores con talento a los que ayudó sería interminable. En una época en la que la vida de los artistas dependía aún del favor de los poderosos, su muerte supuso la orfandad para muchos de ellos. La madre tuvo que ver en la configuración de la personalidad de Anglona, un individuo fuerte, seguro de sí mismo e inclinado a las artes. Fue, claramente, su preferido de los dos hijos varones que tuvo, creando en el mayor, Francisco de Borja —el heredero del ducado de Osuna—, una falta de autoestima que le acompañó de por vida y no facilitó la formación de un adulto bien equilibrado. Las muestras de esa predilección de la madre por el hijo menor, al que llamaba Perico, son bien claras desde el principio. Nadie se preocupaba por la psicología infantil a finales del siglo XVIII, y la madre de Anglona no fue una madre ejemplar en ese sentido. Esa clara predilección por Anglona y la subsiguiente disfuncionalidad emocional que produjo en su hijo mayor condicionó para mal el futuro de la casa de Osuna. Francisco de Borja casó, digamos que fue casado, con una mujer de muy alta alcurnia pero poco amante de atender a sus hijos, tanto que a la muerte del marido los dejó siendo niños al cuidado de su abuela en Madrid y volvió a su París natal, ciudad que prefería para vivir. Esos hijos, faltos del amor de la madre, fueron el undécimo duque de Osuna, muerto prematuramente y sin descendencia, y su hermano Mariano, persona célebre por sus excesos y de complicado mundo emocional. Los hijos de Anglona, sin embargo, fueron personas mucho más equilibradas.

 

¿Cuánto tiempo te ha llevado la redacción de este libro?

La redacción como tal me llevó año y medio, pero los trabajos previos han necesitado unos cuantos más. Al principio no me proponía escribir una obra larga sobre Anglona, solo conocerlo mejor. El libro ha sido consecuencia lógica de las lecturas y las visitas a los archivos, la culminación de un proceso de investigación llevado por la curiosidad y el interés por el pasado. Como se puede deducir de mis palabras, es un trabajo del que me siento orgulloso. No puedo decir lo mismo de todas mis obras.

 

¿Pagarías por poder conversar con la servidumbre de los duques?

Es una forma de hablar pero sí, daría lo que fuera por poderme trasladar a los cuartos donde vivían los sirvientes de los duques llamados de «escaleras abajo», los más humildes, para comprender qué sentían por sus señores. Parece claro que los historiadores, a lo largo de los siglos, han prestado mucha más atención a los poderosos, un porcentaje mínimo de la sociedad, y apenas han dedicado tiempo a la gran mayoría de las personas, aquellos que no eran reyes, duques o marqueses y sin los cuales estos no hubieran podido vivir de la ostentosa forma que lo hicieron. Todos aquellos servidores pasaron por el mundo sin apenas dejar huella —ni siquiera sabían escribir, no se les enseñaba— y sus testimonios son, por ello, inexistentes. Los palacios, los viajes, los lujos ducales estaban apoyados en los hombros de personas anónimas, mal pagadas y peor consideradas por los que ocupaban los estratos superiores de la sociedad. Un tipo de sociedad distinto al nuestro y al que no podemos juzgar con los valores actuales.

 

Militar destacado, director del Museo del Prado, gobernador de Cuba, perseguido por Fernando VII, padre de uno de los primeros fotógrafos artísticos… ¿Podría ser una vida digna de llevarse a la gran pantalla?

Por supuesto que sí. Su existencia fue muy movida en todos los sentidos, incluso el amoroso y desde muy joven. Ya hace tiempo que tengo imaginado cómo sería el comienzo de la película. Él, con el uniforme desarreglado, roto por algunos lugares, herido en un brazo, espera con un sable en la mano buena a que caiga la puerta que el pueblo amotinado intenta derribar. Su muerte parece segura. Justo entonces comienza a hacer memoria y aparece siendo niño en los jardines de El Capricho, en la Alameda de Osuna de Madrid, jugando con su hermano y sus hermanas mayores. Ese podía ser el principio, pero también podría ser cualquier otro. Todo es cuestión de sentarse, hablarlo y ponerse a trabajar. Los proyectos no salen adelante solos. Aquí hace falta un buen guion, y atractivo y razones existen de sobra.

 

Osuna también tiene su hueco en el libro. ¿Estuvo alguna vez aquí el príncipe de Anglona?

Unidades del ejército mandado por Anglona durante la Guerra de la Independencia participaron en el intento de recuperar Osuna de manos francesas en julio de 1812, pero vinieron a las órdenes de un subordinado suyo. Tampoco tengo pruebas de que estuviese aquí en 1834 con motivo del fallecimiento de su hija Cándida, enterrada en la Colegiata, aunque hallar constancia documental de su estancia en Osuna no ha sido una prioridad durante el proceso de investigación. De todas formas, es muy posible que sí estuviese, sobre todo a mediados de los años treinta, durante su mandato como Capitán General de Andalucía.

 

Planteas y sugieres nuevas líneas susceptibles de estudio, como por ejemplo la por ahora legendaria estancia en Rusia de Mariano Téllez-Girón, sobrino del príncipe de Anglona.

Ese es un problema que me ocupa hace años. Hemos basado nuestros conocimientos sobre la vida de Mariano Téllez-Girón en la lectura de Riesgo y ventura del duque de Osuna, de Antonio de Marichalar, y esta obra, como intento demostrar en un artículo que verá la luz en el número de este año de Cuadernos de los Amigos de los Museos de Osuna, está llena de tergiversaciones de la realidad. Es más una ficción histórica, una biografía novelada, que una obra escrita con el propósito de conocer cómo fue realmente la vida de este duque. La lectura de sus despachos diplomáticos y de su correspondencia personal, accesible hoy día gracias a la digitalización de numerosos archivos, nos descubre una persona mucho más lúcida y menos tarambana de lo que nos han hecho creer, muy consciente de la importancia del papel que estaba jugando en la diplomacia europea. Eso, por supuesto, sin obviar los posibles problemas emocionales que pudiese tener y a los que me referí antes. Las cartas que escribía el egabrense Juan Valera, secretario de la legación diplomática en Rusia —en realidad solo lo fue durante unos meses y en un momento en el que dicha legación no tenía aún existencia oficial—, contenían un retrato caricaturesco del duque y, mediante su publicación en la prensa madrileña, contribuyeron al embrollo de la realidad, que aún, después de siglo y medio de los hechos, permanece velada.

 

El libro está editado por la Asociación Cultural Usûna e impreso desde antes de la pandemia. También es necesaria la implicación de la sociedad civil para impulsar la cultura, ¿verdad?

Esa implicación resulta imprescindible para que la cultura reciba el impulso que necesita. Los creadores —hoy día los llaman algunos «generadores de productos culturales», como si fuesen máquinas— necesitan apoyo privado: la cultura que se precie no puede estar mediatizada por las administraciones públicas. Estas solo van a promocionar autores afines a ellas ideológicamente y, en general, proyectos poco rompedores. Aquí puede venir a colación de nuevo la familia del príncipe de Anglona, en especial su madre. María Josefa Alonso-Pimentel protegió la carrera de artistas emergentes en los que nadie creía y apostó por vertientes creadoras arriesgadas, con poco apoyo del público en general. Son escasas las administraciones actuales, ya sean municipales, autonómicas o nacionales, que favorezcan a autores de trayectoria independiente, y más en un momento en el que la llamada corrección política ha hecho un censor de cada uno de nosotros, atentos siempre a combatir la libertad de pensamiento y expresión. En cuanto a mi libro, El príncipe de Anglona y su época (1786-1851), fue apoyado desde el principio por la Asociación Cultural Usûna, en especial por sus miembros directivos, a los que estoy muy agradecido. La pandemia se cruzó en nuestro camino y los ejemplares han permanecido cerca de dos años ocultos en cajas. Por eso, para mí, estos momentos, muy esperados, son emocionantes. Antes de despedirme quiero agradecer también a El Pespunte la realización de la entrevista y el espacio que cada semana pone a disposición de mis textos. Muchísimas gracias.

 

Álvaro Reina

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