Elegía a Cristóbal Martín Fernández

¿Tú también, Cristóbal? ¿Sabes? Uno pude acostumbrarse a muchas cosas y aprender a sobrellevarlas. La vida nos mete en muchos líos de los que vamos saliendo de la manera que mejor entendemos o podemos, pero a lo que no consigue uno acostumbrase es a perder un amigo.

Hoy he sabido que te has marchado, y yo sin enterarme. Apenas hace una semana que hablamos y tú lo hacías con voz recia y y sonora, de manera que nada hacía presagiar que un mal viento te acechaba, como quien dice, a la vuelta de la esquina. O tal vez disimulabas, dando pasos sigilosos para que tu marcha pasase inadvertida, como para no molestar. Pero eso no vale. Al final uno se entera y se queda triste y con el moco caído.

Cristóbal, conmigo no tenías que fingir. Nuestra amistad fue franca y sincera. Recuerda que yo visitaba vuestra casa casi a diario donde compartíamos cosas de amigos. Yo envidiaba tu extraordinaria habilidad con el trazado de dibujos que te servían de base para los chistes de tu propia invención. También envidiaba el arte virtuoso con que manejabas la guitarra, de cuyas cuerdas sacabas hermosos acordes y notas que me dejaban pasmado a la vez que embelesado.

Fue nuestra amistad afectuosa y cordial, pero el destino condiciona nuestras vidas y él se coló entre tú y yo. A ti te empujó hacia un lado; a mí al opuesto, abriendo una brecha en forma de tiempo y espacio en donde un silencio opaco puso sordina a la comunicación durante decenios. Pero fue este mismo tiempo con sus avances tecnológicos el que trajo el remedio, con electrones y «bites», para restablecer una comunicación largamente pausada.

Amigo Cristóbal, ahora vuelve a abrirse otra brecha donde se instalará otro silencio aún más denso e impenetrable. Pero espera pacientemente que todo llega, y el tiempo, otra vez el tiempo, nos dará oportunidad de establecer nueva y definitiva comunicación.

10/04/2019

Antonio Palop Serrano

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