Reflexión y audio del 3er Domingo de Pascua, por D. Raúl Moreno

Incluye reflexión en audio y texto del párroco de La Victoria de Osuna

PRIMERA LECTURA
No era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 2, 14. 22-33

El día de Pentecostés Pedro, poniéndose en pie junto a los Once, levantó su voz y con toda solemnidad declaró: 
«Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras.
A Jesús el Nazareno, varón acreditado por Dios ante vosotros con los milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de él, como vosotros mismos sabéis, a este, entregado conforme al plan que Dios tenía establecido y previsto, lo matasteis, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos. Pero Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte, por cuanto no era posible que esta lo retuviera bajo su dominio, pues David dice, refiriéndose a él: 
«Veía siempre al Señor delante de mí, pues está a mi derecha para que no vacile. Por eso se me alegró el corazón, exultó mi lengua, y hasta mi carne descansará esperanzada. Porque no me abandonarás en el lugar de los muertos, ni dejarás que tu Santo experimente corrupción. Me has enseñado senderos de vida, me saciarás de gozo con tu rostro». 
Hermanos, permitidme hablaros con franqueza: el patriarca David murió y lo enterraron, y su sepulcro está entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como era profeta y sabía que Dios «le había jurado con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo», previéndolo, habló de la resurrección del Mesías cuando dijo que «no lo abandonará en el lugar de los muertos» y que «su carne no experimentará corrupción». A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. 
Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo».

Salmo responsorial
Señor, me enseñarás el sendero de la vida

Salmo 15, 1-2 y 5. 7-8. 9-10.11

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti. 
Yo digo al Señor: «Tú eres mi Dios».
El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,
mi suerte está en tu mano: 

Bendeciré al Señor que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente. 
Tengo siempre presente al Señor, 
con él a mi derecha no vacilaré. 

Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa esperanzada. 
Porque no me abandonarás en la región de los muertos
ni dejarás a tu fiel ver la corrupción. 

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha.

SEGUNDA LECTURA
Fuisteis liberados con una sangre preciosa, como la de un cordero sin mancha, Cristo

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 1, 17-21

Queridos hermanos:
Puesto que podéis llamar Padre al que juzga imparcialmente según las obras de cada uno, comportaos con temor durante el tiempo de vuestra peregrinación, pues ya sabéis que fuisteis liberados de vuestra conducta inútil, heredada de vuestros padres, pero no con algo corruptible, con oro o plata, sino con una sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto y sin mancha, Cristo, previsto ya antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos por vosotros, que, por medio de él, creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que vuestra fe y vuestra esperanza estén puestas en Dios. 

EVANGELIO
Lo reconocieron al partir el pan

 Lectura del santo Evangelio según san Lucas 24, 13-35

Aquel mismo día, dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo:
«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».
Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:
«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».
Él les dijo:
«¿Qué?».
Ellos le contestaron:
«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».
Entonces él les dijo:
«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?». Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras. Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:
«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída». 
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista. Y se dijeron el uno al otro:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

REFLEXIÓN:

La muerte del Señor dejó a sus discípulos en una situación muy difícil de afrontar. Además del dolor por la pérdida de un amigo; del espanto por el modo en que murió; de la amargura por haberle dejado solo; los discípulos están consternados por el silencio de Dios y totalmente frustrados por no haberse cumplido sus esperanzas de que Jesús fuera el Mesías. 

En esta ocasión no vemos a los discípulos reunidos en una casa con las puertas cerradas por miedo a los judíos, sino a un par de ellos que caminan al aire libre, pero alejándose de Jerusalén; el lugar en el que todo acabó de forma tan violenta. No entienden lo que ha pasado. Después de haber oído las cosas que decía el Señor y de ver lo que era capaz de hacer, no se explican que haya podido morir de esa manera. No es posible que viniera de Dios y que muriera abandonado por Él. Esa forma de morir da la razón a quienes decían que era un pecador, y se la quita a quienes pensaban que había sido enviado por Dios. ¿Pero si era un pecador, como era capaz de hablar de esa manera y de hacer las cosas que hacía? Están muy confusos. No saben qué creer. 

La confusión interna que experimentan es tan grande que externamente son incapaces de reconocer a Jesús aunque lo tuvieran delante. Lo toman por un forastero despistado y le explican lo que ha pasado. Describen a Jesús como un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante el pueblo; no le reconocen como Mesías, ni como Hijo de Dios, porque es imposible que alguien tan importante pueda morir de ese modo. Reconocen su profunda decepción porque Jesús no fuera el liberador de Israel que ellos esperaban. 

También le cuentan el testimonio de las mujeres que vieron el sepulcro vacío y a unos ángeles que anunciaban que estaba vivo, pero eso en vez de alegrarles les ha sobresaltado. A estos discípulos les pasa lo mismo que a Tomás; si no lo ven por ellos mismos, no creen. Por eso abandonan al resto del grupo y se marchan de Jerusalén. Ya se acabó todo; no hay nadie a quien seguir. Lo que toca es disgregarse y que cada uno se vaya a su casa a seguir con su vida. 

Hay muchas cosas en la vida que solo conseguimos entender cuando crecemos, maduramos y la experiencia nos va abriendo los ojos a la realidad. Cuando somos pequeños no entendemos muchas cosas que nos dicen los adultos. Cuando nos dicen, por ejemplo, que es muy importante estudiar para nuestro futuro, comprendemos el significado de las palabras, pero no estamos capacitados para entender la importancia y el valor que tienen. Eso es algo que descubrimos más tarde, cuando tenemos que hacer frente a la vida por nosotros mismos. 

Con la Palabra de Dios ocurre algo parecido. Hay pasajes de la biblia que, por mucho que oigamos o leamos, no entendemos bien hasta que no tenemos una determinada experiencia. A todos nos ha ocurrido que un texto que no nos decía nada o no nos llamaba especialmente la atención, se convierte, a la luz de una determinada experiencia o en una determinada situación, en un texto esencial para nuestra vida. También nos ha ocurrido que un determinado texto antes nos decía una cosa, y con los años nos dice otra. Las palabras siguen siendo las mismas, pero la experiencia de nuestra vida nos hace vivirlas de forma distinta. 

Algo así debió ocurrirles a los discípulos de Emaús. Cuando el Señor les explica las escrituras, les hace ver todo lo que en ellas hacía referencia a Él y a lo que le ocurrió. Cuando los discípulos, ayudados por el Señor, releen las escrituras a la luz de la experiencia que han tenido y de lo que han vivido con Él, sus corazones arden porque descubren el verdadero significado que tenían; porque se dan cuenta de que todas las piezas del puzle que intentaban completar encajan perfectamente. Entienden sus palabras, sus obras, su pasión y su muerte. Dios no estaba guardando silencio. Estaba hablando; y lo hacía como nadie más que Él puede hacerlo; diciendo lo que sólo Él tiene poder para decir. 

Al atardecer, le piden al Señor que se quede con ellos. Vuelven a revivir la última cena. El Señor bendice el pan, lo parte y se lo da; y ellos le reconocieron al partir el pan. La confusión que tenían y que les impedía reconocer al Señor, desaparece. De forma inmediata se vuelven a Jerusalén, que ya no es el lugar donde todo acabó trágicamente, sino el lugar donde Dios manifestó su gloria. Vuelven a reunirse con el resto de los discípulos, que ya no es grupo de personas deprimidas y atemorizadas, sino una comunidad exultante de alegría porque también se han encontrado con el Señor. 

Desde entonces hasta hoy se repite esta escena que hemos contemplado, cada vez que celebramos la Eucaristía. Leemos la Palabra de Dios, la meditamos, bendecimos el pan, lo partimos y lo comulgamos. La Eucaristía es uno de esos lugares privilegiados en el que podemos encontrarnos con el Resucitado. Donde podemos vivir la experiencia de que nuestro corazón se acelere al oír su voz; donde podemos vivir la experiencia de que todo nuestro ser se llene de alegría al reconocer su presencia.

El valor de la palabra de Dios se da cuando cala en el corazón como nos deja entrever este texto. Pero si nosotros estamos atentos y aprovechamos los distintos medios por donde nos llama el Señor. Es a lo que estamos siendo llamados en este tiempo de dificultad en el que nos encontramos. No nos dejemos engañar pensando en la vaciedad y el abandono. Todo lo contrario, sintamos como el Señor se nos hace el encontradizo y que se queda contigo para partir el pan de tu vida.

María se convierte en la estancia que prepara Dios para que todos nos sintamos acogidos por su amor: María, casa de oro.

Y la pregunta de hoy sería: ¿me he cansado de ver y buscar a Dios? ¿me cansa usar los medios que me pone para sentir que me acompaña? ¿qué medios hacen que arda también mi corazón?

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