REFLEXIÓN DE LA FIESTA DE SAN JOSÉ, POR D. ANTONIO RAÚL MORENO

El párroco de La Victoria nos sumerge bajo la conciencia de una nueva Cuaresma

SOLEMNIDAD DE SAN JOSÉ

REFLEXIÓN

San José es una de esas personas que pasan desapercibidas por su humildad, pero cuya bondad les imprime una grandeza que la historia no puede dejar pasar por alto. No sabemos mucho de él. Apenas se le menciona en la Biblia. Debemos suponer que es un hombre honesto con un trabajo sencillo, que no busca otra cosa que ganarse la vida honradamente y formar su familia. Su fe en Dios y su disponibilidad para hacer lo que le pide, no se improvisan. Está claro que es una persona piadosa, que trata de vivir conforme a los mandamientos de Dios, y que está dispuesta en todo momento a cumplir su voluntad. De otro modo, no se explica la manera en que hace frente a la situación que le toca vivir.

No es necesario especular mucho respecto a lo que pensaría San José cuando supo lo del embarazo de María. Pensaría que la mujer con la que estaba desposado, le había traicionado; le había sido infiel; había cometido adulterio. Estaría profundamente decepcionado, dolido y conmocionado. Todos sus planes de vivir con ella y formar una familia, quedaban desbaratados. En un ataque de ira por ese desprecio de su mujer, podía haber seguido la tradición de arrastrarla hasta la casa de sus padres, para devolverla como si fuera una mercancía defectuosa, y denunciándola públicamente por su pecado, haber promovido su lapidación hasta la muerte. Sin embargo, en su corazón lleno de bondad, no cabe el deseo de hacerle ningún daño a María, y decide repudiarla en secreto.

San José renuncia a María y a su proyecto de formar una familia con ella. Tal vez pensó que, algún día, encontraría a otra mujer con la que pudiera llevar a cabo ese mismo proyecto. Sin embargo, esto deja a María y al niño que lleva en su vientre, en una situación muy difícil y peligrosa. Dios le necesita y le va a pedir que le encubra; que sea su cómplice respecto a sus planes. Dios le pide que acepte a María como su esposa, y que finja ser el padre de su Hijo, acogiéndolo, protegiéndolo y educándolo como si fuera suyo. San José cree, confía y acepta la misión que Dios le encomienda de forma inmediata. Podía haberse negado; podía haber pedido explicaciones; podía haberse quejado de que se le pidiera algo así; pero ama a Dios sobre todas las cosas, y no duda en colaborar con sus planes.

San José es testigo privilegiado de uno de los principales misterios de nuestra fe: la encarnación del Hijo de Dios. Asistirá a su nacimiento y contemplará con asombro la grandeza y omnipotencia de Dios en la fragilidad de un recién nacido. Le verá crecer, dar sus primeros pasos, decir sus primeras palabras, y se quedará maravillado ante el hecho de tener delante de sus ojos, a aquel de quien se le dijo que venía para salvar a su pueblo de sus pecados. Ante una revelación así, San José sabe quedarse en un segundo plano; no busca ningún protagonismo ni reconocimiento. Lo importante es que se cumpla la voluntad de Dios, y que su Hijo pueda anunciar a todo el mundo su mensaje de salvación.

No sabemos cuándo ni cómo se produjo la muerte de San José. Pero de una persona así, no es ningún riesgo asegurar que, mientras vivió, trató de cumplir con la tarea que Dios le encomendó de la mejor forma posible, y que Jesús le quiso entrañablemente como se quiere a un padre bueno. Por su parte, María tenía en él a su confidente. Sólo con él podía hablar de este misterio que les tocó vivir en primera persona. Sólo él podía entenderla y apoyarla. Por eso, tampoco creo que sea ninguna temeridad afirmar que María también le quiso como se quiere a un esposo fiel, y que, gracias a su apoyo y protección, le fue más llevadera la tarea de ser la Madre del Hijo de Dios.

Si comparamos la vida de San José con la de otros santos, podría parecer que no hizo nada extraordinario o digno de ser resaltado. No tenemos noticias de que, durante su vida, realizara algún milagro, diera grandes discursos, o tuviera miles de seguidores. Ciertamente no ha pasado a la historia por ninguna de esas cosas. Si hoy le recordamos y nos fijamos en su vida, es por haber sido la primera persona en la que Dios confió, después de María, para llevar a cabo su plan de salvación; por haber creído, sin dudarlo, en ese descabellado mensaje de que su mujer estaba embarazada por obra del Espíritu Santo; por realizar su importantísima tarea de forma sencilla y callada, renunciando a sus proyectos personales para realizar el que Dios le propuso.

Paradójicamente, la aportación de San José al plan salvífico de Dios no fue confesar que Jesús era el Mesías, el Hijo de Dios, y dar testimonio de su fe en Él a todo el mundo, sino todo lo contrario: ocultar su origen y naturaleza; guardar en su corazón, como María, ese secreto que Dios le confió, para cumplir su voluntad de crecer y ser como uno cualquiera de nosotros, hasta que decidiera revelarse y comenzar su vida pública.

SEGUNDA REFLEXION

A muchos padres y madres les gusta contar anécdotas de cuando sus hijos eran pequeños. Son historias que recuerdan con mucho cariño y que no se cansan de repetir cuando encuentran la ocasión propicia. En el evangelio de Lucas contemplamos la conocida escena de Jesús, perdido y hallado en el templo. El evangelista nos la cuenta como una anécdota sobre la infancia del Señor, tal vez por llenar el tremendo vacío que tenemos respecto de esa etapa de su vida.

No sabemos nada de la infancia y la juventud del Señor. Lucas nos lo muestra como un niño normal y corriente, que, junto con su familia, sigue las tradiciones de su pueblo, acudiendo a Jerusalén por la fiesta de Pascua. Pero al evangelista le cuesta trabajo creer que el Señor pasara desapercibido durante tantos años, y nos lo sitúa en medio de los maestros del templo, llamando la atención por su talento. Otra cosa que a Lucas le parece importante dejar claro, es que el Señor, ya desde niño, era consciente de su procedencia y de su destino: “¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?”

Lucas nos dice que Jesús tenía doce años. Ya no era un niño; era un adolescente. Pero hasta los trece años no tenía la obligación de cumplir la Torá ni de peregrinar a Jerusalén. Esta referencia al número doce, nos hace pensar inevitablemente en las doce tribus de Israel y en los doce apóstoles; es decir, en el antiguo pueblo de Israel y en el nuevo pueblo de Israel. Tal vez Lucas quería señalar que Jesús es el nexo de unión entre la antigua y la nueva alianza de Dios. También se nos dice que Jesús no se reencontró con sus padres hasta pasados tres días, y esto nos trae a la cabeza el acontecimiento de su resurrección, que también tuvo lugar en Jerusalén. Parece algo casual, pero el hecho de que en este relato aparezca Jerusalén, la fiesta de Pascua, el templo, el número doce, los tres días, nos traslada sin querer al acontecimiento de la Pascua del Señor; al paso del Señor entre nosotros; a su pasión, muerte y resurrección.

Este texto de Lucas también tiene otra singularidad: es uno de los pocos textos del Evangelio en el que se hace referencia a San José, cuya solemnidad celebramos hoy. Ni siquiera se menciona su nombre. Es un padre escrito en minúsculas, que queda totalmente empequeñecido junto al Padre escrito en mayúsculas. Pero no nos olvidemos de que ese Padre escrito con mayúsculas, se sirvió del padre escrito en minúsculas, para llevar a cabo sus planes de salvación. A este padre escrito en minúsculas, le fue encomendada una tarea mayúscula, y por eso es justo que hoy, toda la Iglesia, se fije en su ejemplo, y le dé gracias por el testimonio de su vida.

San José le proporcionó a la Virgen María un hogar y la mantuvo con el fruto de su trabajo. En aquel tiempo, las mujeres estaban totalmente supeditadas a los hombres. Ninguna mujer podía sobrevivir sin un hombre que la mantuviera. La que no dependía de su padre, dependía de su marido, de su hijo o de algún otro pariente que quisiera acogerla. Una mujer que se quedara viuda sin tener hijos ni otros parientes era una mujer condenada a vivir de la limosna, y en la más absoluta pobreza. Se dice muy deprisa, pero si lo pensamos detenidamente, lo que afirmamos es que, la mismísima Madre de Dios, dependió para vivir, del trabajo de un sencillo artesano.

San José le salvó la vida a la Virgen María. No estamos exagerando. En aquella época, si una mujer comprometida se quedaba embarazada, era lapidada por adulterio. San José tenía derecho a repudiar a la Virgen María cuando se enteró de que estaba embarazada, y una vez que ese embarazo se hubiera hecho público, su destino no habría sido otro que el de morir apedreada, conforme a la ley. Al aceptarla como su esposa, no solo le salvó la vida a ella, sino que también le salvó la vida a la criatura que llevaba en su vientre. Si volvemos a pensar detenidamente sobre esto, nos damos cuenta de que San José, tuvo en sus manos la vida del mismísimo Hijo de Dios.

Hoy celebramos la vida de un hombre sencillo, que a los ojos de sus contemporáneos no hizo nada extraordinario; tan solo ser un buen esposo, un buen padre, y ganarse honestamente la vida con su trabajo. Pero para Dios fue una pieza clave para poder llevar a cabo su plan de salvación, porque María no habría podido hacer nada sin José. Tampoco nosotros tenemos que hacer nada extraordinario para contribuir con los planes de Dios. De San José aprendemos que Dios elige a los pequeños para hacer tareas grandes.

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