Luis Rebolo: «Un juicio de amor»

La inteligencia emocional ha puesto de manifiesto la importancia de la empatía entre las personas para mejorar el trabajo en equipo y para la creación de unas relaciones más humanas y sólidas, capaces de reportar mayores cotas de felicidad. Esa empatía podría definirse como la capacidad para ponernos en los zapatos de los demás.

Pero la neurociencia ha descubierto algo asombroso: la compasión.

La compasión no sólo es querer entender al otro, sino vivir la pasión de los demás, sentir con ellos y tener el compromiso de aliviar sus sufrimientos. Los neurólogos, psicólogos y psiquiatras coinciden en afirmar que la empatía y la compasión activan circuitos cerebrales diferentes. La compasión pertenece a un estadio superior que va de dos manos entrañables: la amabilidad y la ternura.

La compasión, la amabilidad y la ternura hacen que mejoren nuestro bienestar emocional, nuestra salud y hasta nuestros resultados académicos o laborales. Ellas contribuyen a que la mente sienta calma y disminuya el estrés, la ansiedad y la depresión. Además, activan la zona motora del cerebro, ésa que te capacita para no cruzarte de brazos, sino para moverte y aliviar el sufrimiento de quienes te rodean.

Cultivar la compasión es mucho más eficaz que vivir centrado en uno mismo, porque esa compasión es la llave de la felicidad y te da acceso a los circuitos neuronales que pueden cambiar tu día a día y darle la vuelta a tu vida.

En definitiva, la ciencia hoy está en condiciones de afirmar con rotundidad que la compasión es la base de un cerebro sano. ¡Todo funciona mejor cuando somos buenos!

Cuando Jesús define al Padre afirma que es “compasivo”, y nos dice “sed compasivos como vuestro Padre es compasivo” (Lc 6, 36). Por eso considera que los misericordiosos son unos verdaderos bienaventurados (cfr. Mt 5, 7). Pero, ¿cuándo encontrarán misericordia? Pues siempre, pero especialmente el día del juicio final. El juicio de todas las naciones será un juicio sobre el amor que hay en cada uno. Para eso hemos sido creados, para amar. Lo dice la ciencia: el hombre es cooperativo de modo innato. El último día se nos preguntará, sencillamente, qué hicimos con tanto amor como somos capaces de dar.

Jesús nos enseña que ese juicio será solemne, pero simple. Dios se sentará en el trono del juez de la historia. Eso sí, tú no lo verás lleno de gloria y majestad. ¿Sabes a quién verás? Verás al mendigo alcohólico que pedía en tu puerta un día a la semana; verás que la cara de Dios es la de esa ancianita que vive sola en el piso de al lado; verás el rostro de tu madre enferma a la que cuidaste tantos años; verás que la cara de Dios es la del compañero de trabajo que no se integra, la del chico drogodependiente al que todos juzgan, la del niño que recoge cartones y chatarra con sus papás… y entonces Dios te dirá: “A mí, no te equivoques, a mí me lo hiciste”.

Por eso, acaricia con tus palabras, bendice con tus pensamientos, sé amable con tus gestos, llena tus manos de ternura y abre tus brazos cuanto puedas. Detrás del mal olor, de las apariencias, de las diferencias o de los insultos está Dios, el Dios del amor que te hizo para amar y que esta semana te pregunta: “¿Y tú, cómo andas de amor?”

Luis Rebolo

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