Luis Rebolo: “Dios y el miedo”

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El miedo es una dimensión natural del ser humano que juega un importante papel de cara a la propia supervivencia. Los miedos infantiles dan paso a otros temores más o menos fundados en la realidad, ante los que debemos aprender a posicionarnos: unas veces, superándolos; otras, adquiriendo una mayor prudencia.

Generalmente el miedo habita en la frontera de nuestra zona de confort. Cuando te planteas salir de ahí, el miedo tira de tu propia hemeroteca y te razona concienzudamente por qué nada debe cambiar ni tiene sentido arriesgarse. Pero, en realidad, detrás del miedo está la vida. Cuando superas la barrera del miedo es cuando realmente puedes aprender algo nuevo: sensaciones, experiencias, hábitos, puntos de vista, culturas… Hay gente que se apasiona con este paso y hay gente que lo consideran una provocación. De hecho, el poder siempre encuentra en la zona de confort su zona de control, por eso utiliza el miedo y el castigo con aquellos que no temen superar las barreras.

El miedo es también el verdugo de la creatividad. Nuestros patrones mentales, esquemas sociales, ideario colectivo… todo eso nos ancla en una forma de ver el mundo y de entender la vida que no se abre a la novedad. Pero lo nuevo no se encuentra en ningún camino ya transitado ni en ninguna costa cartografiada.

El miedo, por último, puede derivar en una forma de angustia existencial que nos impide encontrar el sentido a nuestras vidas, arrastrándonos al nihilismo y a una desesperación muchas veces alimentada por las circunstancias trágicas que hayamos padecido.
Dios, en cambio, visita siempre al mundo con un mensaje que disipa todos los temores: “No temas”. Ese es el saludo de todas las manifestaciones divinas en La Biblia. “No tengas miedo”. Y esa fue también la invitación con la que San Juan Pablo II abrió su pontificado: “No tengáis miedo”. El miedo es lo contrario del amor.

Quien ama a Dios no tiene miedo. Dice San Juan en su primera carta que “en el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor, porque el temor tiene que ver con el castigo, y el que teme no ha aprendido a amar perfectamente” (1 Jn 4, 18).
Un Dios que castiga ha sido siempre un perfecto aliado del poder. Un Dios que disipa los miedos ha sido siempre un perfecto aliado del cambio. El poder quiere ocupar espacios; el amor quiere generar procesos. El poder teme ser desalojado; pero el amor no teme, sólo crea, recrea y hace nuevas todas las cosas.

Cuando repartieron los talentos, todos se pusieron a invertir, a arriesgar, menos el que tenía una imagen equivocada de Dios. Éste dijo: “Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces; tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra”. Pero el Señor no es así, no es un Dios exigente que siega donde no siembra. ¡Todo lo contrario! Esa era la triste imagen que tenían los fariseos. Era la enseñanza con la que las autoridades religiosas sometían al pueblo.

Dios nos da la libertad propia de sus hijos: ciudadanos que aman y no temen, que se relacionan con lo nuevo como con un desafío a la inteligencia y una oportunidad de crecimiento.

El miedo da más miedo que lo que hay detrás, porque lo que hay detrás no significa perder lo que tenías, sino añadir, crecer y dilatar el horizonte de tu propia autoconciencia. En la literatura universal y en el cine los grandes tesoros siempre están custodiados por seres terribles y monstruosos. Y es que, cuando superamos nuestros miedos, pagamos el precio que nos da acceso a una vida mejor, más reconciliada y sabia. Por eso, ¡sí, arriésgate!

Al Papa Francisco le gusta repetir una frase del que fue Prepósito General de los jesuitas, el padre Pedro Arrupe: “Más vale correr el riesgo de equivocarse que cometer la equivocación de no arriesgarse”. Pues sí, es cierto. Con un Dios como el nuestro, te lo puedes permitir.

Luis Rebolo

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