Evangelio y Reflexión del VI Domingo de Pascua, por D. Raúl Moreno

Le pediré al Padre que os dé otro Paráclito

PRIMERA LECTURA
Les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 8, 5-8. 14-17

En aquellos días, Felipe bajó a la ciudad de Samaría y les predicaba a Cristo. 
El gentío unánimemente escuchaba con atención lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía, y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. 
La ciudad se llenó de alegría. 
Cuando los apóstoles, que estaban en Jerusalén, se enteraron de que Samaría había recibido la palabra de Dios, enviaron a Pedro y a Juan; ellos bajaron hasta allí y oraron por ellos, para que recibieran el Espíritu Santo; pues aún no había bajado sobre ninguno; estaban solo bautizados en el nombre del Señor Jesús. 
Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo. 

Salmo responsorial
Aclamad al Señor, tierra entera

Salmo 65, 1b-3a. 4-5. 16 y 20

Aclamad al Señor, tierra entera; 
tocad en honor de su nombre,
cantad himnos a su gloria. 
Decid a Dios: «¡Qué temibles son tus obras!». 

Que se postre ante ti la tierra entera,
que toquen en tu honor,
que toquen para tu nombre.
Venid a ver las obras de Dios,
sus temibles proezas en favor de los hombres. 

Transformó el mar en tierra firme,
a pie atravesaron el río.
Alegrémonos en él. 
Con su poder gobierna eternamente.

Los que teméis a Dios, venid a escuchar,
os contaré lo que ha hecho conmigo: 
Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica
ni me retiró su favor.

SEGUNDA LECTURA
Muerto en la carne pero vivificado en el Espíritu

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 3, 15-18

Queridos hermanos:
Glorificad a Cristo el Señor en vuestros corazones, dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza, pero con delicadeza y con respeto, teniendo buena conciencia, para que, cuando os calumnien, queden en ridículo los que atentan contra vuestra buena conducta en Cristo. 
Pues es mejor sufrir haciendo el bien, si así lo quiere Dios, que sufrir haciendo el mal. 
Porque también Cristo sufrió su pasión, de una vez para siempre, por los pecados, el justo por los injustos, para conduciros a Dios. Muerto en la carne pero vivificado en el Espíritu. 

EVANGELIO
Le pediré al Padre que os dé otro Paráclito

 Lectura del santo Evangelio según san Juan 14, 15-21

En aquel tiempo, dijo Jesús sus discípulos:
«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. 
El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros. 
No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. 
Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. 
El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él».

REFLEXIÓN

Los sentimientos que tenemos hacia una persona condicionan nuestro modo de comportarnos con ella. No actuamos del mismo modo con una persona a la que queremos que con una persona que no nos cae bien; con una persona amiga que con una desconocida; con un jefe que con un compañero; etc. Nuestra relación con Dios también está condicionada por los sentimientos que tengamos hacia Él, y los sentimientos que tenemos hacia Dios, dependen de la imagen que tengamos de Él. 

Hay quienes ven a Dios como un ser inflexible que está deseando castigarnos y enviarnos al infierno. Estas personas intentan cumplir los mandamientos por temor al castigo. Mantienen con Dios una relación basada en el miedo. Otras personas ven a Dios como alguien ante quien hay que hacer muchos méritos y portarse muy bien para conseguir el premio de salvarse y entrar en el cielo. Estas personas intentan cumplir los mandamientos como objetivos en sí mismos; como metas que si consigues te entregan una medalla. Mantienen con Dios una relación basada en el cumplimiento. Finalmente, aunque la lista podría ser más larga, están las personas que ven a Dios como alguien que no se mete en nuestros asuntos, que nos deja hacer lo que nos parezca, y que deja la puerta del cielo abierta para todo el que quiera entrar. Estas personas mantienen con Dios una relación de compadreo; de colegas. 

No creo que ninguna de estas imágenes de Dios sea correcta, y por tanto, que el modo en que se establece la relación con Él sea la apropiada. No creo que a Dios haya que tenerle miedo; no creo que a Dios haya que comprarle con buenas acciones; no creo que a Dios haya que faltarle el respeto. Si queremos saber cuál es la verdadera imagen de Dios, y como debe ser nuestra relación con Él, no tenemos más que contemplar a Jesús. Él es el verdadero rostro de Dios. En sus acciones y palabras nos muestra cómo es el Padre, y cómo debe ser nuestra relación con Él. 

En este pasaje del Evangelio el Señor nos dice: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos». Eso significa que Dios quiere establecer con nosotros una relación basada en el amor; no en el miedo, ni en el cumplimiento, ni tampoco en el compadreo. Significa que solo si le amamos estaremos guardando sus mandamientos; que solo guardamos sus mandamientos cuando le amamos. Amar es el mandamiento. Amando se cumplen todos los mandamientos. Cumplir mandamientos sin amor, es obedecer órdenes, ejecutar directrices, seguir instrucciones, o como queramos llamarlo, pero no es guardar sus mandamientos. 

Los mandamientos hay que cumplirlos por amor. Porque se trata de establecer una relación de amor. Quienes cumplen los mandamientos por miedo a un castigo, no están guardando sus mandamientos, porque no aman a Dios; le temen. No actúan así por amor a Dios, sino por miedo a su castigo. Quienes cumplen los mandamientos para hacer méritos no están tampoco guardando sus mandamientos, porque no aman a Dios; sólo les interesa conseguir el premio. Quienes tratan a Dios como a un colega, y descuidan el cumplimiento de sus mandamientos, tampoco están guardando sus mandamientos; están abusando de su misericordia. No se ama a quien no se respeta. 

Así pues, Dios quiere establecer con nosotros una relación de amor. Esto no podemos verlo de otro modo que como una invitación; no es una obligación, ni una imposición, ni una orden, porque no puedes obligar a una persona a que te quiera. Durante su vida pública el Señor pasó la mayor parte de su tiempo entre enfermos y pecadores, para mostrarles el rostro misericordioso de Dios. De este modo conquistó muchos corazones. No iba reclutando seguidores, ni amenazando a quienes optaban por no seguirle. Todos somos libres para escoger, pero también tenemos que asumir las consecuencias de nuestras elecciones. 

Guardar los mandamientos del Señor es relacionarse con Dios, con los demás y con la vida como Él lo hizo. Los mandamientos no son un conjunto de normas que hay que cumplir para evitar la condenación, porque el Señor no fue enviado para condenar sino para salvar. Los mandamientos no son un conjunto de méritos que hay que alcanzar para obtener la salvación, porque la salvación es gratis. Los mandamientos no son tampoco un manual de instrucciones que no hace falta leer y se guardan en un cajón, porque precisamente cuando se desprecian es cuando peor le va al mundo. Cuando se desprecia a Dios, cuando se desprecia la vida humana y los demás derechos fundamentales, cuando se desprecia la justicia, la paz, la verdad, la solidaridad, etc., nos condenamos a una existencia insoportable y deprimente. 

Dios quiere que nuestra relación con Él esté fundamentada en el amor. Esta relación de amor con Dios es la única capaz de colmar hasta su plenitud las ansias de felicidad de todo ser humano. Guardando sus mandamientos de corazón y por amor a Él, podemos llegar a esa plenitud que ansiamos. Guardar los mandamientos es corresponder con amor a Aquel que sabemos nos ama.

Para ello quizás debemos mirar a María, madre del amor hermoso, puesto que haciéndose recipiente de la gracia queda transformada en fuente de dicho amor. Por lo cual nos preguntamos ¿cuál es la prioridad de mi vida cuando sirvo a los demás? ¿figuro yo y mi egoísmo o más bien es siempre el tu del otro?

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