Evangelio y Reflexión del IV Domingo de Pascua, por D. Raúl Moreno

El párroco de la Victoria adjunta un audio sobre «El Corazón del Buen Pastor»

PRIMERA LECTURA
Dios lo ha constituido Señor y Mesías

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 2, 14a. 36-41

El día de Pentecostés Pedro, poniéndose en pie junto a los Once, levantó su voz y declaró: 
«Con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías».
Al oír esto, se les traspasó el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: 
«¿Qué tenemos que hacer, hermanos?» 
Pedro les contestó: 
«Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos, y para los que están lejos, para cuantos llamare a sí el Señor Dios nuestro».
Con estas y otras muchas razones dio testimonio y los exhortaba diciendo: 
«Salvaos de esta generación perversa».
Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas tres mil personas. 

Salmo responsorial
El Señor es mi pastor, nada me falta

Salmo 22, 1b-3a. 3b-4. 5. 6

El Señor es mi pastor, nada me falta: 
en verdes praderas me hace recostar; 
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. 

Me guía por el sendero justo, 
por el honor de su nombre. 
Aunque camine por cañadas oscuras, 
nada temo, porque tú vas conmigo: 
tu vara y tu cayado me sosiegan. 

Preparas una mesa ante mí, 
enfrente de mis enemigos; 
me unges la cabeza con perfume, 
y mi copa rebosa. 

Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida, 
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. 

SEGUNDA LECTURA
Os habéis convertido al pastor de vuestras almas 

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 2, 20-25

Queridos hermanos:
Que aguantéis cuando sufrís por hacer el bien, 
eso es una gracia de parte de Dios. 
Pues para esto habéis sido llamados, 
porque también Cristo padeció por vosotros, 
dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas. 
Él no cometió pecado
ni encontraron engaño en su boca. 
Él no devolvía el insulto cuando lo insultaban; 
sufriendo no profería amenazas; 
sino que se entregaba al que juzga rectamente. 
Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, 
para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia. 
Con sus heridas fuisteis curados. 
Pues andabais errantes como ovejas, 
pero ahora os habéis convertido
al pastor y guardián de vuestras almas. 

EVANGELIO
Yo soy la puerta de las ovejas

 Lectura del santo Evangelio según san Juan 10, 1-10

En aquel tiempo, dijo Jesús: 
«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús: 
«En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».

REFLEXIÓN:

La experiencia de encuentro con el resucitado, que en estos días celebramos y contemplamos, es la que da origen al nacimiento de la Iglesia. Los discípulos del Señor difunden y extienden por todas partes el Evangelio, dando lugar al nacimiento de nuevas comunidades cristianas por todo el mundo. Esta expansión de nuestra fe no estuvo exenta de dificultades y obstáculos, no sólo por las persecuciones y martirios de muchos cristianos, sino por quienes desde dentro, desde la propia Iglesia, actuaban con malas intenciones y buscaban el beneficio propio. 

En este pasaje encontramos una advertencia del Señor respecto a esas personas. Como siempre, usa un ejemplo muy sencillo para que todo el mundo lo entienda. Compara la actitud de un pastor con la de un ladrón. Dice que el ladrón no usa la puerta para entrar en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otro lado; no actúa abiertamente, sino a escondidas; no se le ve venir de frente, sino que se cuela por donde menos se le espera; se oculta para que sus intenciones no sean descubiertas. El ladrón no busca el bien de las ovejas, sino aprovecharse de ellas; viene para llevarse lo que no es suyo; no le importa la vida de las ovejas, sino el beneficio que puede sacar de ellas. 

El pastor, en cambio, entra por la puerta; el guarda le deja pasar; actúa abiertamente y sin esconderse; no alberga malas intenciones; no tiene por qué ocultarse. El pastor piensa en lo mejor para sus ovejas. Se pone delante de ellas para conducirlas por caminos seguros a donde están los mejores pastos para comer; a donde tienen agua abundante y limpia para beber; a donde pueden moverse tranquilas. La vida del pastor son sus ovejas. Vive para cuidar de ellas. Mantiene al rebaño unido, y conoce a cada una por su nombre. Sabe cómo es cada una de ellas individualmente. 

En las distintas diócesis, congregaciones, institutos, parroquias, comunidades, asociaciones, grupos, o cualquier otra forma de organización bajo la cual nos reunamos mujeres, hombres, religiosos, religiosas, monjas, monjes, sacerdotes, diáconos, obispos, cardenales, o lo que quiera que seamos, podemos distinguir estas dos actitudes: la de los pastores y la de los ladrones. Donde haya unidad, paz, entendimiento, aceptación, crecimiento, etc., y se puedan satisfacer de forma ordinaria las necesidades espirituales básicas de cualquier creyente, seguro que hay un pastor que se está preocupando por facilitar todo eso. Donde haya división, críticas, autoritarismo, enfrentamientos, intolerancia, exclusión, prejuicios, dispersión, etc., y no se pueda vivir en paz ni satisfacer ni siquiera mínimamente la necesidad de Dios, seguramente habrá un ladrón que no es capaz de pensar en nadie que no sea él mismo, y al que le importan muy poco los demás, de quienes no pretende otra cosa que aprovecharse de algún modo. De este tipo de personas es de las que el Señor trata de advertirnos con este ejemplo. 

El Señor no dice que sea el pastor; ni siquiera dice que sea el guarda; dice que es la puerta: «Yo soy la puerta de las ovejas». La puerta es la abertura a través de la cual accedemos al interior de un recinto o salimos de él. Así pues, podemos definir al pastor, como aquel que entra en el recinto a través del Señor. Aquel que acepta al Señor; anuncia su palabra; se identifica con Él; hace suya su tarea; intenta vivir como Él; tiene sus mismas actitudes respecto a los demás; etc. En cambio, es ladrón, el que no entra a través del Señor, sino con otros criterios, otras intenciones, otras actitudes, otras enseñanzas, etc. Quien entra a través del Señor, encuentra la salvación y transmite el mensaje de salvación; quien no entra a través del Señor, nos lleva a la perdición. 

Del mismo modo que las ovejas saben distinguir la voz de su pastor y desconfiar de los extraños, también nosotros sabemos distinguir de quien podemos fiarnos y de quien no. A veces, puede ocurrir, que dentro del aprisco nos encontremos al pastor y al ladrón; es decir, que se den las dos actitudes descritas anteriormente. Quienes buscan la unidad y quienes dividen; quienes buscan conciliar y quienes buscan enfrentar; quienes buscan el bien común y quienes buscan el bien propio; quienes transmiten paz y alegría y quienes transmiten desasosiego y amargura. Es fácil distinguir a unos de otros. Basta estar delante de ellos y enseguida nuestro corazón se llena de alguno de esos sentimientos que lo delata. 

Es fácil distinguir a los pastores de los ladrones entre los demás. Lo que no resulta tan fácil es reconocerse a sí mismo en el lado negativo del ejemplo, porque sabemos auto-justificarnos de muchas maneras; de convertir lo negro en blanco y lo blanco en negro, según nuestra conveniencia. Si queremos ser honestos con nosotros mismos, basta con observar sin miedo qué efecto es el que producimos a nuestro alrededor. Mis actitudes, mis palabras, mi presencia, ¿qué produce? ¿Cómo vivo de cara a los demás? ¿cómo es mi vida en acción frente al mundo?: unidad o división, paz o desasosiego, inclusión o exclusión, crecimiento o estancamiento, aceptación o intolerancia, perdón o rencor, etc. No juzguemos a los otros, o al menos, no lo hagamos sin habernos primero juzgado a nosotros mismos, para que la misericordia que nos gustaría que tuvieran con nosotros, la tengamos también con respecto a los demás.

Miremos a María que para nosotros hoy se convierte en la referente de empeño ante el trabajo por guiar a las ovejas. Mujer que se hace uno con el pastor y que sin aparecer mucho asume el cuidado del trabajo de su pastor. Se hace María, guía y a la vez se deja guiar por el sumo Pastor.

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