Evangelio y Reflexión del quinto domingo de Cuaresma, por D. Antonio Raúl Moreno

  • Lectura del santo Evangelio según san Juan 11, 1-45

A las puertas de nuestra semana grande, y casi cansados de este tiempo pero contentos por lo que nos espera, nos ponemos delante de estas lecturas del domingo V de cuaresma preguntándonos: ¿Cómo nos sentiríamos si alguien nos dijera que Dios no es como pensamos; que no es cómo nos lo enseñaron; que no hemos interpretado bien sus mandamientos; que no estamos cumpliendo su ley correctamente; que no le gusta nuestro modo de comportarnos, y que ni siquiera nuestras oraciones le agradan? 

Si eso nos lo dijera una voz del cielo, una zarza ardiendo o un ángel, no tendríamos más remedio que creerlo. Sería, sin duda, un golpe muy duro que nos costaría mucho sufrimiento aceptar. Luego, poco a poco, trataríamos de ver en qué estábamos equivocados, y de actuar de otro modo que sí agradara a Dios. Porque somos personas religiosas; somos personas que queremos a Dios y queremos cumplir su voluntad.

¿Qué ocurriría si eso nos lo dijera alguien de carne y hueso como nosotros? Pues, seguramente, nos sentiríamos ofendidos. Nos pondríamos a la defensiva y le diríamos que el equivocado es él. Le pediríamos explicaciones de por qué nos dice esas cosas; que nos demostrara que lo que dice es verdad. En definitiva, no nos sería fácil creerle, porque eso supondría reconocer que hemos estado equivocados toda la vida; que hemos estado haciendo el tonto; que en vez de agradar a Dios, le hemos estado ofendiendo.

¿Qué ocurriría si ese alguien, además, no cumpliera los preceptos de Dios como lo hacemos nosotros, y se relacionara con gente increyente, de mala fama o marginados? Entonces no nos sentiríamos ofendidos; lo que nos sentiríamos sería insultados. Nuestra reacción ya no sería ponernos a la defensiva, sino pasar directamente al ataque. Recurriríamos a la crítica, a la desacreditación, a la exclusión, al insulto, e incluso puede que al uso de la fuerza. Esa persona sería considerada una clara amenaza para nosotros y para nuestra fe, y haríamos todo lo posible por expulsarla de nuestra Iglesia, y por silenciarla.

Llegamos a la última pregunta. ¿Y si Dios respaldara sus enseñanzas con signos como la curación de paralíticos, ciegos y sordos; con signos como el de convertir el agua en vino o la multiplicación de los panes y los peces? Entonces nos encontraríamos en una situación parecida a la descrita en relación con la voz del cielo, la zarza ardiendo o la aparición de un ángel. O puede que tal vez no. También cabe la posibilidad de que no creyéramos esos signos; que pensáramos que no son más que trucos de magia, y por tanto, que nos empeñáramos en buscar dónde está el engaño para desenmascarar a esa persona y dejarla en ridículo, para que nadie creyera en ella.

En esta situación es en la que se encuentra el pueblo respecto a Jesús. Están divididos. Unos creen que es un pecador porque no respeta el sábado; creen que sus enseñanzas son erróneas y apartan al pueblo del camino correcto a Dios; están muy enfadados con El porque les afea su comportamiento y porque se atreve a dirigirse a Dios llamándole Padre. Otros, en cambio, creen que viene de Dios, porque ningún pecador sería capaz de hacer los signos que Él hace; porque enseña con autoridad; porque su palabra sencilla llena de un gozo especial el alma; porque su mirada te hace sentir profundamente querido y aceptado tal y como eres.

El Señor está empeñado en que todos crean en Él para que todos se salven. No quiere que nadie se quede fuera; ni siquiera los que le desprecian, le critican, e incluso ya han intentado acabar con su vida. Cuando se entera de la enfermedad de Lázaro, no se precipita en ir a curarlo. Va a aprovechar la oportunidad para hacer otro signo aún mayor que los que ha hecho hasta ese momento, para que los que aún no creen en Él, se convenzan y crean. Va a dejar morir a su amigo, e incluso va a esperar hasta que lo entierren.

Al llegar Jesús a Betania, Marta sale a su encuentro y le dice: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.» Esto es una impresionante demostración de fe, porque Lázaro ya lleva cuatro días enterrados, y humanamente hablando ya no hay ninguna razón para la esperanza. Sin embargo, Marta manifiesta su fe en que el Señor es capaz de vencer a la enfermedad e incluso a la propia muerte. También su hermana María sale corriendo a su encuentro y le demuestra su fe en Él. Pero el Señor no está preocupado por ellas, ni tampoco por su amigo Lázaro. Si hubiera querido, habría podido curarlo a distancia con una sola palabra suya, como ya hizo en otras ocasiones.

Jesús se conmueve ante el llanto de sus amigas y llora también con ellas. Pero en la última frase de su oración se pone de manifiesto por qué motivo era necesaria aquella muerte, y por qué motivo decide ir en persona allí: «para que crean que tú me has enviado». Su principal preocupación, es esa: que crean que Dios le ha enviado; que es el Mesías prometido desde antiguo por los profetas. Sólo creyendo eso, aceptarán sus enseñanzas; aceptarán lo que ha venido a decir de parte del Padre. Gracias a este nuevo signo, muchos creyeron en Él. Gracias a los que creyeron en Él, creemos también hoy nosotros. Nuestra tarea es continuar trasmitiendo esta fe, y al igual que el Señor, no excluir a nadie de esta tarea, ni siquiera a los que no les caemos bien.

María es para nosotros puerta del cielo puesto que se hace patente en ella la realidad de la vida eterna gracias a su plena confianza en Dios. Imitemos su ejemplo para ser también nosotros una propuesta viva ante esta cultura de la muerte que nos aborda en la sociedad actual.

Preguntémonos: ¿cómo puedo ser vida ante tanto que se nos predica de la muerte? ¿hasta que punto es para mi Dios importante? ¿confío en la resurrección de la carne como digo en el credo?

PRIMERA LECTURA
Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis

Lectura de la profecía de Ezequiel 37, 12-14

Salmo responsorial
Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa

Salmo 129, 1b-2. 3-4. 5-7ab. 7cd-8

SEGUNDA LECTURA
El Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 8-11

EVANGELIO
Yo soy la resurrección y la vida

 

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