Evangelio y Reflexión del cuarto domingo de Cuaresma, por D. Antonio Raúl Moreno

  • Lectura del santo Evangelio según san Juan 9, 1-41

Las lecturas de este domingo de Laetare nos llevan a cuestionarnos de esta manera: ¿Por qué es más fácil creer en un Dios que condena que en un Dios que salva? Todo el mundo da por sentado que el hombre que pide limosna está ciego por un castigo de Dios, sin embargo, cuando adquiere la vista, ¿cuántos dicen que haya sido bendecido por Dios? 

Los discípulos preguntan: «¿quién pecó: este o sus padres?». Jesús les dice que ni él ni sus padres; que no está ciego porque lo haya castigado Dios. El Señor muestra a sus discípulos como Dios puede convertir nuestra desgracia en una oportunidad para manifestar su gloria. Porque Dios no manifiesta su gloria y su poder castigando, sino perdonando, curando, dándonos la plenitud. ¿Por qué es más fácil creer en un Dios que castiga que en un Dios que perdona? ¿Cuántas veces tuvo que explicar ese hombre por qué era ciego? ¿Y cuántas veces tuvo que explicar por qué podía ver?

A muchos de sus vecinos, que lo veían a diario, les cuesta creerse que se haya curado. Negaban que fuera él. Preferían pensar que era alguien que se le parecía. Esa explicación era más fácil de aceptar; más lógica. Pero el hombre dice que es él, y algunos vecinos le reconocen y le creen. Se lo llevan entonces a los fariseos, para que éstos resuelvan el misterio.

Los fariseos están en contra de Jesús y han amenazado con expulsar de la sinagoga a todo aquel que se atreva a reconocer a Jesús como Mesías. Interrogan al que era ciego y éste les explica lo que le ha pasado. Ocurre entonces lo mismo que con los vecinos; que unos le creen y otros no. Los que no le creen, quieren demostrar que todo es falso. Sólo alguien que venga de Dios sería capaz de hacer algo así, y Jesús no puede venir de Dios porque no respeta el sábado. Así que tratan de demostrar que ese hombre es un farsante y que nunca había sido ciego.

Llaman a sus padres y los interrogan presionándoles, pero estos confirman que ese es su hijo y que nació ciego. No contentos con aquella respuesta, vuelven a interrogar al que había sido ciego; quieren obligarle a que diga que Jesús es un pecador. Pero a ese hombre le da igual si Jesús es un pecador o no; sólo sabe que antes era ciego y ahora veía. Vuelven a preguntarle entonces qué le hizo Jesús; cómo le abrió los ojos. Quieren encontrar algo a lo que agarrarse para demostrar que aquello no ha pasado realmente; se resisten a creer que Jesús haya podido hacer eso; se resisten a creer que Jesús viene de Dios; que es el Mesías. En definitiva: están ciegos. No hay peor ciego que el que no quiere ver.

Aquellos fariseos dicen que son discípulos de Moisés, a quién Dios eligió para liberar a su pueblo de la esclavitud de Egipto, y a quien entregó los diez mandamientos. Viven su relación con Dios basándola en el cumplimiento de sus normas. Si cumples la ley de Dios eres bueno y Dios te premia; y si no la cumples eres malo y Dios te castiga. Jesús no se comporta como se supone que debe comportarse alguien que venga de Dios; no cumple su ley; va con prostitutas, publicanos, pecadores. Jesús enseña un Dios distinto al que enseñó Moisés, y aquellos fariseos no estaban dispuestos a aceptarlo, aunque Dios respaldara a Jesús con los signos que hacía.

¿Por qué hizo el Señor ese milagro en sábado? ¿No había otro día? Si lo hubiera hecho otro día ¿habrían creído más personas en Él? ¿Habrían estado más contentos los fariseos? Puede que alguno más hubiera creído. Pero el Dios que quiere mostrar Jesús, no es un Dios que quiera que nuestra relación con Él se fundamente en el cumplimiento de normas. Es un Dios quiere entablar con nosotros una relación fundamentada en el amor. No nos quiere esclavos; nos quiere hijos. ¿De qué sirve cumplir la ley del sábado si no queremos a Dios? ¿De qué sirve guardar el sábado si no queremos a nuestro prójimo? Jesús nos enseña en esta escena, que quien ama a su prójimo y se solidariza con él, es quien de verdad está cumpliendo con el sábado.

A quienes se aferran a su idea de que a Dios hay que obedecerle cumpliendo sus mandamientos y todas las demás tradiciones; que cuando cumplen la ley, son buenos y Dios los quiere, les cuesta mucho aceptar que Dios pueda amarlos gratuitamente, independientemente de que cumplan o no unas normas.

El gesto de Jesús haciendo barro para untárselo en los ojos al ciego, recuerda a ese otro pasaje del Génesis en el que se nos relata como Dios modeló al hombre con barro y le insufló el aliento de la vida. Es como si Jesús inaugurara una humanidad nueva. Dios Padre nos creó; Dios Hijo nos re-crea.

A aquel hombre que era ciego, su encuentro personal con Jesús le cambió la vida. «Solo sé que yo era ciego y ahora veo». Lo que le convirtió en una persona nueva no fue ni el cómo, ni el cuándo, ni el dónde, sino el por qué.

María es para nosotros madre de los necesitados, puesto que ella muestra el amor profundo que tiene Dios para con las pobrezas de los hombres. Imitemos su vida y seamos, con alegría, también nosotros ejemplo de ternura ante las necesidades de los otros.

Nos preguntamos: ¿vivo con alegría dentro de mis pobrezas y sufrimientos? ¿quién es la causa de mis alegrías, el mundo o Dios?

PRIMERA LECTURA
David es ungido rey de Israel

Lectura del primer libro de Samuel 16, 1b. 6-7. 10-13a

Salmo responsorial
El Señor es mi pastor, nada me falta

Salmo 22, 1b-3a. 3b-4. 5. 6

SEGUNDA LECTURA
Levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5, 8-14

EVANGELIO
Él fue, se lavó, y volvió con vista

 

 

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