Luis Rebolo: «Una fe que salva»

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San Mateo 23, 1-12

En aquel tiempo, Jesús habló a la gente y a sus discípulos, diciendo: -«En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen.

Ellos lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar.

Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y ensanchan las franjas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias por la calle y que la gente los llame maestros.

Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar maestro, porque uno solo es vuestro maestro, y todos vosotros sois hermanos.

Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo.

No os dejéis llamar consejeros, porque uno solo es vuestro consejero, Cristo.

El primero entre vosotros será vuestro servidor.

El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

COMENTARIO:

UNA FE QUE SALVA

Jesús ya había advertido en otra ocasión a sus discípulos que se guardasen de la “levadura de los fariseos” (Lc 12, 1): la hipocresía. Decir una cosa y hacer justo lo contrario. Esa enseñanza es como una levadura, es decir, algo casi imperceptible, pero que va a contaminar toda la masa (Mt 16, 12).

Por eso Jesús distingue entre lo que dicen y lo que hacen. Muchos responsables religiosos de hoy y siempre enseñan muy bien lo que Dios quiere de nosotros, pero no lo viven. Por eso, “no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen”.

Esto crea un principio devastador en la comprensión de la autoridad religiosa: siempre se ha obedecido a quien predica porque posee una autoridad basada en su función religiosa; pero ahora Jesús enseña otro tipo de autoridad: la autoridad de la coherencia.

La gente se maravillaba ante Jesús “porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas” (Mc 1, 22). Jesús vive lo que enseña, por eso convence, engancha, atrae y seduce a las personas para que cambien de vida y se conviertan a la civilización del amor de Dios.

Jesús envía a sus apóstoles con autoridad, pero esa autoridad que les encomienda debe encontrar coherencia en sus actos o, sencillamente, quedarán desacreditados a los ojos de todos.

La autoridad no es poder, la autoridad es servicio. La autoridad no es alimento para la imagen y el propio ego, no es un reservado en la primera fila, no es una posición de fuerza. Moisés se sentó en su cátedra para impartir justicia y guiar al pueblo hacia la libertad, no para liar pesados fardos con normas, preceptos y obligaciones sobre los hombros de la gente, que ya de por sí cargamos tantos sufrimientos.

Si hablas en nombre de Dios a tus amigos, a tus hijos, recuerda que nuestra fe es una buena noticia, no un código ético. No construyas la casa por el tejado, empezando a enseñar normas en lugar de mostrar a todos el tesoro escondido, la perla fina por la que merece la pena venderlo todo, a cambio de la cual todo es basura, como diría San Pablo.

Nuestra fe salva y hace feliz a las personas. No es un elástico donde cabe todo permisivismo, es la medida de una felicidad que sólo Dios puede darnos y que sólo alcanzaremos con su gracia, con sus sacramentos.

Dejémonos de repetir el lenguaje del mundo: maestro, padre… No os dejéis llamar como a los que mandan, renunciad a vuestros privilegios legítimos… creamos de todo corazón que de verdad somos hermanos. Digamos a todos una palabra nueva, vivamos el mandamiento nuevo del amor.

La Madre Teresa de Calcuta siempre reservaba los primeros asientos para los más pobres. El coche oficial del Papa Francisco es un vehículo barato que desconcierta en sus viajes apostólicos a todos los mandatarios del mundo. Estos son pequeños pero necesarios motivos de esperanza que nos dicen: “el mundo puede cambiar”, es siendo el último como se alcanza la felicidad.

Hoy Jesús quiere introducirnos en la lógica de la revolución del amor, esa por la que va a instaurarse el Reino de Dios: quien quiera ser el primero que ocupe el último lugar y sea el servidor de todos.

Luis Rebolo

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