El derecho a ser gilipollas

Hoy, aquí, podría envalentonarme y escribir que Pablo Hasél es un imbécil integral, probablemente lo piense, un capullo con todas sus letras, un gilipollas mayúsculo. Hoy, podría decir que cierto raperillo se merece que explote una bomba en su coche, que no me apenaría en absoluto verlo con un tiro en la nuca, o que tengo la convicción de que alguien le debería clavar un piolet en la cabeza a todo el que se dedica a amenazar, verter odio y echar mano de los insultos más rastreros y chabacanos, y que luego, te vende toda esa sarta de mierda como rap de conciencia o música reivindicativa. Podría hacerlo, podría empezar a calentarme y acabar diciendo que Pablo Hasél me parece un hijo de la grandísima puta con un talento nulo y una pluma deplorable. Lo podría hacer, pero ¿Cuánto me costaría el desahogo? ¿En cuántos líos me estaría metiendo? ¿En cuántos delitos estaría incurriendo?

Muchas de las frases del párrafo anterior no son de mi cosecha, pertenecen al propio Pablo Hasél, que para quién no lo sepa, es un rapero leridano que por esas y otras muchas más lindezas va a entrar en prisión. Como ya les he dicho antes, Hasél me parece un letrista burdo, carente de recursos, con unas capacidades muy pobres y un ingenio demasiado facilón.

Para mi gusto, alguien que necesita echar mano de técnicas tan bastas para reivindicar o protestar, además de perder automáticamente toda la razón que pueda tener, está reconociendo de inmediato sus limitaciones artísticas. Y sí, entiendo, que en su papel de activista tenga el convencimiento de que el que suelta las mayores burradas es el más valeroso. Pero ahí está el error. Para luchar contra algo o alguien es preferible ser elegante y listo, valiente pero pillo, molesto pero sutil.

Ya sé que la Bastilla no se tomó con medias tintas, pero creo que la revolución es un híbrido entre corazón y cabeza. Es obvio que el corazón es el que en estas empresas siempre lleva la voz cantante, es así, sin pasión jamás habría revoluciones. El componente emocional siempre nos libera de la presilla del miedo. Ahora bien, sin una cabeza que piense y que sea capaz de templar y canalizar el poderoso musculo de la pasión, las revoluciones se quedan en agua de borrajas, en un conato de rebeldía, en un melancólico pero inservible “se intentó”. Y eso es lo que creo que le ha pasado a Hasél, que tiene muchos cojones (todo sea dicho), pero que, en contraste, tiene el cerebro de una hormiga.

Me atrevería a decir que no estoy de acuerdo en ninguno de los postulados que defiende este tipo, menos aún de la forma en que lo hace, pero lo que sí tengo claro es que nadie debería ir a la cárcel por escribir una canción o publicar un tweet. Lo bello y lo repugnante de la libertad de expresión – la verdadera- es esto, que un genio pueda manifestar sus pensamientos libremente y así contribuir al avance de la sociedad y que un descerebrado la utilice de manera bajera para a través del odio hacerse notar. Esas son las dos caras de la moneda, y en mi opinión, ni el uno ni el otro deberían verse encerrados entre rejas. Creo que lo definió a la perfección Edu Galán el otro día: “Defiendo el derecho de que Pablo Hasél sea gilipollas”.

Ahora bien, y volviendo al principio, ¿aceptaría Hasél mis insultos o me denunciaría por atentar contra su honor? Y desde la otra óptica, ¿chuparía talego por decirle estas barbaridades a un hip hopero de Lérida? ¿o sólo vas a la trena cuándo se los dedicas a los políticos, a las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado o a un monarca que se encuentra de vacaciones? ¿Varía la libertad de expresión según el afectado? ¿Por qué cagarme en los muertos de un árbitro si le pita un penalti a mi equipo es menos grave que si lo hago contra un ministro?

Creo que hay un miedo innecesario a que la gente se exprese, ya que cada vez hay menos personas que digan cosas distintas. Sinceramente, no sé si prefiero las astracanadas de Hasél, que por lo menos tienen un contenido y un mensaje (aunque sea nefasto), o el reinante e insulso Reggaetón de “mamichula quítate el tanguita, bebamos Moe y luego prendamos un blon”.  Creo que ahí es dónde reside el pánico, no en que la gente se exprese de una manera u otra, si no en que haya descerebrados que escuchen al descerebrado y se crean la película. Ahí está el terror tanto de la Fiscalía como el de Hasél, en una sociedad inculta y acomodada y en una juventud decrépita y aletargada. Uno por un lado piensa que esas proclamas en forma de canción incitan a la movilización social, y el otro sabe que no lo escuchan ni en su casa, que si no hubiera hecho el indio nadie sabría de su existencia, que esa movilización no es más que un espejismo, porque nadie mueve un dedo en este país si no es para hurgarse el ombligo y sobre todo porque ahora las revoluciones ocupan 240 caracteres y la resistencia dura lo que tarda en subirse una stories a Instagram.

Santi Gigliotti
Twitter: @santigigliotti

 

Fotografía: Unsplash.
Imagen de Hasél: pablohasel.wordpress.com

 

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