El alcalde y los libros

Aquella tarde se abría en Lagunas una librería nueva y habían acudido casi todos los laguneses. El día era espléndido, luminoso. Corría el mes de abril. Uno de los asistentes al acto era un hombre ya entrado en años pero de movimientos ágiles y aspecto cuidado: el señor alcalde. No podía faltar. Las elecciones municipales se celebraban el mes siguiente y quería aprovechar la oportunidad de mostrarse en público apoyando la cultura, tan importante para los votantes que llevaban varias legislaturas recibiendo subvenciones y prebendas y sosteniéndolo en el cargo. En eso se diferenciaba poco del resto de alcaldes. Pero, se daba el caso, inusitado para muchos, de que su apoyo a la difusión de la cultura era sincero e incondicional. El alcalde de Lagunas —pásmense— leía, leía libros. Por las noches, cuando todos en su calle se habían ido a dormir, la luz de su salón seguía encendida durante horas, única, en soledad, como si se tratase de un faro en la noche oscura. A pesar de haber nacido avanzada la década de los sesenta, cuando ya la lectura profunda y concentrada de libros llevaba décadas languideciendo, tuvo en el colegio maestros que creían en el valor de las palabras para formar el cerebro de las personas. Había leído obras capitales que le habían abierto los ojos. Ya en 1931, Paul Valéry había escrito en Pièces sur l’art: «Al igual que el agua, el gas o la corriente eléctrica llegan desde lejos a nuestras casas para satisfacer nuestras necesidades con el mínimo esfuerzo, llegaremos a ser alimentados con imágenes y sonidos, que surgirán y desaparecerán al mínimo gesto, con una simple señal». «Qué genio este Valéry», pensaba. El alcalde había aprendido, y aprendía, mucho en los libros, y se negaba a sentarse delante de una pantalla a llenarse el cerebro de publicidad e imágenes. Prefería las palabras, le satisfacían más; por eso su apoyo a la nueva librería era sincero. Atrás habían quedado los tiempos en los que los lectores apasionados eran raros y la mayoría los consideraba atrasados, viejos, personas incapaces de adaptarse a lo nuevo, como si lo nuevo fuera necesariamente bueno. El alcalde era licenciado en Geografía e Historia, sabía cómo se estudiaba esa carrera en la década de los ochenta del siglo xx, recordaba las cientos de ensayos que había leído para poder entender la complejidad de los procesos históricos; ahora veía cómo estudiaban sus hijos y se le abrían las carnes cuando estos le decían que los profesores les mandaban para completar conocimientos visionar documentales. «Pobres estudiantes», pensaba, «al menos mis hijos saben lo que es leer libros». 

Todo esto pasaba por su mente mientras esperaba poder saludar a la librera, en aquellos momentos muy ocupada con la inauguración. La librera, que vamos a llamar Irene —mujer de mirada limpia y unos vigorosos cincuenta años—, habría sido una persona peculiar unas décadas antes. Dueña de una posición económica desahogada, había sacrificado en su juventud lo que antes se pensaba que debía hacer una mujer en la vida —formar una familia— para estudiar y ver mundo. Pero no se había contentado con volar para dejar evidencias de sus viajes en las redes sociales y volver tan vacía como había salido, no. Irene tenía preocupaciones sociales y se implicaba con los habitantes de los lugares por donde pasaba. Así, al llegar a Alirajpur, en el estado de Madhya Pradesh, en India, conoció a los pobres de los pobres, los pobres que ni los mismos pobres admiten, y sintió su corazón atravesado por una necesidad perentoria de ayudar. Ella, que tantos países había visitado, entendió de dónde venía la pobreza absoluta que allí se vivía y se sintió miserable por pertenecer al primer mundo. Vivió entre los dálits, los intocables, durante cinco años, hasta que contrajo una enfermedad que solo podía ser atendida con garantías de curación en Occidente. Y tuvo que volver: los padres, que aún vivían, lograron convencerla. De aquella estancia en India le quedó una mirada distinta sobre las cosas, pues había aprendido a prescindir de todo lo prescindible. Una vez en España sanó y abrió una librería en Barcelona, donde vivió cinco años, hasta que, cansada de la vida en la ciudad, optó por buscar un lugar hermoso y tranquilo donde vivir y seguir transmitiendo cultura. Y eligió Lagunas.  

Irene al fin quedó libre y el alcalde pudo saludarla. Él, su más ferviente admirador, le estrechó la mano, agradecido por haber traído aires nuevos al pueblo. «No es nada, alcalde: lo hago por intentar transformar el mundo, hacer pensar a los demás». «Pero —objetó él, inquieto—, ¿ha hecho bien los números? ¿Cree que su negocio va a ser rentable?». «Sí, alcalde, no se preocupe: desde Lagunas venderé a todo el país, a todo el mundo». Irene fue reclamada en ese momento por más personas que querían saludarla y él la vio alejarse, contenta, satisfecha de su iniciativa. Luego se quedó un rato ojeando libros y pensando en las próximas elecciones. En realidad se sentía hastiado de la política. «Esta» pensó «va a ser mi última legislatura. Después volveré a la docencia, donde tan feliz he sido». 

Y de esta manera perdió Lagunas el mejor alcalde que nunca tuvo.

 

Entrada de la librería parisina Shakespeare and Company. (Foto: Istock).

 

Víctor Espuny.

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