Edades

El paisaje humano que los hoy mayores transitábamos de pequeños ha cambiado por completo. Aquellas personas que tenían treinta o cuarenta años más que nosotros ya murieron, y los niños que nacieron cuando teníamos treinta están ya, a su vez, en la treintena. Han recibido una educación muy distinta a la nuestra y, sobre todo los más jóvenes, poseen una forma de relacionarse realmente diferente. Muchos se encuentran físicamente aislados. Acostumbrados a pasar la mitad de las horas del día con la cabeza inclinada sobre el móvil y el sentido del oído acaparado por unos auriculares, no parecen advertir la existencia que les rodea, la realidad física, la única que de verdad puede satisfacer sus necesidades naturales. Son personas marcadas por los inicios de la era digital, integran la primera generación de coeficiente intelectual medio menor que el de sus padres. Como demuestra con solvencia Michel Desmurget en La fábrica de cretinos digitales. El peligro de las pantallas para nuestros hijos, estos han sido víctimas de unos medios completamente nuevos —de efectos, en principio, desconocidos— y de la avaricia humana, que ha propiciado la conversión de las nuevas tecnologías en un negocio descomunal, un ejemplo claro de capitalismo salvaje, sin reglas ni miramientos. Esto puede recordar el inicio de la Revolución Industrial, cuando nadie parecía extrañarse de la explotación de la clase obrera; hoy los explotados son los adictos a las pantallas. En los países más desarrollados se está volviendo a los libros en papel en los colegios. Por algo será. 

El daño, sin embargo, está hecho. El aislamiento en el que viven muchos jóvenes por el uso abusivo de las pantallas desde edades muy tempranas les hace ignorar los saludos de los demás o, simplemente, no saber qué decir al entrar en un ascensor o un establecimiento público. Los vemos muy distintos a nosotros, en algunas cosas lo son, pero un envejecimiento mental bien gestionado nos puede ayudar a entender por qué actúan así y a no comportarnos como viejos caducos y criticones. La forma de socializar ha cambiado notablemente, aunque sigue habiendo reuniones físicas con resultados poco alentadores a la luz del día. ¿Qué razones llevan a los chavales a dejar cualquier lugar donde hagan botellón lleno de desperdicios? Puede que consideren unos pardillos a los que se van del lugar de reunión llevando sus basuras y buscando papeleras, como niños buenos. La natural rebeldía de su edad les lleva intentar infringir todas las leyes, a oponerse a un sistema que no les gusta y en el que —piensan— jamás llegarán a integrarse. Dejar la playa llena de basura —en las celebraciones de San Juan, por ejemplo— es una forma de autoafirmarse e integrarse en el grupo, cohesionado gracias al espíritu de emulación. Los jóvenes mejor educados se llevan sus basuras, desde luego, aunque por ahora no parecen mayoría. Es necesaria una pedagogía clara sobre lo pernicioso de estas costumbres, amén de borrar cualquier duda sobre la imagen de incultura que transmiten los participantes poco limpios de estas reuniones sociales.

Los mayores nunca podremos pedirles a los jóvenes que nuestro mundo sea el suyo, pero el suyo sí debe ser el nuestro, que todos hemos sido jóvenes alguna vez y podemos entender qué les pasa. Inseguros, desorientados, faltos de autoconocimiento, necesitan sobre todo empatía, escucha y toda la humanidad que el mundo tecnológico-digital les ha robado por mero y despiadado afán de lucro. Oponerse a las transformaciones de las costumbres resulta absurdo y necio: nuestra mente debe amoldarse a los cambios. La buena disposición puede hacer milagros.

 

En la imagen, aspecto de una playa española tras la festividad de San Juan. (Cabalar, EFE).

 

Víctor Espuny.

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