Dos ostias bien guardadas

Parejo y Cañero Intermedio fijo

Os lo juro. Si llega a estar en la puerta del colegio a la espera de recoger al niño de su alma, las dos ostias se las hubiera llevado de pleno. Plás, plás.  ¡Por Dios! ¡Por Dios! ¡Por Dios! Y todo cristo gritando —maestras, madres, hermanos y hermanas mayores—  y llama a los municipales que el monitor de teatro se ha vuelto majara. Pero las dos ostias a mi primo ya no se las quitaban ni con agua bendita. Y aquí paz, y después gloria. O lo que venga.

La cuestión es que aquí mi primo es uno de los que a finales de los 90 le dijo a la parienta que no te preocupes que yo controlo, pero, como bien nos cuentan los entendidos, antes de llover, chispea. Y a la parienta— bien entradita en carnes—, más  que chispear lo que le cayó fue un aguacero de los que duran nueve meses. Y después, para toda la vida. Pero como os digo, esto fue a finales de los 90, a juzgar por la edad que tiene ahora el zagual que trajeron al mundo. Pero aquí mi primo el yo controlo no las pasó canutas, como es lo normal en estos casos. Normal a no ser que tu padre te diga que no te preocupes, que yo  hablo con tal o cual político del ramo o de la rama y en dos días estás en tal o cual despacho trabajando de nueve a dos y de lunes a viernes por y para el pueblo. Es decir: en el ayuntamiento. Tocándote las pelotas y picando (cobrando) horas extras de esas que se echan por las tardes en los ayuntamientos y que el fulano o la fulana se las pasa del servicio a la mesa y de la mesa a la charlita en la puerta con los compadres o compadras. Y al final de mes te quiero ver, Maribel. (Que no todos y todas son iguales, por supuesto. Hay gente que curra) Pero aquí mi primo, no. Si mi primo el yo controlo no las pasó como pavo en navidad, es porque se lo montó por su cuenta. Y no era para menos. Después de un año y algunos días en la construcción marbellí llevando mezcla y ladrillos de un lado para otro, se vio con la suficiente preparación para decir yo me basto y me sobro. Soy maestro albañil. O maestro ferretero, lo mismo dá. Y aquí mi primo se compró una furgona. Le puso el nombre a la empresa; creo que Construcciones Prematuro (apellido de la familia por parte de padre e inscrito en los dos laterales de la dicha furgona). Y se puso a dar vueltas por el pueblo. Carrera arriba y Arco de la Pastora abajo y párate en el Bibemdun (o como se diga) y echamos un café. Y pasó un año y otro. Y el zagalillo p´arriba y aquí mi primo colocando ladrillos a destajo y la parienta que se saca el carnet de conducir (pagado a tuti plen, no como otras criaturas que, para pagarse el puto carnet, tenían que hacerlo poquito a poco, como se va pudiendo). Ay que joderse.

Y de tanto chupar, pues reventó. Me refiero a los ladrillos. Pero mi abuelo Rafael decía un viejo refrán que se me ha quedado grabado en la memoria: “El pobre se acostumbra pronto a ser rico, pero que el rico se acostumbre a ser pobre, eso ya es más complicao”.  Y cuánta razón tenía el viejo. Y cuánto me han ayudado en la vida esos viejos refranes. Pero la otra tarde me acordé de otro consejo de los que me daba mi abuelo Rafael: “Antes de que te dé él a ti, endíñale tú a él”. Y con esa idea salí detrás del zagalillo jurándome que, si mi primo estaba en la puerta y me ponía por embustero una vez más, se las endiñaba. Y es que, desde primeros de octubre pasado, tengo a su zagal como alumno en las clases de teatro que imparto aquí, la capital del reino. Lo apuntó la madre, porque según ella el teatro desarrolla la sensibilidad, y, entre la que ya —según ella— su hijo lleva consigo por gracia de Dios, y la que pueda desarrollar en las clases, pues bueno, que saldrá un artista. Y el zagal, os lo juro por mi colección galdosiana de los Episodios Nacionales, tiene de sensibilidad —al menos dramática— lo que yo de legionario en Ceuta. Pero apuntado está. O estaba. A la segunda semana de empezar las clases tuve que hablar con el padre (mi primo el yo controlo) porque el vocabulario del nene (el zagalillo) no era el más adecuado, y mucho menos en un centro educativo. ¡Pero que cómo que mi hijo!.. ¡Pero que cómo que tales palabras!..  ¡Pero que mi niño!.. Y así hemos estado desde octubre. Cada tres o cuatro días hablando con el padre en la puerta del colegio sobre la actitud del nene en clase. Y el padre que no. Que no y que no y que no. Que mi niño eso no lo dice que mi niño eso no lo hace. Y yo cada día observándolo con más detenimiento. Su BMW  aparcado en doble fila. Su móvil al cinto y bien a la vista. Sus buenos zapatos. Su buena chaqueta. Su amor a la patria en forma de pulsera en la muñeca derecha.

Pero el viernes pasado, respiré. Llegué al colegio y la directora me comunicó que había una baja en la lista de alumnos. Miré la lista y vi tachado el nombre del zagal. Y como os digo, respiré. Aunque, por poco tiempo. Entro en clase y comienzo a poner orden. Alguien me llama desde la puerta. Miro hacia atrás. Y allí lo tengo una vez más, pero esta vez despidiéndose. Álvaro, profe, adiós gilipoyas. Y con su brazo levantado y sus dedos índice y meñique sobresaliendo de los demás, me dijo adiós. Encima de gilipoyas, cornudo. Salí detrás de él y (os lo juro una vez más) si llega estar en la puerta el padre y me lo vuelve a negar, se las hubiera endiñao. Sin previo aviso. Pero no estaba. Me guardo las ostias y pongo el incidente en conocimiento de la directora. Entro al servicio. Me refresco un poco la cara y, al mirarme en el espejo y ver las gotas bajándome por el rostro, no pude evitar una sonrisa. Son los mismos, me digo. Quinientos kilómetros de separación. Otro acento. Quizás incluso otras costumbres, pero de poca importancia. Pero son los mismos. O mejor dicho: es el mismo. Aquí mi primo el yo controlo, con su coche o furgona dando vueltas la Carrera adelante y el Arco de la Pastora abajo pensando que, el dinero, viste al hombre. Madrid u Osuna, poco importa. Me seco el rostro y vuelvo a clase. Los alumnos me esperan. A trabajar.

Álvaro Jiménez Angulo

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