Dos cuentos de Carpentier

La Casona de Calderón

La lectura de la obra de Alejo Carpentier (1904-1980) resulta valiosa para cualquiera. Su prosa, sensual, solo puede entenderse por la influencia caribeña: es luminosa, fragante, sonora. Una sola de sus frases puede dejar en el alma un poso cálido y dulce, un temblor de la otra orilla. Y toda esa capacidad de expresión lingüística se pone a disposición de una aguda conciencia social.

Carpentier es amante de la historia y a menudo la usa como armazón de sus narraciones. Su ambientación, fruto de una rigurosa documentación fraguada a lo largo de incontables lecturas, está muy trabajada. En El camino de Santiago, primero de los siete relatos que componen el volumen Cuentos, narra las andanzas de Juan, uno de los muchos españoles jóvenes que a lo largo de los siglos XVI y XVII abandonaron su pueblo para unirse a los Tercios o probar suerte en las Indias. La acción trascurre en Amberes, pasa por ciudades francesas, españolas y americanas y termina en Sevilla. Por ciertas referencias parece que lo haga durante el reinado de Felipe II: el Elogio de la locura ya es considerada una obra impía, el duque de Alba amedranta a los flamencos y los calvinistas son perseguidos por la Inquisición. San Cristóbal de La Habana es apenas una aldea de casas de madera y calles enfangadas donde hozan los cerdos. Los habaneros, supervivientes de accidentadas travesías y exóticas enfermedades, viven enfrentados por la envidia y la maledicencia.

El rasgo de mayor interés de este relato radica en un giro que da la trama casi al final y la convierte en cíclica. Usando una brillante licencia argumental, Carpentier desdobla a Juan, el protagonista, y da sentido completo a la narración. Juan es él mismo, el muchacho aficionado a la música que salió de su pueblo atraído por la vida militar, pero también es el indiano que ha vuelto desencantado y engaña a los jóvenes inexpertos como Juan, todos embarcados en la inercia de conquista y prosperidad segura que atrajo a la juventud de aquella impetuosa España, enfrascada en el impulso de frontera y la cultura del enriquecimiento súbito.

Otro de los relatos de Cuentos, Viaje a la semilla, destaca por una utilización del tiempo muy personal. Ignoro si existen precedentes de relatos, digamos, inversos, imagino que sí, pero no conozco ninguno anterior a 1944, momento de su escritura. Como ya sabrá el lector, o habrá deducido por su título, Viaje a la semilla trata de una especie de rejuvenecimiento general de la cosas, no solo de las personas, como es el caso del Benjamin Button (1922) de F. S. Fitzgerald. Salvo en los capítulos inicial y final, la acción de Viaje a la semilla avanza hacia atrás, progresa regresando. La intención de Carpentier escondida en esta argucia técnica parece ser de denuncia social y de resolución de conflictos. Desandamos el camino para reiniciarlo y poder solventar los errores, elegir bien en los cruces donde nos equivocamos, volver al principio de las cosas, cuando todos podíamos ser iguales y el color de la piel no era decisivo, una marca de nacimiento que facilita o complica la existencia. Ideas así eran predecibles en un país como Cuba, uno de los últimos lugares donde se abolió la esclavitud. La genialidad de Carpentier está en la forma de contarlo.

En cuanto al ejemplar del libro donde he leído los dos relatos, lo encontré en Almería, en un puesto de libros usados regentado por un valenciano itinerante. Es una edición barata, de economía se subsistencia. De pastas de simple cartón, parece mal encuadernado, demasiada goma para pegarlas a los cuadernillos. Sus hojas huelen a húmedo y han tomado ya ese amarillo enfermo que delata el paso del tiempo en las ediciones económicas. Por una nota escrita a bolígrafo rojo se sabe que uno de sus anteriores dueños, Mercedes, lo compró en Budapest en el verano de 1981. Ha viajado y vivido mucho. Posee un alma especial.

Para acabar, quiero agradecer a Antonio Palop Serrano el artículo publicado en este medio hace una semana. Su texto contiene una necesaria defensa de la lectura, afición que enriquece la mente y crea individuos. Hoy día tener ideas propias, estar fuera del rebaño, parece algo subversivo. Ya lo anunció Orwell en 1984.

Un abrazo, Antonio.

 

Alejo Carpentier, El camino de Santiago y Viaje a la semilla, relatos incluidos en Cuentos, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1979, págs. 7 a 39 y 64 a 78.

 

Imagen: Calle habanera en 1910 (todocuba.org).

 

Víctor Espuny

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