Dónde se ponía el muerto

El español es el cuarto idioma más hablado en el mundo. En la lista aparece justo detrás del chino y el hindi, lenguas que fuera de China e India solo hablan sus hablantes nativos establecidos en el extranjero. El español es el idioma oficial de 22 países, 475 millones de personas lo tienen como lengua materna y 549 millones lo hablan. Después del inglés es la lengua más práctica —y practicada— a escala mundial. Para nosotros, además, es aquella que usaba nuestra madre, con la que aprendimos a nombrar objetos, sentimientos y sensaciones. Gracias a ella nos entendemos. Su conocimiento resulta clave para comprender nuestros procesos mentales. De ahí que dedicar tiempo a su estudio resulte prioritario.

Tengo ante mí dos recopilaciones de frases hechas del español. Son Del dicho al hecho (Madrid, 2010), de Gregorio Doval, y Diccionario Espasa de dichos y frases hechas (Madrid, 1995), de Alberto Buitrago Jiménez. Abro uno, el de Doval,  por un lugar cualquiera y encuentro la locución Cargarle el muerto a otro. Va seguida de la explicación siguiente: «Atribuirle la culpa de una cosa. Según la ley medieval en vigor en algunos lugares, cuando dentro del término de un pueblo aparecía el cadáver de una persona muerta violentamente, si no llegaba a averiguarse quién había sido su asesino, el pueblo entero estaba obligado a pagar la multa o calonia —llamada estrictamente homicidium, omicidio u omecillo— a los familiares de la víctima. Debido a esto, los vecinos de los pueblos en cuyo término se cometía un crimen procuraban trasladar el cadáver de la víctima al término de otro pueblo, a fin de librarse de la multa y echarle o cargarle el muerto a otro. Parece que el modismo analizado procede de esta práctica». Cargarle el muerto a otro es una frase hecha corriente, habitual en conversaciones cotidianas. Acudo al libro de Buitrago y encuentro una definición de la locución muy similar, por lo que puede deducirse que existe cierto consenso en cuanto a su origen. La palabra calonia parece de la misma familia léxica de la actual calumnia y la antigua caloña, en uso en tiempos de Sebastián de Covarrubias. En palabras de Aquilino Iglesias Ferreirós, estudioso de la historia del derecho, «todos los vecinos», según esa ley medieval mencionada por Doval, «son responsables del homicidio cometido por desconocido dentro del ámbito vecinal, puesto que la responsabilidad objetiva obliga a que todo daño cometido sea reparado; la cohesión vecinal obliga comunitariamente a todos los vecinos a indemnizar aquel daño […], responsabilidad que desaparece cuando todos los vecinos logran encontrar al responsable. Pero también todos los vecinos deben denunciar, capturar y dar muerte al totius concilii inimicus [enemigo de todo el consejo] sin sufrir por ello consecuencia alguna, incluso participar de forma activa en la destrucción de su casa; el incumplimiento de estas obligaciones, en cuanto manifestaban una ruptura de la fidelidad derivada de la convivencia vecinal, arrastraba penas graves para los infractores». Estas prácticas medievales parecen heredadas del derecho germánico vía visigótica y, a nuestros ojos —filtradas por la sensibilidad actual—, resultan simplemente estremecedoras. Ya ven si hemos avanzado en cuestión de derechos humanos y libertades individuales. Los vecinos de las comunidades regidas por aquellas leyes estaban obligados a actuar de manera violenta y homicida contra el totius concilii inimicus. En aquella época una vida humana en Europa poseía aún menos valor del que posee en la actualidad, aunque los muertos de forma violenta tenían que ser responsabilidad de alguien, y de ello ha quedado una curiosa muestra en nuestro rico idioma. En cuanto a la denominación de este tipo de expresiones, no existe una línea nítida que separe modismos, locuciones, dichos, apotegmas y frases hechas, categorías que no parecen bien diferenciadas pero sí lo están si se contraponen a refranes, paremias, proverbios, sentencias y adagios, nombres que reciben esos continentes de moralinas que solemos llamar refranes. Sesudos paremiólogos a la erudita manera decimonónica dedicaron años a investigar estas cuestiones y escribieron largos tratados que ayudaron a cimentar el interés por ellos entre sus colegas, aunque sus libros poseían en demasiadas ocasiones un nivel y un tono tan académicos que alejaban a muchos lectores. Leemos por placer, disfrutamos lo inteligible. Uno de los paremiólogos de la lengua castellana más célebres, después de Gonzalo Correas, fue el ursaonense Francisco Rodríguez Marín, orgullo de las letras locales, y aun nacionales, que ha servido —y sirve— de inspiración de muchos jóvenes atraídos por el estudio de las humanidades. Estas no son tendencia, no aparecen citadas como trending topic, pero gracias a eso conservan su independencia y su pureza. Quién sabe qué pasará mañana.

La obra de Iglesias Ferreirós es La creación del derecho. Una historia de la formación de un derecho estatal español. Barcelona, 1992, págs. 250 y 251. La cita de su texto esta recogida por Juan Sainz Guerra en su artículo «Infracción y pena en el fuero de Soria», en Anuario de historia del derecho español, nº 76, 2006, págs. 137-172

 

En la imagen, el Alcázar de Segovia (Foto ISTOCK) 

 

Víctor Espuny.

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