Desde mi calle – La vida en bolsas

La Casona de Calderón

Hacía semanas que no tenía noticias de Gaelia. La busqué por los locales y lugares donde solíamos vernos. En los bares de su barrio nadie sabía de ella, no cogía el teléfono, ni respondía a mis mensajes en el contestador.

El sábado pasado llegué temprano al mercado de La Boquería para comprar pescado. Di una vuelta por los puestos para ver el género y allí estaba Gaelia en el bar del mercado, sentada en un taburete tomando un café con leche. Se alegró de verme, aunque noté en ella un aire de tristeza. Pensé enseguida que la pandemia se había cebado con alguien de su familia o quién sabe qué otra desgracia le podía haber tocado.

“No, amigo. La pandemia está respetando a los míos, pero me he visto en una de mis peores experiencias. He tenido que vaciar el piso donde vivieron mis padres durante cincuenta años de su vida. Ya sabes que mi madre nos dejó hace tres años y ha sido ahora que he reunido fuerzas para sacar sus muebles, su ajuar y todos los recuerdos que allí había. He revivido cada blusa, cada fotografía, cada jarra de cristal, cada carta de la familia que guardaban, cada libro, he revivido la luz del piso y el olor a familia. Después de pasarme tres días enteros encerrada en donde pasé mi infancia, la existencia de ellos me ha cabido en dos bolsas llenas de cosas de las que no he podido desligarme. Tiré a la basura aquello que no suponía más que un paso burocrático por este mundo y conservé lo que para mí representaba lo que quería conservar de ellos. Ahora las bolsas las tengo guardadas en un trastero y no sé cuándo podré abrirlas para recordar lo que quise conservar. No soy capaz de volver a enfrentarme a la prueba de ver lo que he decidido conservar. Quizás cuando acabe la pandemia y tengamos cierta normalidad, vuelva a dar vida a la muerte”.

Entiendo que Gaelia no haya querido llamarme y haya huido del mundo por unas semanas. No sé qué haré yo cuando me llegue el momento de decidir lo que vale y lo que no vale de unos mundos que ya no están o que están a punto de dejarnos. Mi padre me contó que cuando falleció su madre, su hermano hizo una pira en el corral de la casa del pueblo y prendió fuego a lo que ya no debería permanecer en este mundo. El fuego purificador es el que devuelve la esencia del difunto al mundo. Quizás algún día le cuente a Gaelia lo que se hacía antiguamente con los ajuares de los que se van. Nadie nos ha dado una receta con un tratamiento farmacológico que te alivie en esos momentos tan especiales, aunque estaría bien que alguien lo pusiera en algún manual de psicología, para evitar que nuestros espíritus algún día quepan en dos bolsas de basura.

¡Salud y letras!

 

Juan Zamora Bermudo

 

 

Armarios con alma II

Vuelve a pedirme que le empuje y ya van más de diez veces que lo busco sin resultado. He escudriñado por toda la casa para ver dónde puede estar. El trastero, el garaje, la buhardilla. He escudriñado en la biblioteca pensando que habría un hueco entre los libros. He recordado la novela de Millás, Desde la Sombra y eso me ha hecho pensar. He bajado a mi habitación, he abierto la puerta de mi armario, he retirado la ropa hacia los lados, he buscado por la trasera, han tirado de mis manos,  se han cerrado las puertas y mi vida se me ha apagado.

 

© Gaelia 2017

 

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