Desde mi calle – Envejecer

Parejo y Cañero Intermedio fijo

Desde hace unas semanas me miro al espejo y veo a mi padre. No creo que sea nada malo pero me hace caer en la cuenta que los años van pasando y que si ahora lo veo él, tal vez dentro de unos años la persona que refleje el espejo por las mañanas, sea mi abuelo. Solamente conocí a mi abuelo materno y mi semejanza física no parece que tenga que ver con él. A mi abuelo paterno no llegué a conocerlo. A decir verdad, mi padre tampoco lo recuerda, aunque sí lo conoció cuando era un niño que apenas gateaba. Manuel se fue en tiempo de guerra y nunca me dijeron dónde fue enterrado. Mi abuela envejeció cargando sobre sus espaldas tres niños varones, una vida de luto y un yunque en el alma. Siempre me pregunté qué oscuro resorte existe en el ser humano para no desfallecer en casos como ése. Envejecer no es cumplir años, es no seguir el ritmo que te va marcando el mundo; quedarte estancado en tus veinte años y decir constantemente “en mi época”. Tengo la suerte de estar rodeado de gente mucho más joven que yo y eso me ayuda a seguir el latido del mundo. Envejecer es abarcar el conocimiento de lo vivido y saber cómo usarlo para que haya otros que aprendan de tus actos. Envejecer es ser como el viejo consultorio radiofónico de Elena Francis, donde Doña Elena aconsejaba a quien se dirigía a ella por carta, sobre cuestiones de lo más variopinto y querer seguir aprendiendo de las nuevas experiencias. Confieso que todavía me emociono con los goles de mi Betis y eso me hace sentir más joven de lo que soy. Comprendan que cada uno tiene su juventud particular.  Hay quien ya nació viejo como lo hizo el Guernica de Picasso, que nació para recordar el sufrimiento de los mortales y que llevaba sobre sí el peso de la guerra. Cuando pasen los años y me mire al espejo, sabré cómo hubiera sido el rostro de mi abuelo.

© Juan Zamora Bermudo

 

Desmontándome por dentro 

La rata sonrió en aquel momento. Sí, sí, ya sé que parece una locura pero juro que vi cómo aquel animal del jodido diablo, me miró complaciente. Una rata negra maloliente con una cola muy larga. A mí siempre me gustó matarlas a tiros, en el vertedero que hay camino de Long Island. Las ratas me causan cierta angustia emocional porque creo que las calles están llenas de ellas y que roen nuestra comida. Acaso mi obsesión viene porque quise ser psicoanalista y solamente soy un escritor frustrado. Quizás es porque mi psicoanalista no es más que un psicólogo con ínfulas, que también sueña con ratas.

© Gaelia 2021

 

Imagen de vmzelius en Pixabay

 

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