Desde mi calle – Envidias

Define el diccionario de la RAE que la envidia es la “Tristeza o pesar del bien ajeno”o en una segunda acepción “emulación, deseo de algo que no se posee”.

En lo referente a la envidia y su repercusión social, creo que en este país tenemos la desgracia de estar entre las sociedades que más sufren este mal. No es que tenga un dato empírico sacado de un sesudo estudio sociológico, sino que es pura percepción vital.

Siempre se ha dicho que nadie es profeta en su tierra y eso, no me cabe duda, tiene como una de sus premisas la envidia que despierta en los demás los éxitos propios, lo cual me convence para pensar que siempre es mejor pasar discretamente por la vida.

Hace mucho tiempo escuché decir al actor Pedro Ruíz que cuando le venían los éxitos, siempre los acompañaba de alguna desgracia personal inventada, con el fin de aplacar las envidias que despertaba a su alrededor. La envidia
paraliza a quien la experimenta y si la envidia es generalizada, paraliza los pueblos.

Mientras pensemos que aquello que ha conseguido nuestro familiar o amigo ha sido de forma injusta, sin mayor justificación caeremos en la invalidez anímica y si el grado de envidia es extraordinario, en la invalidez total y permanente.

¿Quién no  conoce algún caso donde la envidia ha fulminado años de relación y amistad?. Lo cierto es que la envidia
se produce entre iguales, entre personas de mismo nivel social, cultural o económico.

Cuando está fuera del alcance del envidioso, la envidia se convierte en otra cosa, tal vez admiración, anhelo o algo así. Gaelia me contó una vez una historia de un envidioso que al no poder alcanzar nunca la cima de sus deseos, acabó destruyendo lo que tenía bajo su poder. Es la capacidad de aniquilación del envidioso: si no lo tengo yo, no será para nadie.

Juan Zamora Bermudo

 

JUBILACIONES

El otro, hombre o mujer, siempre muerto, es lo que tenía que conseguir.

Debía ser de madrugada y sin testigos. Su víctima, un tren corriente, sin un motivo concreto que le llevara a elegirlo. En su sala, controlando los monitores de la línea de mercancías, después de cuarenta años de servicio, era lo que necesitaba para que recordaran que allí había estado sufriendo precariedad, mal pagado y pendiente de un ascenso que jamás llegó.

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En su última noche como controlador ferroviario, cambió las agujas del cruce de San Ramón.

Sonriendo, se detuvo ante el monitor y vio cómo el tren correo tomó la fatídica vía muerta.

© Gaelia 2016

 

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