Desde mi calle – Construirse una vida

Hay expertos que dicen que los jóvenes han sustituido el esfuerzo de abrirse camino en la vida y lo han cambiado por la acumulación de experiencias. Los expertos creen que el motivo es porque el valor del esfuerzo no está de moda o porque cada vez es más complicado construir algo y hace preferible dejarse llevar y que sea lo que Dios quiera. Las redes sociales han dado impulso a la idea de que quien haga más extravagancias o viajeen mayor número a lugares remotos, es digno de admiración. Lo que muy pocos ven es que quienes muestran sin tapujos sus intimidades o su vida personal, en muchos casos están dejando de lado adquirir conocimientos que les haga encarar su futuro en condiciones favorables.

Los jóvenes de los ochenta no tuvimos la oportunidad de elegir entre la acumulación de experiencias y aventuras o construirnos los cimientos de nuestra vida. Salíamos de una crisis económica  brutal, seguíamos en la inestabilidad política de la Transición, vivíamos los terribles años de plomo y los ingresos por familia, en el caso de las clases trabajadoras, no permitían grandes dispendios. Una mayoría de chavales salía del colegio y se ponía directamente a trabajar. Otros, además, estudiábamos a deshoras, en institutos nocturnos, en regulares condiciones y no se nos pasaba por la cabeza más aventura que cumplir el servicio militar cuanto antes o posponerlo para cuando acabáramos de estudiar. Las chicas pocas aventuras podían tener cuando, además de las dificultades de los varones, contaban con la discriminación y los prejuicios sociales que ahora serían, afortunadamente, impensables. Había una juventud privilegiada que podía estudiar sin necesidad de aportar ingresos económicos a las familias, pero creo que esos jóvenes no representaban al perfil medio de quienes salíamos al mundo en los ochenta, siendo esta parte de aquella juventud una minoría.

Se ha acabado el Estado de Alarma y nos vemos abocados a una nueva realidad. En estas semanas de confinamiento hemos podido ver cómo parte de nuestro mundo se ha derrumbado y no hablo de nuestro mundo terrestre, sino de nuestro mundo social, personal e interior. Vamos a tener que extremar las precauciones en nuestras relaciones con familiares y amigos. Los abrazos y los besos van a tener que aplazarse hasta nuevo aviso y solamente podremos tener contacto con los más próximos.

Estos días de encierro los he dedicado a trabajar desde casa, a asistir a algún taller literario y a ordenar mis ideas y pensar cómo puedo gestionar mi futuro para intentar que mis hijos empiecen o sigan construyendo su vida, sin tener que renunciar a oportunidades como lo tuve que hacer yo. Creo que me ha cundido el tiempo por todo lo que he hecho y he sacado la conclusión de que el mundo que nos viene nos pide  estar más conectados a la realidad de cualquier lugar, ser mucho más respetuosos con el medio ambiente, estar más cerca de nuestros seres queridos y mejorar nuestras relaciones personales de todo tipo para tener una red de contactos en los que podamos tener colaboración mutua en momentos de crisis. Con estas premisas no pretendo construir las vidas de mis hijos, pretendo que ellos puedan elegir cómo quieren que sea la suya, qué camino deben elegir y qué camino no van a recorrer, en función de sus afinidades personales. No tendrán una vida si cumplen únicamente con el protocolo de alcanzar las experiencias que están de moda, tendrán una vida si son capaces de aprender a adaptarse a las nuevas situaciones que se les vayan presentando a lo largo de su existencia. A menos que ellos tomen las riendas de sus vidas, otros serán quienes les dirijan sin reparar en que estarán siendo tutelados por las fuerzas de los “influencers” de moda. Los jóvenes de hoy deben construir la vida que ellos quieran y no deberían dejarla en manos de otros porque es tendencia “cool” y porque como dice el sabio aforismo, las amistades nocturnas parecen sólidas, pero suelen ser líquidas.

Os dejo un microrrelato de Gaelia que me ha ayudado a construir este artículo

¡Salud y letras!

Juan Zamora Bermudo

 

DEPRESIÓN JUVENIL

Empezó a llorar, como nunca lo había hecho, cuando la doctora le dio la noticia. Años de entrevistas, con la angustia del no saber qué pasaría, cómo evolucionaría su hijo ante la fatalidad de la enfermedad. En aquella angosta salita del viejo edificio, donde la psiquiatra pasaba consulta a gente desahuciada, afectados por el alcohol y las drogas, por la ruina, por algunos traumas infantiles inconfesables, insomnes o trastornados por la sociedad de la información y la competitividad. Aquella mañana, cuando la doctora le dijo que su hijo ya no tendría que volver, que estaba curado, lloró como nunca.

© Gaelia 2020

 

“imagen: Freepik.com”.

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