Descanse usted en paz. Nos vemos al otro lado

“…encantado de haberle conocido don Cristóbal Martín, un auténtico placer.”

Así terminaba un escrito que hice hace años y por el cual tuve la enorme suerte de poder conocer a tan gran Personaje de la Historia de Osuna, de compartir con él partes de su vida que, desgraciadamente, ya hoy no podrá seguir contando. ¡Qué gran regalo me hizo! ¡Impagable!

Hoy ya no está entre nosotros, como él era se ha ido, sin armar escándalo y casi sin que nadie se diese cuenta. Ese hombre que en mis años mozos me hizo descubrir que el arte va mucho más allá de un pincel o una guitarra; ese hombre que, ya en mis años de adolescente, me hizo apasionarme por las fantásticas historias que me llegaban de él; ese hombre que en mi edad adulta me abrió las puertas de su casa, de su dormitorio y de su estudio de pintura, ese estudio que “sólo” perteneció a un humilde artista tan grande para sus admiradores como desconocido para la tantos otros. En su casa respiré creatividad y pasión, allí me pareció ver a un más joven Cristóbal dilucidando qué personaje de su Osuna iba a aparecer en su última creación Naif e incluso también me rodeó el espíritu de un joven guitarra que, cosas del azar, acabaría formando parte de los hiperfamosos Beatles… de Cádiz, pues para mí fue un shock cuando, de muy joven, supe de su maravillosa experiencia musical.

A Cristóbal lo vi llorar en el Instituto por la maldad inconsciente que a veces practican los alumnos. A Cristóbal o vi dejar con la boca abierta a muchísima gente inmensa, haciéndolos sentir pequeños ante él, pero siempre sin intentarlo, con humildad. A Cristóbal lo vi rodeado de gente que lo quería mientras se inauguraba una exposición de sus obras sin que él se diese golpes en el pecho. A Cristóbal lo vi plasmado en múltiples ciudades donde permanecerá eterno en sus lienzos, demostrando su pequeña grandeza. A Cristóbal lo vi ninguneado en su tierra. Y finalmente a Cristóbal lo vi solo y muy envejecido en su pequeña habitación rodeado de libros y recuerdos de toda una vida. Cada libro con su marcapáginas asomando, muestra de que él no los tenía por adorno, sino como amigos.

Aquel día, y a pesar de su ya avanzada edad y de que no nos conocíamos, recibí mi primera lección: aprovechó para en primer lugar “reñirme” porque en el libro que había escrito mi hermano (y en el que se reseñaba a los Beatles de Cádiz) había cosas “que no son del todo así” – me comentó literalmente mientras yo pude observar multitud de pequeñas notas apuntadas con lápiz y sumo cuidado al pie de cada párrafo – pero no me lo dijo con intención de hacerme sentir mal, sino todo lo contrario, para ofrecerme la verdad y mejorar algo ya de por sí muy valioso. Esa fue mi primera lección con él, y ahí me quedó claro lo que él era: Un Maestro.

Un Maestro de la vida, pues tenía mucho vivido. Un Maestro literalmente, pues dio clases y dejó semilla en muchos. Un Maestro con el pincel, pues lo que él hacía… era reflejar su manera de ver el mundo. Incluso (y aunque él me lo negase) un Maestro musical, pues haber podido formar parte de un grupo tan famoso, al menos te da para aprender y poder enseñar algo. Y sin embargo con todo esto que aprendí y escuché de él, lo que más me marcó fue algo que me hizo darme cuenta de su grandeza:

“Yo era un músico malo, sólo sabía tres acordes, y sin embargo ahí estaba yo junto a los Escarabajos de Cádiz recorriendo el mapa. Nunca he sido un artista, nunca he sido bueno en nada, sólo he intentado no ser malo… y sin embargo lo “poco” que estuve con los Beatles me dio para comprar un piso en Madrid, imagina si hubiese sido bueno. Jamás he tenido ambiciones, he ido haciendo lo que sé sin esperar nada, si yo hubiese nacido en esta época en que vivimos, igual hubiese triunfado a lo grande…”

Tal cual me lo comentó, y yo, que me sentía ya de por sí muy pequeño ante tan gran persona, me dije: “Si esta persona que tanto admiro y que tanto ha hecho dice que no es bueno en nada, yo entonces ni existo, soy menos que nada…”. Esas palabras que en su boca sonaban cual parábola, con dulzura y honradez, no queriendo imponer una enseñanza moral sino queriendo enseñar, me demostraron que había valido la pena conocerlo.

Usted ha sido enorme amigo, seguramente en casi todas sus facetas, y es por eso que hoy mi alma llora su pérdida. Gracias por su amistad prestada al final de su vida, gracias por tanta anécdota íntima, gracias por darme un ejemplo digno de verdad. Ha sido un verdadero placer.

Descanse usted en paz, don Cristóbal. Nos vemos al otro lado.

Dante Pérez

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