Descalzo

Complicado, como llegar al final de la nada, como sentarse en la cima con ganas, como dormir teniendo que mear. La inquietud mata al aburrimiento, el miedo asesina a las oportunidades, la vida viola al tiempo. Me gusta andar descalzo, abrir el frigorífico con la incertidumbre de no saber si me dará un calambre el electrodoméstico. Así me lo advirtieron de chico. Pero aún nada, nunca me he quedado pegado al suelo de la cocina. Hay verdades que aunque no sucedan en la vida jamás pasarán a ser mentiras. Como el tiempo exacto que hay que guardar antes de bañarse, como lo del hombre del saco, como las vitaminas del zumo que se evaporan. Son cosas que quedan ahí, avisos imperecederos guardados a buen recaudo en el desván de la memoria. Líneas trazadas en el arenero de la niñez. 

En el poli y ladrón siempre me gustaba jugar de caco. Huir de un madero ficticio sabiendo que no había cometido más delito que el de la diversión. Ser el malo mola mucho más cuando no has hecho daño, cuando la prisión es un colegio y la sirena anuncia que hay que volver a la celda de los pupitres. Lo cierto es siempre relativo, lo real es una zona de confort donde no caben los imposibles. ¿Qué es ganar? ¿Qué significa perder? ¿Por qué carajo hay la posibilidad de empatar? Solo disfruto de los triunfos que no me merezco, de los 20 pavos que apuesto al negro número impar. El azar es el único mérito celebrable. Se me ocurren pocas cosas más reseñables que conseguir que la suerte te sonría sin haberle tirado la caña. La fortuna ilegítima es viajar en ascensor con hilos musicales de sala de espera de dentista. Lo demás solo es subir peldaños, y yo quiero los gemelos de Roberto Carlos. Soy de los que siempre mira hacia el siguiente tramo de escaleras sin saber quién vive arriba. La única derrota que conozco es la complacencia, el punto muerto, acurrucarse en el elogio. Solo me gusta ganar antes de ganar. 

Y no, no es que haya ganado mucho más allá de algunos trofeos de atletismo y un par de diplomas que cuelgan en la puerta de la nevera, por si algún día me electrocuto poder tener un recuerdo bonito. Pero tengo la certeza de que las victorias aburren. La ambición en la que creo es en la que viene después de la gloria. La del inconformista con la vitrina llena. La de Lorenzo Silva, que cuando lanza su último libro ya tiene terminado el siguiente. Por eso digo que prefiero las baldas vacías, porque no tengo muchos cachivaches cogiendo polvo. Lo complejo no es triunfar, lo complejo es limpiar. Todo es tan complicado que nos enseñan a hacer difícil lo sencillo, a idealizar lo enrevesado, a prejuzgar a los imposibles. Los irrealizables son caballos salvajes esperando a que alguien tenga huevos a agarrar sus crines. Aprender es quitarle hierro a la incertidumbre, faltarle al respeto a la timidez, domesticar a la precaución hasta convertirla en una virtud que en vez de frenar se ocupe de ponerle sensatez al atrevimiento. Para saltar de un acantilado a otro hay que suspenderse en el aire, sin miedo al vacío. Tengo hambre porque persigo al ingenio, lo agudizo con la gula de no querer tener nunca el plato vacío. Sigo llenando el ojo cada vez que engullo, porque en eso consiste el laberinto de la existencia. En perderse, en masticar con y sin dientes, en ir con los pies desnudos a por un Actimel, en seguir esperando cada noche al hombre del saco para vacilarlo, en exprimir el zumo y valorar en un trago apresurado sus vitaminas. La pulpa en el paladar y otra naranja siempre en la mano. 

 

Santi Gigliotti
Twitter: @santigigliotti

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