En defensa de los niños

La lectura recomendada este mes es Algunos muchachos (1964). Se trata de una colección de relatos, siete en total, unidos por una serie de características que la dotan de gran unidad. Todos se deben a la mano de la primorosa artesana del lenguaje que fue Ana María Matute (1925-2014), artista independiente determinada por seguir el difícil camino de la creación literaria desde la misma infancia, cuando ya escribía e ilustraba cuentos. Su prosa, de ritmo muy trabajado, posee estremecedores hallazgos poéticos.

Nacida en el seno de una familia de la burguesía, el suyo es un caso claro de espíritu libre, contumaz y sensible forjado en la España que le tocó vivir, de sociedad profundamente injusta y asolada por la guerra. Las claves de escritura del libro están en su infancia, en las temporadas que pasó en casa de sus abuelos maternos, riojanos, donde entró en contacto con niños de su misma edad que no tenían ni para zapatos, una realidad palpable en cualquier lugar del país. Pudo haber optado por mantenerse al margen de esas vidas, como hicieron muchas de las personas que se encontraban en su misma privilegiada situación, pero ciertos condicionantes, entre ellos su integridad personal, la fidelidad que se guardaba a sí misma, se lo impedirán. Si a esto se une una grave enfermedad sufrida en la infancia, la situación económica de su familia —que le permitirá dedicar su vida a la lectura y la escritura— y la manera en la que se desarrollaron sus relaciones con la madre, persona poco afectuosa, se tiene ya esbozada una explicación del prodigio literario llamado Ana María Matute, creadora de un mundo desgarrador y reconocible, atenta siempre a mostrar la indefensión de los niños.

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Nadie debe dejarse llevar por las palabras sobre algunos de sus libros, por ejemplo las escritas en la contracubierta de Algunos muchachos, que anuncian el desarrollo de historias y personajes descarados pero amables, apenas tocados por las turbulencias de la edad. No. Suelen ser historias descarnadas, protagonizadas, en este caso, por adolescentes que actúan de manera cruel aunque nunca gratuita por estar bien fundamentada, normalmente en la falta de amor por parte de los mayores o por un sentimiento de inferioridad social, estados del ánimo ambos que tuvo que conocer de cerca la niña Ana María Matute.

Los hallazgos expresivos de su prosa son continuos. Voy a citar también algunos, sólo dos, de otros libros suyos —Los Abel (1948) y Fiesta al Noroeste (1953)—, los únicos que tengo a mano mientras redacto estas líneas. Hay una evolución clara en su expresión, cada vez más elaborada y madura.

De Los Abel:

«La pequeña se había quedado dormida sobre un banco. Mientas había estado en la cocina toda aquella gente, apenas la vio nadie; pero ahora, en el medio silencio, su cuerpecito laxo, abandonado, llenaba la estancia arrancando un grito doloroso del fondo de mi ser. Paula la cogió en brazos; y yo la seguí, y me quedé al pie de la escalera, viéndolas subir. Una mano de la pequeña balanceaba, caída, con una dulzura desmayada». (Pág. 95).

De Fiesta al Noroeste:

«Es posible que Dingo viera al niño, tal como apareció de pronto, en un recodo. Era una flaca figurilla inesperada, nueva, lenta, muy al contrario de él. Lo cierto es que no pudo evitar atropellarle. Le echó encima, sin querer, toda su vida vieja y mal pintada. […] Luego les cayó el silencio. Era como si una mano ancha y abierta descendiera del cielo para aplastarle definitivamente contra el suelo del que deseaba huir. […] Acababa de arrollar a una de esas criaturas que llevan la comida al padre pastor. Unos metros más allá quedó la pequeña cesta, abierta y esparciendo su callada desolación bajo el resbalar del agua.

Todo lo que antes gritara: vientos, ejes, perros, estaba ahora en silencio, agujereándole con cien ojos de hierro afilado. De un salto, Dingo se hundió en el barro hasta los tobillos, blasfemando. Lo vio: era un niño de gris con una sola alpargata. Y estaba ya muy quieto, como sorprendido de amapolas». (Págs. 81 y 82).

La carga emotiva de la escena va subiendo hasta llegar a la última frase, de un lírico y desconocido desgarro: «…, como sorprendido de amapolas».

De Algunos muchachos:

«Entretanto, los candados se cubrían de musgo verde, de rojo orín, la polea del pozo gemía como un animal indefenso, el cielo huía hacia el invierno». (Pág. 21).

«Estuvieron fumando una semana entera, o quizá más, y ya conocían muchas estrellas. Nunca hasta entonces pensó así en el universo, nunca hasta entonces, cara al cielo tachonado y verde, se sintió bien clavado, eternamente clavado. Nunca pensó, hasta ahora, en la infinita, envolvente lucidez girando en torno a un solitario niño, de espaldas a la hierba. Conjunciones de astros, pozos sin fin, infinitas miradas pesándole en la frente, en su frágil cuerpo. La cruel eternidad». (Págs. 34 y 35).

«Don Angelito [, que había empezado a llorar,] asomó la mitad de la cara por los dedos, como por un abanico roto». (Pág. 42).

La unidad temática entre los relatos de Algunos muchachos está lograda, sobre todo, por la lucha de los protagonistas para hacerse valer frente a un agente opresor, contra el que reaccionan de manera violenta. Dicho agente opresor puede estar encarnado en una persona —el Galgo del primero de los relatos, titulado como el libro, Algunos muchachos, o la novia de Muy contento—, o estar representado por un concepto abstracto, como la superstición en El rey de los zennos o la ilegitimidad en Cuaderno para notas.

En cuanto a técnicas narrativas, existe variedad de unos relatos a otros aunque predomina la narración en primera persona. La localización espacio temporal, salvo en El rey de los zennos, de carácter fantástico, corresponde a la España de posguerra, más concretamente a zonas rurales castellanas o riojanas controladas por terratenientes poco escrupulosos con los débiles.

Una España aquella en la que los niños sólo interesaban como fuerza de trabajo. Y aun ni eso, que todavía no la tenían.

 

Ana María Matute, Algunos muchachos, Barcelona, Destino, 2000. (Los Abel está citado por la edición de Destino de 1972 y Fiesta al Noroeste por la de Cátedra de 1988).

 

Fotografía: Ana María Matute en su juventud (Europa Press).

 

Víctor Espuny

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