De paso

Parejo y Cañero Intermedio fijo

En 1836 España vivía una de sus habituales guerras civiles. La contienda se desarrollaba principalmente en Cataluña y el País Vasco pero también se sufría en Andalucía, por donde marchaba el ejército del carlista general Gómez huyendo de las tropas cristinas. A mediados de octubre pasó por Écija, Osuna, Marchena y Olvera en dirección a Ronda dejándose atrás algún soldado herido e incapaz de seguir el ritmo de la marcha, algún hombre joven que fue atendido por almas caritativas y eligió estas hospitalarias tierras para vivir. Como dice don Manuel Cubero, maestro mío que fue en la Sagrada Familia de Osuna, persona de gran claridad intelectual, «un hombre herido deja de ser enemigo y pasa a ser un hombre necesitado». En el mismo contexto histórico, la primera guerra carlista, pero en su vertiente oscura, responsables del ejército cristino mandaron la ejecución de María Griñó, madre del general carlista Ramón Cabrera, presa en Tortosa (Tarragona) desde hacía año y medio. El único delito cometido por la señora Griñó, de ochenta años y casi ciega a causa de la edad, era ser madre de un general del bando contrario. El día 16 de febrero de 1836 —en esta semana se han cumplido ciento setenta y cinco años—, doña María fue sacada de su celda y conducida a un paredón cercano a la cárcel, donde fue sentada en una silla para que pudiera mantenerse mínimamente erguida, tal era su debilidad. Allí fue fusilada. Desde entonces, y hasta hace unos días —según cuenta Marina Pallás en un artículo del pasado catorce de febrero del Diari de Tarragona—, sus restos se encontraban perdidos; ahora han podido ser localizados en el cementerio tortosino gracias a las indicaciones remitidas por un lector anónimo. Casi dos siglos después de aquel hecho monstruoso, que alcanzó resonancia internacional, seguía intacta, aunque oculta, la memoria de su enterramiento: algunos se habían ocupado de mantenerla viva durante más de seis generaciones. Pobre señora Griñó.

Un día después del fusilamiento de María, el 17 de febrero de 1836, nació en Sevilla Gustavo Adolfo Domínguez Bastida, que ha pasado a la historia como Gustavo Adolfo Bécquer. Quizá sea el poeta español más conocido, citado y recitado. Puede que el imaginario colectivo haya contribuido a formar de él el perfil de un casanova que recitaba poemas al oído de bellas mujeres mientras estas se derretían en sus brazos. Pero la realidad, tan tozuda, fue otra muy distinta. Estuvo casado, y su mujer era hija de un médico de enfermedades venéreas a cuya consulta se había visto obligado a acudir. Allí se conocieron. Ella se llamaba Casta pero, según los estándares morales de la época, de Casta solo tenía el nombre. Además era zafia, muy alejada de la sensibilidad del poeta. El día a día de Bécquer tuvo poco que ver con el mundo dibujado en sus Rimas. Entre los hermanos de Gustavo Adolfo se encontraba Valeriano, pintor, el cual solía firmar sus cuadros como Valeriano Domínguez Bécquer. Es el autor del retrato más conocido del poeta, aquel que adornaba los billetes de cien pesetas. Ambos hermanos estuvieron muy unidos, tanto que, casualidad o no, fallecieron con solo tres meses de diferencia. Una de las curiosidades de la familia es la historia del Pollo Bécquer, recogida por Joan Estruch en su reciente obra Bécquer. Vida y época. Valeriano había tenido dos hijos con Vinifreda Cogham, su mujer, de origen irlandés. El matrimonio había durado poco debido, según parece, a la frustración de las expectativas de Vinifreda, que esperaba una vida más regalada. La pareja se separó y los hijos, Alfredo y Julia, olvidados por la madre, fueron confiados al padre. Este les dedicó la atención que merecían, eran sus hijos, los educó como correspondía y en la medida de sus posibilidades. Valeriano, sin embargo, murió joven —aún más joven fallecería Gustavo Adolfo—, y los hijos quedaron huérfanos. Julia, a la sazón de diez años y acogida por el hermano mayor de Valeriano y Gustavo Adolfo, Estanislao, casado y bien establecido en Sevilla, llevó una vida ordenada y convencional, pero Alfredo, en ese momento de doce años, no siguió el mismo camino, más bien el opuesto. Dado que Julia, el miembro de la familia depositario de la memoria de los Bécquer, intentó destacar a los parientes de mérito, algo lógico, no se conservan datos para reconstruir la vida de Alfredo durante los años siguientes a la muerte de su padre y su tío, ocurrida a finales de 1870. Su custodia debió corresponder a alguien de confianza pero se ignora quién pudo ser. Volvemos a saber de él en 1880 y en las páginas de sucesos de los periódicos. Bien vestido y de formas corteses, el Pollo Bécquer, así era conocido por la prensa y la policía, se había especializado en el robo por descuido de carteras y joyas, que practicaba en aglomeraciones madrileñas. Quizá había sido lector del curioso libro Arte de robar explicado en beneficio de los que no son ladrones (Madrid, 1844), firmado por Dimas Camándula, obra bien intencionada pero de gran aprovechamiento para los cacos. Llegado el caso, como demostró en una reyerta en la que participó en la cárcel, sacaba la navaja y rajaba a quien fuera necesario, actitudes y habilidades que nos llevan a pensar en una primera juventud vivida en la calle y sazonada de malas influencias. No es de extrañar que Julia, sobrina de un gran poeta, ignorara a su facineroso hermano en aquellos lejanos homenajes de 1936, cuando ella ocupó un lugar de preferencia en el centenario del nacimiento del vate sevillano. La historia de Alfredo no es edificante pero contribuye a imaginar un poco mejor la vida de los Bécquer, en verdad poco dichosa.

En esta semana se han recordado también los fallecimientos de otros dos escritores muy notables, desaparecidos con un día de diferencia.

La escritora Harper Lee, amiga desde la infancia del infeliz y autodestructivo Truman Capote, murió el 18 de febrero de 2016. Lo hizo con casi noventa años, de lo que cabe inferir que se cuidó algo más que su amigo Truman. Lee nos dejó su imprescindible novela Matar a un ruiseñor. Quien no sea partidario de leer libros —creo que existe gente así—, tiene a su disposición la versión cinematográfica de la novela, con un Gregory Peck a la altura del adorable Atticus Finch. Se trata de un personaje voluntarioso, amante de la verdad y la justicia, que no duda en enfrentarse al sentimiento racista de su comunidad, muy mayoritario en Alabama, el escenario de la acción, donde la población esclava alcanzaba cerca del cincuenta por ciento en la segunda mitad del siglo XIX.

Al día siguiente de la muerte de Harper Lee, el 19 de febrero de 2016, falleció el escritor, filósofo y lingüista italiano Umberto Eco. A él debemos novelas muy vendidas, como El nombre de la rosa, y reflexiones que siguen de actualidad y debemos recordar. Vivimos en una sociedad dominada por las redes sociales, cada vez más influyentes. Estas nos parecen el sueño del igualitarismo, y de hecho lo son: uno puede hacer oír su opinión y esta, en principio, vale tanto como la de cualquiera. Sin embargo, dicha característica de las redes sociales, e Internet en general, ha llevado, por igualación, a una pérdida del valor de las opiniones más autorizadas, diluidas en un océano de voces. El mayor reto que encaramos en la actualidad, al navegar por Internet, es aprender a distinguir unas voces de otras. Y a veces no es fácil.

 

Imagen: Campesinos en un pozo de Valeriano Domínguez Bécquer (1867). Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba.

 

Víctor Espuny

 

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