De la Merced

En los hospitales uno se canta y se cuenta con cierta tristeza y lejanía. Como si no existiera pese a la existencia. En eso consiste estar vivo: en cantarse y contarse, aunque sea a lo lejos.
Se sienta uno en un sillón azul oscuro y taciturno que lo sabe todo acerca de los silencios y de las cavilaciones de los seres humanos. Y ese sillón se vuelve universo, con una astronomía que entremezcla la lentitud y el vértigo, con sus días y noches sin ningún significado distintivo en esencia. Como una cápsula del tiempo y del espacio que te atrapa sin concesiones. Y uno es uno y solamente uno y uno solamente. No caben las inquietudes y las pasiones colectivas. Rubén Darío afirmaba que en literatura la sinceridad es potencia. Y hoy realmente me siento potente. Es curioso que un objeto inanimado tan poco querido como un sillón hospitalario pueda realizar infinitas capturas del dolor humano sin tecnología punta e inapreciables a simple vista. Sentado en ese sillón envolvente hay un momento de abstracción plena, que es cansancio extremo, que convierte la derrota venidera en victoria. Te ocurre lo que a la Juana de Arco de Leonard Cohen, que cansada de batallar, sólo quiere un vestido blanco, un vestido de paz que ponerse, como la bata de un médico.
Te pones unos auriculares y escuchas la radio para evadirte por unos minutos y por casual causalidad suena al instante Ticket to Heaven de Dire Straits, y caes en la cuenta de que en los hospitales las taquillas están abiertas las veinticuatro horas. El billete de vuelta solamente se puede adquirir en la memoria de los vivos. En una habitación de la Merced se te afina la inteligencia.
El padre respira con dificultad y parece que tiene las manos más arrugadas. Llevan tiempo ensayando su gesto de adiós. Somos signos y símbolos y en los hospitales se multiplican y se aguzan. Lo del padre, el hijo y el espíritu debe ser verdad.
El grandioso Aquiles en el mundo de los muertos clamaba desesperado por la existencia en su expresión más insignificante. Basta un protozoo despistado para entender el prodigio que somos. García Márquez lo supo decir con prestancia coloquial: «morirse es una gran putada».
La miseria es la vida real y desnuda a ras de tierra. Un hospital es la vida real en pijama flotando en el aire que sopla tartamudo. La vida mítica es El Lejío y la eucaristía silvestre con su sol. Única patria y dimensión resistentes; la eternidad estática y sin modificaciones de la infancia, en palabras de Muñoz Molina.
En la vida real el padre tiene los ojos cerrados y está hinchado. En la vida mítica de El Lejío los ojos cerrados te preparan para los sueños y la hinchazón es que el corazón te está creciendo por todo el cuerpo y te está echando raíces que empujan hacia arriba.
En la vida real la incertidumbre es la reina. En la vida mítica la línea recta es círculo.
Hoy vencen los cirujanos. Vencen los internistas. Vencen los urólogos. Vencen los enfermeros de la Merced. Vencen todos los trabajadores de un hospital. Vence la merced de estar vivo. Hoy vence la vida, frágil como un recién nacido, débil como un anciano. Vence el bien común, pese a la casta política y los recortadores profesionales de la democracia ensimismados con sus retóricas, con sus tacticismos y con sus cuotas de poder y alejadísimos de ellos pero rigiendo los pesares y los problemones reales de la ciudadanía a la que sirven y representan.
En la vida real la enfermedad es ya protagonista. Por la vida mítica de El Lejío el padre se pasea. Acaba de entrar en un bar. Va a tomarse la penúltima. Sólo le interesa celebrarse a sí mismo. No cree en las pasiones colectivas. Lo acompañan un niño asombrado y un hombro donde solloza la muerte.
Francis López Guerrero
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