De la Magdalena al Duque (I)

Llegué a Sevilla una mañana de junio de 1879. El Guadalquivir, pasada la Torre del Oro, parecía un bosque de mástiles envuelto en el humo de los vapores. Desembarcamos y tomé un coche de caballos. El cochero, un hombre hablador y dispuesto, me llevó diligente al Hotel Madrid, en la plaza de la Magdalena. Instalado en la antigua residencia de los condes de Gelves, el establecimiento ocupaba un edificio de dos plantas frescas y espaciosas adornadas con artesonados, azulejos y mármoles antiguos. Nada más entrar en la habitación abrí el balcón y me asomé a la plaza.

Parejo y Cañero Intermedio fijo

Era mediodía. La mayoría de los cocheros esperaban clientes sentados a la sombra. El caserío, la plaza, los árboles, bañados por la intensa luz meridional, parecían hijos de la proporción y la armonía. Se respiraba paz. En ese momento llamaron a la puerta. Acudí a abrir y entró el botones con mi baúl mundo. Era un botones de edad inusual, mayor para un trabajo generalmente destinado a los jóvenes. Le di su propina y me volví hacia el balcón. Él se acercó y, tras disculparse por su comportamiento, me dijo que tenía sueños premonitorios, que necesitaba hablarme. Era un hombre extraño pero parecía inofensivo. Dejé que se acercara aún más y se asomara conmigo al balcón. Me aseguró que todo lo que se veía desde allí, salvo aquella plaza espuria, creada por franceses invasores, iba a ser destruido y sustituido por edificios de aspecto muy distinto. «En la esquina de la calle O’Donnell, esa que se ve al fondo a la derecha, donde está el Hotel París, va a ir una gran tienda, y donde nosotros estamos también. Gente de Madrid, de la calle Preciados, vendrá a construir los edificios». Lo miré despacio. Era un hombre como de cuarenta años, de manos grandes, bien afeitado. Olía ligeramente a loción para después del afeitado y a limpieza. «¿Y tiene muchos sueños así?». Me aseguró que sí, muy a menudo. Se llamaba Eduardo, «Eduardo Tárrega, para servirle». Le invité a dar un paseo: parecía una persona interesante.

Una vez encontrado un sustituto para su trabajo en el hotel salimos a la calle. El tiempo había cambiado, hacía frío. Los coches de caballos competían ahora con los taxis. Enfrente del hotel vimos un solar y le pregunté a Eduardo qué iban a hacer allí. «Van a levantar un edificio que dará mucho que hablar, incluso intentarán derribarlo. Se llamará Cabo Persianas». Caminábamos con precaución, nuestros papeles preparados, dispuestos a realizar el saludo fascista si nos cruzábamos con alguno de aquellos coches repletos de jóvenes de ropas oscuras y cabellos relucientes. «¿Y cómo será?». «Tendrá esquinas redondeadas y una planta baja retranqueada en relación a los pisos superiores. Recordará vagamente un barco. Y tendrá muchas persianas». Cuando leía el futuro, Eduardo entornaba los ojos y levantaba un poco la barbilla, como si esa postura le ayudara a recordar sus sueños, situados, durante la vigilia, en una borrosa lejanía. Poco después, al llegar al otro extremo de la plaza, me pidió que nos detuviésemos y nos volviéramos a mirar hacia el hotel.

«Ahí lo tiene». Me quedé admirado. Era verdad. El edificio Cabo Persianas estaba allí, y era como él decía. De todas formas no pudimos verlo bien porque tuvimos que apartarnos de mitad de la calle para evitar ser atropellados por uno de los incontables vehículos a motor que llenaban la calzada. «Y esto no es nada», dijo premonitorio al observar mis gestos de enojo. «Dentro de unos años el tráfico será muchos más denso y el aire se hará irrespirable. La gente deseará que llegue el fin de semana para huir de la ciudad». «¿Y ese edificio que está vallado?». «Ese edificio es el antiguo palacio del marqués de Aracena. Mírelo bien: están a punto de derribarlo». Yo había viajado hacía poco a Palermo, una gran ciudad, repleta de grandes casas e iglesias barrocas, y Sevilla me la recordaba, poseía ese aspecto histórico, señorial y palaciego. No quería creer todo lo que Eduardo me contaba.

Recorrimos la calle O’Donnell hasta su unión con Velázquez.

No sé si era por estar acompañado de aquel hombre de supuestos poderes extraordinarios, pero el paseo parecía transcurrir por un tiempo ingobernable. Dábamos pasos adelante y atrás en las décadas sin previo aviso, como si pasáramos sin esfuerzo de una generación a otra por una puerta secreta. «Todo este tráfico que ve aquí desaparecerá. Se podrá pasear estando solo atento a que nadie te robe la cartera. No habrá tranvías, ni niños intentando viajar gratis en ellos». «¿Y ese edificio de la esquina, el de la torre de reminiscencias orientales?». «Ese es el Gran café de París, obra de Aníbal González, el célebre arquitecto». Aquel edificio me pareció especial, de exótica belleza, y pensé que nunca se destruiría.

(Continuará).

 

Fecha aproximada de las fotografías: Vista de la plaza de la Magdalena desde una habitación del Hotel Madrid (1880). Hotel Madrid y solar del edificio Cabo Persianas (1937). Palacio del marqués de Aracena (1965). Confluencia de O’Donnell y Velázquez (1920).

 

Las fotografías provienen del archivo del diario ABC, la fototeca del Laboratorio de Arte de la Universidad de Sevilla, distintos blogs (elpasadodesevilla.com y Sevillaentusxa-nos.blogspot.com principalmente) y grupos de redes sociales donde estas imágenes circulan de forma libre.

Víctor Espuny

 

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