Cuestión de lunas

La Casona de Calderón

En La civilización de la memoria de pez, recomendable libro aparecido el año pasado en Francia y traducido ahora al español, Bruno Patino dibuja un panorama muy sombrío del estado en el que la civilización digital está dejando nuestras mentes. Presos de unos dispositivos móviles proveedores de unos contenidos diseñados para entorpecer la concentración mental, nuestra atención se ve disputada por mil y un reclamos, muchos de ellos, curiosamente, diseñados ya en los años treinta para conseguir la adicción a las máquinas tragaperras. Espero, no obstante, que la imagen que acompaña este artículo les suene a todos. Se viralizó en los grupos de whatsapp relacionados con Osuna coincidiendo con la luna llena de inicios de septiembre. Y es muy hermosa.

La fotografía vino formando parte de una secuencia de cuatro, es la primera de ellas. Tiene un formato casi cuadrado. En ellas vemos las dos torres de la fachada principal de la antigua Universidad de Osuna recortadas contra una luna llena inmensa, tanto que parece irreal aunque no lo sea. Los dos edificios que coronan la ciudad y la luna aparecen con el color de la piedra arenisca de las canteras del pueblo, un dorado suave, sin estridencias, elegante. La línea del horizonte está situada en el tercio inferior del encuadre. A sus pies, en penumbra, se agolpa el blanco caserío de Osuna, las casas muy juntas, asombradas, reunidas con el alma en suspenso para contemplar el espectáculo. La fotografía es admirable. Ojalá haya pasado por muchos grupos de whatsapp y haya acabado dando la vuelta al mundo.

Y, ahora, cabe preguntarse de quién es la fotografía, para mí resulta obligado. La obra de arte, porque de eso se trata, no viene firmada. Yo al menos no he sido capaz de encontrar firma alguna. Resulta extraño. Pero hay algo más llamativo aún: en ninguno de los grupos de whatsapp a los que pertenezco y donde la fotografía fue colgada hubo alguien, una persona al menos, que preguntara, se preocupara por saber quién había sido su autor. Y esto resulta desalentador. En sociedad, con sus lógicas y honrosas excepciones, parece haber un desprecio absoluto por el trabajo del autor y sus derechos, al menos por el reconocimiento de la autoría, el más básico de todos. La persona que tomó la foto ha empleado una parte importante de su tiempo en prepararse, en aprender técnicas fotográficas y el manejo de programas de tratamiento de imagen, ha gastado dinero en la compra de un equipo adecuado, ha estudiado el mejor emplazamiento para hacer la fotografía y, el día fijado, se ha desplazado allí y ha estado un buen rato a pie firme esperando ese instante mágico. A todo eso hay que añadir algo que esa persona tiene y no se estudia ni se compra: la capacidad de emocionarse con la belleza.

Fíjense si este tema viene de antiguo que ya se trataba hace casi dos siglos. Según se lee en el Diario de las sesiones de Cortes, en el invierno de 1847, y en un Madrid en aquellos años floreciente, Mariano Roca de Togores, a la sazón Ministro de Comercio, Instrucción y Obras públicas, presentó en el Senado su Proyecto de Ley sobre Propiedad Literaria. Esta ley no sólo amparaba la propiedad de las creaciones literarias, ya fueran originales o traducciones; también lo hacía de mapas, partituras musicales, caligrafías, dibujos, pinturas y esculturas. La fotografía aún daba sus primeros pasos y no se tuvo en cuenta. En la defensa de su proyecto, Togores pronunció unas palabras que, creo, vienen al caso:

«El principio fundamental en esta materia es el derecho de propiedad, reconocido explícitamente a favor de los autores. Si hay una propiedad respetable y sagrada, ninguna lo es más que la que aquellos tienen sobre sus obras; en ellas han empleado su tiempo, sus afanes, un capital incalculable invertido en largos años de educación, en libros y otros instrumentos del humano saber, y hasta puede decirse que los frutos de su entendimiento son como una emanación de ellos mismos, una parte de su propio ser. Nada por lo tanto más justo que el que las leyes amparen esta propiedad, igualmente que a cualquiera otra, si cabe con mayor esmero, por su condición íntima y privilegiada, impidiendo que se usurpe malamente a impulsos del sórdido interés el fruto del ajeno trabajo».

Hoy, en 2020, cuando generaciones de nativos digitales viven inmersas en un lugar virtual llamado Internet —algo parecido al Lejano Oeste, donde no hay leyes y todo vale (muy alejado ya de aquel preconizado por J. B. Barlow en su candorosa Declaración de independencia del ciberespacio de 1996)—, existe más necesidad que nunca de defender la autoría. El fotógrafo que tomó la imagen, llámese Macarena, Francisco o Pepe, merece todo nuestro reconocimiento y un gran aplauso. La Villa Ducal posee un fotógrafo muy humilde y una gran luna, la mejor.

 

Fotografía de autor anónimo (por ahora).

 

Víctor Espuny

 

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