Cuaresma

Sé que has llegado por los restos de ceniza en la frente de la ciudad. Porque cruzo el puente y me encuentro caído, a la altura de mis ojos, al que nos levanta. Porque, mirando a la Esperanza, adivino a la que vieron caminar por Nazaret. Hebrea de Triana que nos muestra la humildad de la Madre de Dios. ¿Han visto a la Esperanza de hebrea? ¿La pueden imaginar ya de otra manera?

Son días de encuentros. De noches de cultos. De papeletas de sitio. De volver a casa y toparte con una parihuela en el frío de la noche. De llamadas de la abuela preguntando qué día, a la salida del colegio, irán los niños a probarse la túnica. De convocatorias de cultos empapelando los azulejos de la ciudad. De reuniones de diputados. De torrijas y espinacas con garbanzos. De noches de pescao frito y tertulia con amigos. De videos, programas y radio. De sacar los capirotes y comprobar que, al niño, este año, toca hacerle uno nuevo. De cajas con cíngulos, guantes, escudos o espartos. De carreras en la rampa del Salvador.

De nervios de quien sabe que ha empezado la cuenta atrás. Del amigo que te llama para que le acompañes a compartir ese momento íntimo en su hermandad. De los jóvenes que viven sus primeras noches de montaje, sintiéndose arquitectos de esa obra que la ciudad levanta cada primavera. De fotos inundando los grupos de WhatsApp con el altar efímero, el primer palio montado, el estreno o la hilera de túnicas ya colgadas en la casa familiar. De los tubos descargados en la plaza de san Francisco.

Del miedo al pronóstico del tiempo que el amigo agorero nos envía presintiendo el fin del mundo. La noticia del cambio de itinerario por la obra no prevista, la mudá de los pasos del almacén a la Iglesia y el niño que se agarra a la zambrana acompañando a su padre e imaginando el día que, como él, goce bajo las trabajaderas.

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Al final, he caído en “lo típico”. En contar lo que muchos han descrito mejor que yo. Lo que nos lleva a la gloria a la que, como diría el pregonero, estamos llamados. Aun así, busco, en este tiempo de azahar, esa Cuaresma verdadera de oración, perdón y conversión. La que reconozco como el camino que nos prepara para lo que viene. Qué suerte poder, en Sevilla, disfrutar la ciudad y vivir la Cuaresma.

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