Cuando ya no están

Estos días despiertan sentimientos encontrados. Por un lado vemos la orgía consumista en la que nuestro sistema económico ha convertido las fiestas navideñas y por otro pensamos en los seres queridos que ya se fueron. Las Navidades previas a la extensión de los hábitos norteamericanos eran otra cosa, mucho menos superficiales y más entrañables. Sobre todo las de los humildes. Las de los privilegiados siempre han sido cosa muy distinta, un derroche, como casi todo lo que hacen. La costumbre del árbol navideño parece haber llegado a nuestro país de la mano de Sofía Troubetzkoy, aristocrática esposa, en segundas nupcias, del castizo duque de Sesto, marqués de Alcañices, nieto de Joaquina Téllez-Girón, aquella marquesa de Santa Cruz retratada por Goya en 1805 como Terpsícore, musa de la danza. En el palacio de Pepe Alcañices, situado donde luego se levantó el edificio del Banco de España, en la esquina del paseo del Prado con la calle de Alcalá, Sofía, educada en el este de Europa —hablante de idiomas y conocedora de tradiciones ignorados por el español de a pie—, mandó colocar un árbol profusamente adornado en las fiestas navideñas de 1870. Esos privilegiados económicamente, hoy también irresponsables ecológicos, son los mismos que adornan sus casas con luces eléctricas para que destaquen sobre las demás, como si no se pudieran sentir bien siendo como los otros, al lado de los que no pueden hacer esos derroches, como si necesitasen la ostentación de su poder material, e inundan sus salones de una abigarrada decoración navideña, en algunos casos muy costosa. Ese tipo de celebraciones navideñas son las que nos venden en todos los escaparates que nos rodean, sí, y luego están las otras, las de las familias, los cariños, las Navidades que ya no vuelven. 

La vida nos tiende trampas a menudo, y una de ellas es la nostalgia. Estas fechas son sus preferidas. Nunca olvidaremos a nuestros padres cuando se hayan ido. Y una vez que lo hayan hecho nada volverá a ser como antes. Uno se da cuenta de que la muerte es algo inevitable y de que el espacio que ellos dejaron no va a ser ocupado por nadie. Y mira al frente, al futuro, bien lejos. Lo intenta con todas sus fuerzas porque sabe que es la mejor forma de combatir la melancolía. Recuerda cómo veía a sus mayores ya idos y piensa en cómo lo verán sus hijos y sobrinos, seguramente de la forma tan equivocada como nosotros veíamos a los nuestros, sin llegar a conocerlos bien, pero también seguramente con cariño. Porque cariño hemos sembrado, o lo hemos intentado al menos, que quien no lo hace en esta vida pierde para siempre la ocasión de querer, uno de los sentimientos más gratificantes que existen. Ahí está nuestra pareja, que puede asegurar que la queremos. Pero aunque uno se empeña en mirar hacia adelante, hay momentos en los que la nostalgia le puede y vuelve a imaginarse al lado de su padre, de su madre, piensa en ellos, con ellos sueña. A veces cree haberlos visto por la calle. Sabe que es imposible pero por un momento se le pasa por la cabeza que puedan seguir vivos, muy viejecitos pero sanos, en algún sitio, como si la evidencia de que uno vio y tocó su cadáver helado sirva de bien poco. 

Estos días venía en los periódicos el caso de Alicia Framis, una artista española que ha creado un holograma para convivir con él, una proyección aérea concebida con inteligencia artificial capaz de moverse y de mantener conversaciones inteligentes, algo, en realidad, nada original, un remake de Ghost sin sala de cine. Hacer lo mismo con un ser querido ya fallecido sería anclarse en el pasado, no progresar, dejar de vivir con la plenitud que puede hacerse, pero la tentación existe. Además tenemos los cajones llenos de recuerdos, de aquellas pequeñas cosas cuyo poder debía haber matado el tiempo y la ausencia, pero no hay fuerza en el mundo capaz de lograrlo. Y uno, que es testarudo, sabe que nunca se va a deshacer de ellas, que tiene derecho a recordar a los que se fueron e hicieron de la Navidad, con su simple presencia, la mejor de las fiestas. La vida, sin embargo, tiene que seguir con la compañía de los más jóvenes, en quienes leemos rasgos de los abuelos y adivinamos grandes posibilidades en el futuro, en esta rueda sin fin que son las generaciones.

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