El Colegio que no conocí

Nuestra existencia no tendría sentido si no fuéramos conscientes de cuanto nos rodea. Estamos permanentemente en contacto con seres, animados o inanimados, naturales o artificiales, con los que compartimos  nuestra vida y que conforman nuestro espacio vital básico. El permanente cambio de estado de las cosas nos lleva a percibir el transcurrir de los días y éstos a la noción del pasado. Es entonces cuando nos damos cuenta de que las realidades vividas ya sólo tienen valor de remembranza y aparece la nostalgia, el “echar de menos”.

Es normal que tengamos un sentimiento de melancolía por las cosas y personas que estuvieron en nuestra vida y que se sitúan ya en un pasado lejano. Cuando en alguna de mis estancias en Osuna paso por las calles El Carmen, Hornillos o Sevilla, echo en falta los colegios que en ellas existieron, así como también aquellos maestros que por ellos pasaron y que siguen en mi recuerdo, y de otros a quienes mi memoria no alcanza ya, pero cuyos nombres me han sido recordados, tales como:

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  1. Manuel Bernal, D. Carlos Villalba, D. Servando, D. Manuel Puro, D. Jesús de la Ossa, D. Manuel Fernández, D. Álvaro, D. Leandro… en la calle Hornillos.
  2. Dña. Bernarda, Ana Cecilia, Ana Cuevas, Dña. Eulalia Bautista, Dña. Inocencia Yubero de Miguel, Dña. Amalia, Dña. Ana María… en la calle Sevilla.
  3. Padres Ángel, Bernardo y Carlos, en la calle El Carmen.

Al margen de estos colegios, existieron las llamadas “Escuelas Unitarias”, dos de ellas situadas en El Almorrón, regentadas, la una, por D. Antonio Herrera, la otra, por Dña. Carmen Fernández. Durante el curso 1954-55, sustituí en su función a D. Antonio y al terminar las clases me pasaba por casa de Dña. Carmen, ya jubilada, con quien, junto a su familia, los Martín Fernández, departíamos largamente, de lo que resultó una estrecha amistad.

Las referencias a los colegios, escuelas y maestros mencionados, no estarán en la memoria de las actuales generaciones y serán pocos quienes puedan recordarlos. Sólo aquellos que estén ya cargados de años.

El actual colegio Rodríguez Marín, fusión, heredero y epígono de los  mencionados,  nació después de que yo  me ausentara. ¿Puedo echarlo de menos? Obviamente, no. Nunca lo he visto, ni de cerca ni de lejos. He sabido de su existencia hace tan sólo unos meses con motivo de la  celebración  de su cincuentenario y de las publicaciones insertadas en El Pespunte y Facebook. Para mí fue una revelación y mi devoción hacia el pueblo en el que me hice persona me llevó a interesarme por el tema, y así fue como  entré poco a poco en su conocimiento.

Un conocimiento que se reduce a unas visitas virtuales en la red: Visualización de vídeos, fotos y lectura de textos que dan cuenta de los actos conmemorativos, actividades escolares, funcionamiento administrativo y docente, etc., pero en ellos no encuentro hechos reales  que lo vinculen con mi pasado.

Sin embargo, el corazón del hombre se liga a vicisitudes y circunstancias que fueron objeto de sus afectos y a lo que con ellos tuvieron comunión. Desde que tuve conocimiento de la existencia del colegio comencé a bucear en la red, buscando siempre  familiarizarme  con su estructura, sus dependencias. Pero un colegio no son sólo unas paredes, sino también unas funciones, unas actividades llevadas a cabo por personas. Y en esto hallé mi conexión con el colegio, pues con algunas de estas personas que ejercieron aquí su magisterio mantuve una fuerte relación de entrañable amistad.

En consecuencia, tras este proceso de conjunción,  conocimiento y familiarización, el CEIP RODRÍGUEZ MARÍN no me es ahora ajeno ni indiferente, y en mi mente figura ya como un todo solidario, la fusión del sujeto físico con el humano y la función, y hasta puedo hacerme a la idea, que  hormiguea ilusoriamente en mi imaginación, de haber presenciado el paso por sus dependencias de antiguos alumnos, algunos de los cuales llevan mi apellido y los de viejos amigos y conocidos.

Al inicio de 2019, el 12 de marzo, según he podido saber,  tuvo lugar el acto de inauguración del cincuentenario del Colegio, presidido por Dña. Rosario Andújar, alcaldesa; D. Fidel González, director, y D. Pedro Palacios, inspector,  y con la asistencia del equipo directivo;  autoridades locales  y provinciales y -me informa su director- con la presencia y colaboración de antiguos maestros y alumnos. Una de las actividades del acto central -continúa el informe- fue la entrega a cada director/a, o a su familia, de una placa conmemorativa del evento.

A partir de entonces, se desarrollarían los actos que serían el resumen de numerosos acontecimientos,  cuyo recuerdo habrán despertado en la memoria de muchas personas la evocación de sus propias vivencias.

Ahora, en el vencimiento de la conmemoración,  es momento para despedirse de una época de la que sentirse nostálgicos, pero compensados por haber cumplido una función noble con fecundas realizaciones, que responde a lo demandado por la comunidad, y convencidos de que  habrá otros cincuenta años de quehacer docente que emulará al que acaba.

En esta celebración hay que destacar la meritoria labor realizada, y por ello felicitar a los órganos de dirección y participación del colegio; a directores y maestros de antes y de ahora, auténticos generadores del desarrollo de la cultura  y la inteligencia en la población, gente que siempre están donde tienen que estar, haciendo lo que tienen que hacer y poniendo las cosas donde deben estar; a los alumnos que pisaron el digno solar del CEIP RODRÍGUEZ MARÍN y se esforzaron para  merecer el don de la educación y, finalmente, a su Director, D. Fidel González, por su eficiente participación en la organización y celebración de la efeméride.

Antonio Palop Serrano

 

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