Chavales, nos están tangando

En este mundo comandado por vendedores de humo y gurús del “crecepelismo”, la culpa parece haberse extinguido. Ya nadie reconoce nada, a excepción de los aciertos. Los errores son linces ibéricos y los que los reconocen como propios, marcianos. Ni hablamos ya de los que pagan por ellos, pobres idiotas. Este complejo de defensa central en el descuento, todo el día echando balones fuera, ha dado lugar a una generación de soberbios redomados y orgullosos sin méritos, una sociedad que cuando tropieza mira con cara de asesina al pavimento o trata de hacer ver que lo ha hecho queriendo. Jamás piensa que quizá se ató mal los cordones o que el último Vodka caramelo a lo mejor sobraba.

Endosarle los errores al vecino, al mobiliario, o tratar de taparlos con una tontería peor, se ha convertido en una práctica indispensable en este zoo de la podrida perfección. Si hay algo claro de los errores es que con el tiempo y con las excusas, engordan. Meterse en el bucle de los errores por no querer aceptar algo desde el principio, es jugar a la ruleta rusa con la pistola de la desgracia. Todos querríamos tener a un Ibai portable que en los momentos más embarazosos pusiera su silueta como pantalla y nos tapase. El problema es que eso no existe, y nuestros errores deben ir firmados por nosotros.

Parejo y Cañero Intermedio fijo

El caso es que estamos totalmente equivocados, fallar no es de mediocres, lo que es de mediocres es no ser capaz de reconocer un fallo o una debilidad y no tener los arrestos de hacerle frente. Esta filosofía está fomentada por las altas esferas, que, casualmente, están copadas por una mancha de mezquinos y ventajistas que lo único que pretenden es crear una juventud adormecida y controlable. El estado paternalista ahora nos vende que pretende velar por nuestro futuro aliviando nuestra terrible y estresante vida estudiantil. Antes, cuando suspendías, en la clase adoptabas una pose vacilona y en casa le espetabas a tus viejos eso de que el profesor te tenía manía. Ahora ya no hace ni falta, El Estado hace este trabajo por ti, y te pasa la mano por encima y te dice que eres especial y que no te preocupes porque pasarás de curso como tus compañeros. Esa es la igualdad que nos venden, una igualdad injusta pero irrechazable, que lo único que consigue es dejarte en desventaja con los que sí que han sido capaces de superar las competencias.

A las recuperaciones, por lo menos hasta ahora, se iba con la cabeza alta, jodido, pero sabiendo que la culpa era tuya y que tú eras el único que podía arreglar el entuerto. Los repetidores en los colegios siempre han tenido un aura de tipos duros, vienen a ser una especie de reos. Por su edad, muchas veces adoptan un papel de líderes y mentores de sus compañeros. Son una figura importante y respetada, los abuelos de las clases, los que se las saben todas y vienen de vuelta. Dejar a los centros desprovistos de ellos sería un error.

Sí, es una putada que exista el fracaso escolar, pero querer eliminarlo a base de pasadas de mano no sirve de nada. Lo dije hace tiempo, la escuela es el capítulo piloto de la vida, y en la vida el fracaso está a la orden del día. De nada sirve tratar de ocultarlo, vivir en una utopía escolar en la que todo es de color, porque a la hora de salir a la vida real nos cagaran a trompadas. El colegio sirve para entender que no todos somos iguales, que cada cual tiene sus virtudes y sus defectos, que existen los privilegios, que siempre hay alguien por encima, que hay gente que te rechaza y otra dispuesta a brindarte su lealtad, que si te pasas de la raya te puedes llevar un guantazo y que hay veces que, aunque hayas trabajado duro, las cosas no salen como te merecías. Querer quitarnos el derecho a suspender es tratarnos como tontos. Chavales, nos están estafando.

Santi Gigliotti
Twitter: @santigigliotti
Fotografía: Unsplash.

 

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