Carta a Jesús Arce

Parejo y Cañero Intermedio fijo

Estimado Jesús: en un mensaje me hacías la observación de «cómo expresaba mi cariño hacia Osuna». ¡Claro, hombre, Osuna es mi pueblo, el segundo! Y te voy a dar las razones que tengo para quererlo. Pero no sería justo omitir mis sentimientos hacia otros dos pueblos, que también son míos.

Para que puedas entenderlo te relato someramente mi paso por los tres pueblos, con formato casi telegráfico para no cansar demasiado. Mi intención es transmitirte las razones que justifican que he llevado, y llevo, a estos tres pueblos y a sus gentes en el recuerdo y en el corazón.

Mi vida ha sido algo itinerante, pero destaco tres lugares que me han marcado. Empecemos, cono suele decirse, por el principio.

Fue El Saucejo, un pueblo pequeñito, pero acogedor y con encanto, donde nací. Allí estuvo mi familia, mi primera infancia, mis visitas a mis tíos acompañado de mis padres, y la relación con mis numerosos primos. Allí tuve mi primera enfermedad, que trató D. Francisco Alcalá, y, superada, visita a su casa, desde cuyo balcón presenciamos la Cabalgata de Reyes, y una niña pequeña, que, con mucha probabilidad, se convirtió después en Dna. Loren.

Presencié asimismo mi primera película, muda y en blanco y negro. Más recuerdos, cortos y desvaídos, como destellos fugaces. Allí, El Saucejo, la primera   estación y comienzo de mi vida.

De El Saucejo salté, con mi familia, a Osuna, y caí en la calle Antequera, cerca de   la plaza de Consolación, consuelo de mis tribulaciones infantiles; gozo de mis juegos con mis nuevos amiguillos, y primeros escarceos amorosos. Colegio de la calle Hornillo y posteriormente en el de El Carmen. Aquí me impregné del gusto por el estudio y la lectura, que ya no me abandonaría jamás.

Tres años de interrupción y, entrado ya en los 17, ingreso en el Instituto. Para alcanzar al tiempo tuve que redoblar el esfuerzo y hacer dos cursos por año. Aquí empezó realmente mi vida en Osuna: la alegría e ilusión de encontrarme en clase, ante profesores y entre condiscípulos, algunos de los cuales devinieron amigos. Y paseos por las galerías. Mi sueño se cumplía.

La Carrera, epicentro de la vida social. Relaciones con más amigos (y lo digo en plural, que incluye a amigas); copillas en los bares del Casino y la Carrera; cerveza de tarde-noche de verano en los veladores de La Reforma en la plaza de Santo Domingo; excursiones en grupo por el «Lejío», Pinichi, Las Viñas, Las Canteras…

Y la Feria. No sabía bailar, me limitaba a contemplar a los demás. Me encantaba pasear por el Real. Más escarceos. Naturalmente, era el tiempo de mirar a las muchachas y arrimarse a ellas. También estaba le convivencia con la familia. En definitiva, un conjuntos de ricas e inolvidables experiencias.

También hubo reveses. Fueron hechos circunstanciales, no imputables al pueblo ni a sus gentes.

1º Después del colegio, tres años angustiosos en el campo. Siempre pensando en los libros, volví a ellos.
2º En cuarto curso, una persona docente, foránea, revanchista y vengativa, me lanzó un golpe bajo que nunca he olvidado.
3º Simultaneé estudios con la mili. Por obstáculos en el cuartel tomé una pensión de mala muerte y, azotado por el frío y la precaria alimentación, mi salud se debilitaba progresivamente. Regresé a Osuna cansado, enfermo y abatido. Diagnóstico: Surmenage. Tratamiento: Vitaminas, que me inyectó una buena amiga, y dieta rica en proteínas a cargo de mi madre.
4º Tres años en El Pedroso y dos de tribulación por la denuncia interpuesta por un desconocido miembro de «La Guardia de Franco» que me impedía opositar. Regresé a Osuna (siempre volvía a Osuna, mi refugio) y un estupendo amigo intercedió y me sacó del atolladero.
5º Buscar y no encontrar la Fe me sumió en el desasosiego y la congoja, sentí mi conciencia violentada y sólo la reflexión y el tiempo restablecieron el equilibrio.
6º He visto morir ahí a mis padres y a hermanos.

Y más, pero ya es suficiente.

Todo tiene un límite. Con el ámbito relacional agotado; el panorama ensombrecido y el horizonte cerrado, decidí coger la maleta, abrir la puerta y salir.

Pero el destino siempre marca caminos, y ahora me subió al tren y me condujo a la tercera estación: Huelva, previo paso por Isla Cristina. Pueblo luminoso, una sociedad muy abierta y pujante; barcos, muelles, redes, conserveras… todo lo que nunca había visto. El panorama se iluminó, el horizonte se abrió, el campo relacional se amplió y aparecieron nuevos conocidos y amigos. La vida renació.

Isla me encandiló, En este pueblo conocí a una joven maestra, onubense, me enamoré, me dio una hija y ésta dos nietos. Me colmó con su amor al que he correspondido sin reserva. Me cubrió con infinitas atenciones e incontables cuidados, que propiciaron la superación de mis carencias nutricionales, que aún coleaban. Y con su afable temperamento apaciguó el mío y dulcificó mi carácter gruñón y contestatario.

En nuestra Lambretta hicimos el viaje de novios, nos desplazábamos semanalmente a Huelva y, con frecuencia, a Osuna. Poco después adquirimos nuestro «Seíta» con el que recorrimos la geografía española.

Años después nos instalamos en Huelva, de donde María era natural. Vida familiar, profesional y social apacible y satisfactoria. La práctica del golf y el bridge, junto con veraneos, nos abrió un amplio y variado ámbito de regocijos y una larga lista de conocidos, y también de nuevos amigos.

Huelva y pueblos de la provincia, fueron testigos de nuestras correrías sabatinas y dominicales con familia, amigos y conocidos.

Estudios de Francés en la Escuela de Idiomas para el ejercicio de la profesión; personales y elementales de inglés y alemán para, más o menos, entenderme en nuestros viajes al extranjero.

Por tanto, nuestra vida en Huelva, además de larga y ancha, ha devenido sosegada y sin tropiezos destacables, y hoy, mi «huelvanilla» (como familiarmente la llamo) y yo, enlazados y apoyándonos mutuamente, seguimos andando, y así será hasta el final del camino.

En resumen, una larga trayectoria (61 años ya) en esta ciudad, con mucho contenido, la hace acreedora a toda mi querencia y devoción.

No sé si habrás aguantado la lectura de mis «batallitas» hasta terminarla, pero si así hubiera sido, estarás ya al tanto de mis razones para querer con fuerza a mis tres pueblos.

Con mi deseo de que encuentres grandes satisfacciones para ti y tu familia, te envío un fuerte abrazo.

Antonio Palop Serrano

 

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