Buscando enemigos

La Casona de Calderón

Hace una semana, desfilaban en procesión por Madrid cerca de 300 personajes rumbo al cementerio de la Almudena con el fin de rendir homenaje a aquellos españoles que durante la Segunda Guerra Mundial lucharon en las filas de la Alemania nazi. El recuerdo de la conocida como División Azul fue el culpable de unir a lo más granado de la degradación española. Un conglomerado que iba desde figurantes de Torrente, a nostálgicos reprimidos, pasando por esos chavales, que, a fuerza de aburrimiento, no tienen otra cosa más interesante que hacer que raparse el pelo y ponerse unas botas de hierro, con el único fin de sentirse parte de un grupo. A lo mejor les resulta más fácil identificarlos como Juventud Patriota, España 2000 o La Falange, que es como se hacen llamar este clan de descerebrados que presumen con orgullo de ser nazis y fascistas.

Resulta fácil desentrañar el arquetipo de las personas que se dedican a alborotar las calles un sábado de febrero con proclamas que deberían haberse ido a la tumba junto con la expiración del pasado siglo. Este grupo de iluminados está compuesto tanto por viejos melancólicos de un tiempo que no les ajustó las cuentas, como por chavales, muchos de ellos nacidos bajo el cálido manto de los 2000, que se han leído tres párrafos mal contados del Mein Kampf que repiten como verdaderos papagayos, que hablan de la batalla de Krasny Bor cuál si la hubiesen vivido y que se vanaglorian entre amigotes de escuchar Estirpe Imperial (un verdadero castigo para los oídos).

Son los mismos que miden su valentía por saludar con el brazo en alto o por portar una pancarta que reza: “Honor y gloria a los caídos”. Los que se vienen arriba entonando “Primavera”, himno oficioso de aquellos soldados españoles que sirvieron a las órdenes de Hitler, aquellos que han visto hasta la extenuación “American Story X” sin haber entendido el verdadero significado de la cinta. Ovejas a las que les reconforta el sentimiento de pertenencia a una tribu urbana que presume de patear cabezas y de pintar esvásticas a su paso. Una tropa que profesa el culto al odio como forma de diversión. Jamás llegaré a entender cuál es esa lavadora capaz de borrar cualquier atisbo de moral y conciencia de las entendederas de estas cabezas huecas.

En esta orgía ideológica del sábado pasado, uno de los momentos álgidos fue protagonizado por una mujer que tomó la palabra para afirmar, mientras su mandíbula bailaba sevillanas, que el enemigo siempre seguirá siendo el mismo: el judío. A la escena no le faltaba un perejil, toda la gama posible de nazis jaleaba las palabras de la joven, mientras cerca de ella un cura, al que se le debía haber olvidado que Jesús de Nazaret era judío, asentía sonriente. Fue él mismo, el encargado de llevar a cabo un oficio religioso frente al monolito de la División Azul que estaba presidido con una corona de flores con una esvástica nazi. Aún no he escuchado que la Iglesia haya tomado cartas en el asunto, y sé que algunos me dirán que esta no es la tónica general entre sacerdotes y que sería injusto juzgarlos a todos por el comportamiento de uno. Pero créanme que esta reminiscencia de los tiempos en los que el clero y los saludos fascistas se mezclaban, no le hace ningún favor como institución.

Este tipo de especímenes como los del sábado siguen campando a sus anchas por una España maltrecha y herida, dividida y polarizada, que coquetea con el nazismo y el comunismo de una forma muy peligrosa. Una España mirando la sombra de un pasado iluminado por un sol más viejo. Lo del sábado pasado puede parecer una anécdota si no fuera porque el domingo un partido que hizo del discurso contra la inmigración la piedra angular de su campaña se vio premiado con 11 escaños siendo la fuerza más poderosa desde el centro hasta la derecha.

Una España en la que esta semana también salían energúmenos del otro lado a romper escaparates y a incendiar contenedores por el ingreso en prisión del rapero que celebraba la existencia de ETA, Terra i Lliure y el GRAPO. Qué pena que ardan los contenedores y no la basura. Una España hecha cenizas, una España que se traspasa al que peor la cuide. Una España dónde se pide perdón por cosas que no se hicieron y se silba con las manos en los bolsillos cuando uno es culpable. Lo peor de mudarse es no saber a dónde, lo mejor de falsificar un máster es no enterarse.

Y mientras, en la calle se están amasando los extremos, que velan armas para cuando llegue su momento. Y el vicepresidente del gobierno habla de anormalidad democrática desde el Congreso de los Diputados y su portavoz azuza a los ‘jóvenes antifascistas’, que se dedican a reventar escaparates y quemar contenedores, cabestros que lo único que combaten es el aburrimiento haciendo el bestia. No existen dos Españas, existen muchos gilipollas de la peor calaña. Ojo, porque el odio se ha vuelto a meter hasta el tuétano de una sociedad a la que solo la salvaban los bares. La cosa se está poniendo fea, y por eso, conviene que no olvidemos nunca que, aunque con distinta careta e independientemente de cuál sea su inclinación política, los enemigos siempre son los mismos: los que buscan uno, sin saber, que en realidad, son ellos el mayor peligro.

Santi Gigliotti
Twitter: @santigigliotti
Fotografía: Unsplash.

 

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